Las mañanas en Copiapó eran frías, tan frías que el aire parecía cortar la piel y las lágrimas, cuando brotaban, ardían como si fueran de sal. Andrés caminaba hacia su trabajo con los ojos bajos, sintiendo el peso de cada paso como si arrastrara una carga invisible. El dolor lo envolvía, denso y opresivo, como una lluvia constante que solo él podía sentir. Cada respiración era un esfuerzo, como si el aire fuera escaso y el pecho le recordara que, aunque quisiera detenerse, el mundo no lo haría con él. Sabía que la rutina era su única ancla, la única manera de mantenerse a flote, de no desmoronarse del todo. Pero incluso eso, la rutina, le costaba. Su mente no estaba allí, en esa ciudad árida y helada; estaba ochocientos kilómetros al sur, en la casa de su infancia, donde cada rincón guardaba el eco de su madre. Allí, en ese lugar que ya no era su hogar pero seguía siendo su refugio mental, todo olía a ella, a su risa, a su cansancio, a su ausencia, y aunque Andrés sabía que debía segui...
Estos son los relatos de un egoísta, independiente y amante de su libertad.