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La última historia.

 Quedaba un último ritual, el más arduo, el más definitivo. La habitación de mi madre permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante de su partida. Cada objeto seguía en su sitio, cada prenda aguardaba en silencio, y nosotros habíamos decretado que aquel espacio sería un santuario: un refugio de paz, un lugar donde su presencia se mantuviera viva. Pero la verdad era otra. Todo aquello era apenas un simulacro, buenas intenciones sin raíz, un espejismo de consuelo. El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda. Habíamos hablado de compartir ese momento: separar su...
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El latido del mar.

Bernardo llegó diez minutos antes de la hora pactada. El café K’oa Marka, en el centro de Putre, estaba tibio y silencioso, con olor a infusión de coca y pan de quinoa tostado. El local tenía mesas elevadas para los gigantes y mesas bajas para los humanos, como si hubiera sido construido por alguien que entendiera que la convivencia no se resuelve con igualdad, sino con reconocimiento práctico. Colocó su laptop sobre la mesa y abrió el documento en blanco. No era para escribir, sino para tener algo físico entre él y sus nervios. Sintió la vibración en el suelo antes de verlo entrar. Rel apareció en el umbral, inclinándose para no golpear el marco superior. Tomó tres pasos hacia adentro y el local ya estaba lleno de él. No por intimidación; por presencia. Medía 3 metros con cinco centímetros. Su andar era tranquilo, pero cada pequeño gesto tenía la prudencia de quien sabe que cualquier movimiento en falso podría romper algo. Antes de llegar a la mesa, se golpeó con una lámpara colgante....

Una lágrima.

Lo vi por casualidad en la caja de autoservicio del supermercado. No fue una escena memorable ni digna de una novela, apenas un instante suspendido entre el ruido de las máquinas y el murmullo de la gente que, apurada, pasaba sus productos bajo la luz fría del escáner. Yo ocupaba la máquina contigua cuando lo noté. Era un joven de menos de treinta años, de esos que parecen arrastrar el cansancio de haber vivido demasiado pronto. Llevaba una camiseta azul oscuro que marcaba el contorno de su espalda, una mochila negra, y en una mano sostenía una chaqueta como si no supiera dónde dejarla. Su cuerpo, fuerte y disciplinado, revelaba horas de gimnasio, pero su rostro mostraba una fatiga más honda, la que no se disimula con músculos ni con sueño. En medio de ese ambiente mecánico y luminoso, él permanecía quieto. Mientras los demás escaneábamos apurados, siguiendo las instrucciones robóticas que decían “por favor, introduzca su método de pago”, el joven se quedaba inmóvil, como si algo dentr...

Un elfo en el desierto.

Algo lo tenía inquieto. Ni siquiera había comenzado el viaje y ya había mirado su teléfono una centena de veces. No era impaciencia ni ociosidad: había en sus gestos una urgencia invisible, una ansiedad que vibraba en cada movimiento de sus manos. Lo vi desde el andén y lo reconocí de inmediato, como si hubiera estado esperándolo sin saberlo. Tenía ese aire indómito que algunos confunden con arrogancia, pero que en realidad es una forma de defensa. Su cabello, largo hasta la cintura, se movía con el viento y parecía tener vida propia; me provocó una envidia antigua, casi infantil. Llevaba varias argollas en las orejas, un piercing en la ceja y una mirada de pocos amigos que lo hacía parecer salido de otro mundo, un guerrero de tiempos olvidados. No llevaba equipaje, lo que me llamó poderosamente la atención. Tampoco tenía pasaje: había negociado con el asistente del bus su improvisado destino a Vallenar. Lo perdí de vista por un momento cuando me acerqué a revisar mi asiento. Pensé que...

Es un concha de su madre.

No sabría decir con certeza si fue un miércoles o un viernes. La memoria, cuando hay emociones mezcladas, tiende a borrar los días exactos y solo deja esa sensación de peso en el cuerpo, como si uno recordara con los huesos más que con la mente. Venía del trabajo, con la cabeza aturdida por la rutina, cuando lo vi por primera vez: el hombre del tercer piso forcejeaba con unas bolsas del supermercado al pie del ascensor. Las bolsas estaban a punto de romperse. El ascensor, mientras tanto, ya subía. Su hijo —un muchacho de unos veinte años, alto, robusto, con esa seguridad inconsciente de quien nunca ha necesitado mirar atrás— había entrado sin esperar. El padre extendió el brazo como atrapando aire, quizá esperando que la puerta se detuviera. No ocurrió. La puerta metálica se cerró con ese sonido seco que no admite apelaciones. El hijo desapareció, y el padre quedó allí, solo, sujetando bolsas que parecían un símbolo demasiado evidente de aquello que cargaba desde mucho antes. Me acerqu...

El latido de la Tierra.

El lago Chungará estaba quieto, como si aún no decidiera si aquel amanecer merecía ser visto. La primera luz del sol descendía desde los bordes del Parinacota, mientras el aire helado se mantenía suspendido en una calma que solo a esa altura puede sentirse así: no como silencio, sino como espera. Gastón caminaba en dirección a la orilla. Detrás de él, aunque en apariencia caminaba con lentitud, Ro lo alcanzó con apenas unos pasos, su sombra enorme adelantándose sobre el suelo. Ro no parecía afectado por la altura. No hacía pausas, no ajustaba su respiración. Gastón, en cambio, aunque ya acostumbrado al altiplano tras toda una vida en Putre, mantenía un ritmo consciente. No era debilidad, era conocimiento del entorno. En ese lugar, cada movimiento debía estar en equilibrio con el aire escaso. Ro se detuvo y sin vacilar se agachó para tocar el agua del lago. Lo hizo de una sola vez, con un movimiento limpio, continuo. Su cuerpo, casi de cuatro metros de altura, descendió como si el lago ...

Por robarte un beso.

El timbre del segundo bloque sonó con esa vibración áspera que partía la mañana en dos. Los alumnos de octavo B volvían a sus puestos, arrastrando sillas, soltando risas, intercambiando chismes. Afuera el viento levantaba polvo del patio y una pelota golpeó la muralla con la violencia habitual del recreo. La profesora volvió a entrar con su carpeta de siempre, esa donde los nombres estaban escritos en tinta azul y los comentarios en rojo. Su cara era un mapa de cansancio. Damián y Javier compartían mesa al fondo, cerca de la ventana. Desde primero básico habían estado juntos: mismos equipos de ciencias, mismos castigos, misma ruta de regreso al barrio. Javier era de los que siempre tenía una sonrisa fácil, el que todos querían para capitán de equipo. Damián, en cambio, era más silencioso, como si el ruido del mundo le doliera. Observaba más de lo que hablaba; imitaba risas para no parecer extraño. Aquel martes de octubre, cuando el calor ya comenzaba a filtrarse por los ventanales, la ...