Las historias importantes suelen nacer en lugares extraños. Las mías, casi siempre, entre pisos. Ahí, en ese cubículo metálico y espejado donde los silencios pesan más que las palabras, donde la gente baja la guardia sin darse cuenta, donde los gestos se afinan y las máscaras resbalan. En ese espacio suspendido entre el ir y el volver, aprendí que la verdad no alza la voz: se insinúa en un anillo girado, en un parpadeo que no encaja, en los ojos que se pierden en las propias manos para evitar los ajenos. Como aquella mañana. La puerta del ascensor se abrió y entraron juntos: él, con cuerpo de coloso entrenado, con esos brazos que podrían cargar un piano o una mudanza entera; ella, delgada y diminuta, fundida en su abrazo como si quisiera desaparecer ahí dentro. Di un paso atrás, por puro reflejo. No por amabilidad, sino por ese impulso antiguo que nos hace encogernos ante lo que impone. Y entonces las vi. Sus zapatillas: limpias, blancas, como de revista. Las mías: deslavadas, con la s...
Estos son los relatos de un egoísta, independiente y amante de su libertad.