Eugenio no podía dejar de mirar la flor oscura, casi azulada, que su amigo giraba entre los dedos. La gente pasaba por el paseo Aldunate como si nada, como si no fuera raro ver a dos tipos de casi treinta discutiendo sobre una rosa negra en plena tarde universitaria. Qué ridiculez, pensaba, ¿qué se supone que era eso? Benjamín sonrió con esa mueca que usaba desde los quince para desarmar cualquier crítica. Ridiculez, no, se decía a sí mismo, magia pura. Y aseguraba que con eso Eugenio podía salvar lo que tenía con Carolina. Eugenio bufaba. No me jodas, repetía en su cabeza, ¿una rosa negra? ¿Para qué? ¿Para que ella piense que me volví gótico? Benjamín no se inmutaba. Giraba la flor otra vez, como si escondiera un secreto en cada espina. No era cualquier rosa, pensaba. Una roja se compraba de a docenas, con papel celofán y moño brillante. Bonita, sí, pero vacía. Esta, en cambio, se entregaba sola. Sin adornos. Significaba amor eterno. Era distinta. Real. Eugenio lo miraba con el ceño f...
Estos son los relatos de un egoísta, independiente y amante de su libertad.