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Mostrando entradas de diciembre, 2024

Entre sombras y esperanzas.

 “Yo no leo libros, maestro”, respondió Joaquín con una convicción que sorprendió a su profesor de Literatura. Este, enfurecido, decidió templar su reacción con una sonrisa pobre. El maestro había preparado una actividad para esta primera clase del año, la cual consistía en la lectura de un cuento del escritor chileno José Miguel Varas, llamado "Conducta de un gato". Era conocido por su aulirofilia, por lo que el anuncio del título de la lectura provocó risas entre los alumnos que lo conocían de años anteriores. Sin embargo, este año contaba con algunos estudiantes nuevos, provenientes de otras escuelas de la ciudad, con conductas e historias muy diferentes. La clase de Literatura, típica en su estructura, se centraba en la lectura en voz alta y la aplicación de estrategias de comprensión. Joaquín, quien no disfrutaba leer, se sintió instantáneamente disgustado. En su escuela anterior apenas aprobó gracias a trabajos en grupo y tareas realizadas por sus amigos. Ver la disposi...

Gemelos de hierro.

Diego y Andrés Demir, hermanos gemelos, se erigen como los guardianes de la academia de surf en la playa de Cavancha, un paraíso terrenal en Iquique, donde las olas narran historias de resistencia y perseverancia. Su existencia, forjada en la dureza del hierro, es un testimonio de resiliencia y empeño. Hijos de inmigrantes turcos que arribaron a Iquique hace un par de generaciones, sus vidas están teñidas por una historia trágica. Su madre se marchó a Kocaeli cuando ellos eran apenas unos niños, buscando el abrazo de su familia y dejando atrás dos almas jóvenes en busca de consuelo. Su padre, un empresario absorto en la vorágine de la Zona Franca, nunca tuvo tiempo para criarlos, pues para él, los negocios eran un altar más sagrado que el propio hogar. La responsabilidad de su crianza recayó en una empleada de origen peruano, una mujer de corazón cálido y manos trabajadoras que se convirtió en la figura materna que nunca tuvieron. Esta mujer, constante y dedicada, les enseñó todo lo qu...

El Dios del trueno.

Me considero una persona despreciable, y bien ganado tengo ese título principalmente por ser prejuicioso y estereotipado. Permítanme ponerlos en contexto. Hace algunos meses llegó a trabajar a la oficina un hombre joven, ingeniero de profesión, muy diferente a todos los primates tercermundistas que aquí habitamos. Oliver Andersson, logistic project manager and buyer de la casa central en Europa, llegó a la oficina en febrero de este año. El desgraciado provocó tremendo revuelo desde que llegó porque, para sorpresa de todos, hablaba un español casi perfecto y su personalidad era muy afable. Obviamente, no me permito opinar sobre su calidad profesional porque no tengo dudas de su talento; sin embargo, son otras las cosas que provocaron mi inicial rechazo. Pónganse en mi lugar por tan solo un momento, por favor. Me gusta mi trabajo, llevo varios años en la empresa y la relación con mis compañeros es bastante cordial, no me quejo. Cada mañana, luego de preparar mi moccachino sin azúcar, sa...

Una conversación inesperada.

Los animales tienen la capacidad innata de percibir las energías de las personas, y es en función de estas vibraciones que determinan su comportamiento. En lo que a mí respecta, ha pasado mucho tiempo desde que dejé atrás la larga noche, y aquellos días de malas vibras y pensamientos oscuros quedaron en el olvido. Las circunstancias que me llevaron a atravesar mi propio infierno y alcanzar el paraíso son historias para otro momento. Hoy, mi propósito es ilustrar lo que sucede cuando una persona elige vibrar en una frecuencia alta y se esfuerza por mantener ese estado de armonía. Detenerme a observar el comportamiento de las aves es una costumbre que adquirí hace muchos años, durante un viaje de trabajo a Playa del Carmen. Agobiado por el calor del amanecer de un día de mediados de noviembre, decidí levantarme y esperar el desayuno sintiendo la brisa marina en el balcón de mi habitación. En esa parte del resort, la vegetación era más abundante y los árboles de frondoso follaje dominaban...

