Bastián Ignacio había desarrollado una habilidad casi artística para culparse cada vez que cometía un error. No importaba si se trataba de algo insignificante o de una meta ambiciosa, él encontraba la forma de convertir cualquier tropiezo en un motivo de tormento personal. Vivía atrapado en la mirada ajena, como si la aprobación de los demás fuese la única medida de su valor, y siempre, irremediablemente, se castigaba por no cumplir con las expectativas —propias o prestadas— que lo acechaban. Este año, un cambio de escuela se interpuso en su rutina. Un nuevo entorno, desconocido y hostil en su imaginación, aunque no tardó en revelarle algo distinto. Entre los profesores del colegio, hubo uno que se destacó desde el principio: el maestro de Literatura. Este hombre, cuya voz firme y vibrante se hacía escuchar incluso en los rincones más indiferentes del aula, había notado algo peculiar en Bastián Ignacio. Le intrigaba la solemnidad casi obstinada con la que el joven asumía cada tar...
Estos son los relatos de un egoísta, independiente y amante de su libertad.