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Mostrando entradas de septiembre, 2025

La Rosa Negra.

Eugenio no podía dejar de mirar la flor oscura, casi azulada, que su amigo giraba entre los dedos. La gente pasaba por el paseo Aldunate como si nada, como si no fuera raro ver a dos tipos de casi treinta discutiendo sobre una rosa negra en plena tarde universitaria. Qué ridiculez, pensaba, ¿qué se supone que era eso? Benjamín sonrió con esa mueca que usaba desde los quince para desarmar cualquier crítica. Ridiculez, no, se decía a sí mismo, magia pura. Y aseguraba que con eso Eugenio podía salvar lo que tenía con Carolina. Eugenio bufaba. No me jodas, repetía en su cabeza, ¿una rosa negra? ¿Para qué? ¿Para que ella piense que me volví gótico? Benjamín no se inmutaba. Giraba la flor otra vez, como si escondiera un secreto en cada espina. No era cualquier rosa, pensaba. Una roja se compraba de a docenas, con papel celofán y moño brillante. Bonita, sí, pero vacía. Esta, en cambio, se entregaba sola. Sin adornos. Significaba amor eterno. Era distinta. Real. Eugenio lo miraba con el ceño f...

Teoría del derecho.

Rolo odiaba esa clase. “Teoría del Derecho”, así, con mayúsculas, le sonaba pomposo, inútil, aburrido. Lo único que lograba captar su atención era la idea de que había que aprobarla para poder seguir adelante en la malla. El resto era humo, palabrería de profesores que se creían filósofos. Y él detestaba a los filósofos. Lo había dicho mil veces en el colegio: “puro hablar de tonteras, nadie gana plata con esas cosas”. En su casa lo aplaudían cuando lo repetía. Su padre se reía, orgulloso de ese hijo que calcaba sus frases frente a los amigos del club. Pero ahora, en la universidad pública, ese eco se desvanecía. Nadie lo celebraba. Nadie se reía con él. En un salón con cincuenta estudiantes de todos los rincones y orígenes, sus comentarios sonaban arrogantes, fuera de lugar, casi ridículos. Eso lo irritaba todavía más. Lo irritaba, sobre todo, ver a Tonatián. Tonatián, con ese nombre extraño que parecía inventado, con ese color de piel que lo conectaba con un mundo que a él siempre le...

Silogismos.

El último encuentro no parecía un final. Más bien un repliegue, un cierre sin clausura, un inventario sin inventario. La biblioteca estaba casi vacía a esa hora de la tarde, cuando el sol caía a plomo sobre los ventanales y la ciudad afuera seguía funcionando como si nada. Dentro, en ese pasillo largo de mesas y sillas incómodas, se repetía la misma rutina que habían armado casi sin querer: Marcelo primero, con el cuaderno lleno de flechas, ejemplos y anotaciones en letra apretada; Leónidas después, todavía con el buzo del equipo, el pelo húmedo del entrenamiento, y esa forma de caminar que parecía pedir disculpas por el tamaño, como si el cuerpo entrara al lugar antes que él. La mesa de siempre estaba libre, casi esperándolos. Se sentaron. No hablaron de inmediato. Ya no lo necesitaban. Marcelo hojeó el cuaderno, revisó mentalmente la lista de temas que habían quedado pendientes, pero no tenía prisa. Leónidas respiró hondo, como si necesitara un par de minutos para dejar fuera la canc...

El tributo del hambre.

Bajó al amanecer, cuando la niebla aún abrazaba los tejados como una madre obstinada y los gallos, sabios, se negaban a cantar. El gigante descendía desde la montaña con la lentitud de quien carga más que su cuerpo: huesudo, descompuesto, arrastrando un hambre que no era solo suya. Cada paso era penitencia, cada crujido de roca bajo sus pies una súplica no dicha. Durante años había discutido consigo mismo. En las cavernas altas, donde el viento gime como un anciano que recuerda más de lo que quisiera, se preguntaba si tenía derecho. Si un ser tan grande podía devorar a los pequeños sin perder su alma. Si la necesidad justificaba el horror. Si el hambre podía absolver. Pero el hambre no filosofa. El hambre no espera. El hambre es un dios sin rostro que exige tributo. Cuando llegó a la plaza del pueblo, no rugió ni gritó. Se dejó caer como un dios cansado y el suelo tembló como si la tierra lo reconociera. El eco de su peso recorrió las casas, las calles, incluso los huesos de los aldean...

Lo que sostiene.

Héctor apagó el motor y el silencio cayó pesado, como si se hubiera sumado un tercer pasajero incómodo. Afuera, el aire olía a mar salado y a gasolina vieja. El mirador estaba casi vacío: el rumor constante de las olas golpeando las rocas y el ulular del viento eran lo único que acompañaba a los dos amigos. No había autos cerca, no había curiosos, nada que interfiriera con lo que habían venido a hacer ahí: hablar, o al menos intentarlo. Nicolás se acomodó en el borde del capó, cruzó los brazos y miró el horizonte. Lo hacía con esa calma suya, casi profesional, de observador nato. Conocía a Héctor desde que eran adolescentes y reconocía de inmediato sus signos: los hombros tensos, la mandíbula trabada, la mirada fija como si el mar pudiera resolverle la vida. El gesto era viejo, un tic que nunca había perdido. Héctor parecía más una mole abatida que el tipo imponente de siempre. —¿Y bien? —soltó Nicolás, con tono neutro. No era una pregunta, más bien un empujón. Héctor respiró hondo, pa...

