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Mostrando entradas de junio, 2025

El arte de quedarse quieto.

Las historias importantes suelen nacer en lugares extraños. Las mías, casi siempre, entre pisos. Ahí, en ese cubículo metálico y espejado donde los silencios pesan más que las palabras, donde la gente baja la guardia sin darse cuenta, donde los gestos se afinan y las máscaras resbalan. En ese espacio suspendido entre el ir y el volver, aprendí que la verdad no alza la voz: se insinúa en un anillo girado, en un parpadeo que no encaja, en los ojos que se pierden en las propias manos para evitar los ajenos. Como aquella mañana. La puerta del ascensor se abrió y entraron juntos: él, con cuerpo de coloso entrenado, con esos brazos que podrían cargar un piano o una mudanza entera; ella, delgada y diminuta, fundida en su abrazo como si quisiera desaparecer ahí dentro. Di un paso atrás, por puro reflejo. No por amabilidad, sino por ese impulso antiguo que nos hace encogernos ante lo que impone. Y entonces las vi. Sus zapatillas: limpias, blancas, como de revista. Las mías: deslavadas, con la s...

La elección imposible.

El aula quedó en silencio cuando el último alumno salió, arrastrando los pies con esa mezcla de alivio y cansancio propio de quienes han soportado una clase de matemáticas avanzadas. Amaro Schampke, sin embargo, permaneció inmóvil en su asiento, los dedos aferrados al borde de la mesa como si temiera que el suelo cediera bajo sus pies.   —Señor Schampke —la voz del profesor Chamizo resonó con una cadencia grave, casi ceremonial—, necesito hablar con usted luego de clases.   No era una invitación. Era un anuncio.   Amaro levantó la vista. Conocía a Chamizo desde los quince años, cuando el mundo aún le parecía un rompecabezas con todas las piezas en su lugar. El profesor había sido una constante en su vida: primero como maestro en aquella escuela privada de techos altos y pasillos pulidos, luego como una presencia esporádica pero inquebrantable en su vida universitaria. No eran amigos—la diferencia de edad lo hacía imposible—, pero existía entre ellos un ente...

El exiliado.

Lo que ahora trazo en este papel no es una confesión, ni un relato, sino la sombra de una sombra: el recuerdo de una noche que, como un espejo roto, refleja aún en mis sueños fragmentos de su inexplicable fulgor. Quienes lean estas líneas juzgarán, con razón o sin ella, que he perdido el juicio o que fabulo con desvergüenza y decadencia. No importa. La verdad, si es que tal palabra cabe aquí, no es menos extraña que la ficción.   Mi dormitorio, celda de un modesto departamento en la séptima altura de un edificio anónimo, solía ser un refugio contra el bullicio mundano. Las paredes, gruesas como las de un monasterio, aislaban hasta entonces mi sueño de las miserias ajenas. Pero aquella noche—noche que ahora sé era distinta a todas—un sonido atravesó el silencio con la precisión de un alfiler clavándose en la carne. No era el llanto de un ebrio ni el lamento de un amante despechado, sino el sollozo desgarrado de un hombre cuyo dolor parecía surgir de las entrañas mismas de su se...

El peso de no insistir.

“Usted sabe algo del joven Francisco, su amigo”, dijo la mujer con un tono que oscilaba entre la interrogación y la sentencia.   David se quedó en silencio. No había llamado, ni siquiera enviado un mensaje. No era que le faltara interés por su salud—Francisco era, después de todo, el compañero de almuerzos, de conversaciones sobre lo absurdo y lo inevitable—pero había algo más. Algo que hacía que ese impulso de cercanía, antes natural, ahora se sintiera remoto.   Hubo un tiempo en que David enviaba mensajes, compartía imágenes sin importancia, creía en la posibilidad de que un gesto mínimo sostenía los vínculos. La costumbre de ser el que pregunta, el que se preocupa, el que está presente. Pero la vida, con la paciencia de quien deja correr los días, le mostró otra lógica: las relaciones no sobreviven al desgaste si solo uno sostiene el hilo.   Y así, un día, dejó de escribir. De esperar. De ser el que siempre estaba. La revelación no fue inmediata, pero sí...