Dioh mío…

Felipe Cayupi fue el primer niño que me hizo sentir que todos los sacrificios realizados para cambiar mi destino y convertirme en profesor habían valido la pena. Lo conocí durante mi práctica de observación inicial en el segundo año de universidad, en 2008. Felipe cursaba el octavo año básico en un prestigioso colegio del sector de Bajo Molle en Iquique. Al finalizar mi práctica, Felipe se acercó a mí con una mezcla de timidez y determinación. En sus manos sostenía un pergamino que había confeccionado con esmero: una hoja de papel envejecido, con los bordes quemados, evocando la apariencia de un antiguo mapa de tesoro pirata. Con una sonrisa nerviosa, me confesó que había decidido escribir el mensaje en su computadora, consciente de que su caligrafía podría desvirtuar la profundidad de sus palabras. Ese pergamino, que aún conservo dieciséis años después, es un testimonio tangible de la conexión que logramos establecer. Cada vez que lo miro, siento una presión en el pecho que me emocion...

Sargazo.

Habían planeado este viaje durante años. Siempre había surgido algo que les impedía realizarlo: trabajo, compromisos familiares, problemas de salud. Pero esta vez, nada iba a detenerlos, ni siquiera un huracán. Caminaban por la orilla, sus pies hundiéndose en la arena mojada, mientras las cuadrillas de obreros del municipio de Quintana Roo trabajaban incansablemente para retirar las algas. La playa estaba prácticamente vacía esa mañana. Los turistas habían buscado refugio, dejando a Javier y Andrés con la costa casi para ellos solos. La lluvia golpeaba sus rostros, pero ellos seguían adelante, disfrutando de cada paso, de cada gota que caía sobre ellos. La tormenta, lejos de ser un obstáculo, se había convertido en parte de la aventura. Andrés, con la mirada perdida en el horizonte, comenzó a recordar en voz alta. ¿Te acuerdas de aquella vez en la universidad, cuando nos escapamos a la playa en medio de los exámenes finales? Javier sonrió, asintiendo. Claro que sí. Fue una locura, pero...

El último discurso.

El patio principal del colegio estaba lleno, pero el ambiente era distinto esta vez. No era solo otro evento más; era el último discurso de un profesor que había dejado una marca indeleble en cada uno de los presentes. Se escuchó un murmullo de anticipación mientras el profesor Alejandro subía al escenario. Con un ligero temblor en las manos, ajustó el micrófono y miró a la audiencia. Había tanto que quería decir, tanto que aún no había dicho. “Señora Directora, Directoras de Ciclo, Profesores, Padres, Apoderados, Alumnos y Personal Administrativo, muy buenas tardes,” comenzó, su voz llenando el espacio con una mezcla de solemnidad y calidez. “La literatura siempre estuvo presente en todos los años que compartimos. Estoy seguro de que jamás olvidarán mis singulares evaluaciones. Hoy, tengo la certeza de que ninguna de las referencias que utilizaré les será indiferente.” Las palabras fluían como un río que había contenido su fuerza durante demasiado tiempo. Habló de Cervantes, de cómo c...

El secreto de Ofelia.

En el sombrío castillo de Elsinor, la tragedia se cernía sobre la joven Ofelia, cuya vida había sido marcada por la reciente muerte de su padre, Polonio. La pérdida de su protector y guía la había dejado en un estado de vulnerabilidad extrema, una fragilidad que se acentuaba con la ausencia de su hermano Laertes, quien se encontraba en tierras lejanas. En medio de este desamparo, Ofelia guardaba un secreto que la consumía: estaba embarazada del príncipe Hamlet. La noticia de la muerte de Polonio había sido un golpe devastador para Ofelia. Sin el apoyo de su padre y con su madre fallecida tiempo atrás, se encontraba sola en un mundo que parecía desmoronarse a su alrededor. La relación con Hamlet, que había sido su refugio y esperanza, se había tornado en una fuente de angustia. El príncipe, atrapado en sus propias luchas internas y en la venganza por la muerte de su padre, había dejado de ser el amante tierno y comprensivo que Ofelia conocía. La joven, en su desesperación, comenzó a mos...