Quedaba un último ritual, el más arduo, el más definitivo. La habitación de mi madre permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante de su partida. Cada objeto seguía en su sitio, cada prenda aguardaba en silencio, y nosotros habíamos decretado que aquel espacio sería un santuario: un refugio de paz, un lugar donde su presencia se mantuviera viva. Pero la verdad era otra. Todo aquello era apenas un simulacro, buenas intenciones sin raíz, un espejismo de consuelo. El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda. Habíamos hablado de compartir ese momento: separar su...
Bernardo llegó diez minutos antes de la hora pactada. El café K’oa Marka, en el centro de Putre, estaba tibio y silencioso, con olor a infusión de coca y pan de quinoa tostado. El local tenía mesas elevadas para los gigantes y mesas bajas para los humanos, como si hubiera sido construido por alguien que entendiera que la convivencia no se resuelve con igualdad, sino con reconocimiento práctico. Colocó su laptop sobre la mesa y abrió el documento en blanco. No era para escribir, sino para tener algo físico entre él y sus nervios. Sintió la vibración en el suelo antes de verlo entrar. Rel apareció en el umbral, inclinándose para no golpear el marco superior. Tomó tres pasos hacia adentro y el local ya estaba lleno de él. No por intimidación; por presencia. Medía 3 metros con cinco centímetros. Su andar era tranquilo, pero cada pequeño gesto tenía la prudencia de quien sabe que cualquier movimiento en falso podría romper algo. Antes de llegar a la mesa, se golpeó con una lámpara colgante....