La medida de nosotros.

  El sol a esa hora no bronceaba: castigaba. Sentía su peso en los hombros, en la nuca húmeda de sudor, en los muslos tensos que ni el bloqueador podía salvar. Todo el resort parecía sudar conmigo, aunque la diferencia es que yo no podía escapar ni refugiarme bajo la sombra de una sombrilla con cerveza en la mano. Yo estaba atrapado en mi silla de plástico blanco, ese trono barato que me alzaba apenas un metro del suelo y que, a la distancia, debía darme cierta autoridad, cierto aire de seguridad, como si estuviera al mando de todo lo que ocurría en la alberca. Desde ahí debía parecer controlador, dueño del escenario. Eso supongo. Así debe imaginarlo la gente. Todos piensan que ser salvavidas en un resort caribeño es un privilegio: bronceado gratis, uniforme que marca el cuerpo, la posibilidad de ser visto sin pedirlo, morras que sonríen de reojo, chavos que envidian o imitan. Y sí, a veces funciona de esa manera. Hay miradas que me alimentan aunque lo niegue, aunque finja que esto...

Un sábado cualquiera.

Llegaron al mirador de San Juan poco después de las diez y media. Esa hora en que el sol comienza a calentar lo suficiente como para incomodar a los que se visten de negro, pero al mismo tiempo se agradece en la piel de quienes cargan una semana de oficinas heladas, cafés recalentados y madrugadas con aire acondicionado. El sol, ese sábado, tenía la amabilidad de un domingo de película. El cielo se presentaba limpio, apenas interrumpido por los edificios que, a lo lejos, delineaban la bahía como si se tratara de una maqueta hecha por algún estudiante obsesivo de arquitectura. Él apareció primero, aunque llegaron juntos. Era imposible no notarlo: casi un metro noventa, hombros anchos, brazos tensos, el torso marcado que hasta el buzo gris —ese uniforme de gimnasio barato— no lograba disimular. Vestía completo de algodón deportivo: polerón con cierre, pantalones a juego y unas Jordan blancas que brillaban bajo la luz, como si fueran recién compradas. No necesitaba más. Su cuerpo y su car...

Soliloquio al atardecer.

La tarde muere en silencio, como mueren las cosas verdaderas: sin aspavientos, sin siquiera pedir permiso. Las luces de la ciudad empiezan a encenderse una a una, tímidas al principio, como si se avergonzaran de interrumpir la penumbra que cae sobre los tejados y las calles. Son luces que titilan para recordarme que el mundo continúa su marcha, con la obstinación de siempre, aunque yo me haya detenido hace meses en un tiempo suspendido. Apoyo los codos en la baranda del balcón y miro el mar a lo lejos, un mar que nunca me ha pertenecido del todo pero que siempre me ha servido de espejo. No digo nada, porque no hay palabras que valgan. El aire húmedo me acaricia el rostro, me despeina un poco la barba que he descuidado en las últimas semanas. Adentro, el departamento es apenas un refugio: paredes blancas, una cama desordenada, papeles sobre la mesa. Aquí afuera, en cambio, me pesa la soledad, pero también me sostiene, como si este balcón fuese la última frontera antes de caer en el vací...

Lo que no se ve.

El clic del picaporte interrumpió el silencio del pasillo. Teodoro salió del 701 con una bolsita de basura en la mano; el aire frío de la mañana le pegó de golpe en la cara. Frente a él, casi al mismo tiempo, se abrió la puerta del 704 y apareció Benicio, todavía con el pelo húmedo y una camiseta que le quedaba más chica de lo que su cuerpo reclamaba. Se miraron ese segundo de vecindad que nunca alcanza para nada. Teodoro dijo buenas, como quien marca asistencia; Benicio contestó qué tal, vecino, y el pasillo se preparó para volver a su quietud habitual hasta que Benicio, como si alguien le hubiese tirado del hombro desde adentro, lo frenó: quería disculparse. ¿Disculparse por qué?, se le dibujó a Teodoro en la cara sin que llegara a decirlo. Benicio sonrió torpe, un gesto que en él parecía prestado. Explicó que la noche anterior había llegado tarde, casi de madrugada, acompañado, y que entre risas y empujones juraba haber golpeado la puerta del 701; pensó que lo había molestado. Teodo...

Dos en el café.

Laura estaba junto a la ventana, con el móvil entre las manos, no como quien consulta un mensaje sino como quien se aferra a un objeto para no desbordarse. Afuera, Plaza Cataluña se desplegaba con su coreografía incesante: turistas dispersos como bandadas, oficinistas que atravesaban la tarde con prisa, estudiantes con mochilas y risas metálicas. Ella, sin embargo, sentía que todo se filtraba a través de un vidrio empañado. Había llegado antes de lo convenido, esa táctica de quien se resiste a admitir la ansiedad de esperar, y llevaba más de diez minutos mascando las mismas frases, incapaz de alinearlas en una confesión coherente. Francisco apareció con ese paso seguro que tanto engañaba. A sus 48 años había aprendido a enmascarar la duda bajo una serenidad prestada. Lo cierto es que la seguridad lo abandonaba a cada paso, y lo que en él parecía firmeza no era más que un frágil equilibrio entre la experiencia y la memoria de viejas derrotas. Saludó con una sonrisa contenida. Laura alzó...