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Mostrando entradas de abril, 2025

Culpa.

  Bastián Ignacio había desarrollado una habilidad casi artística para culparse cada vez que cometía un error. No importaba si se trataba de algo insignificante o de una meta ambiciosa, él encontraba la forma de convertir cualquier tropiezo en un motivo de tormento personal. Vivía atrapado en la mirada ajena, como si la aprobación de los demás fuese la única medida de su valor, y siempre, irremediablemente, se castigaba por no cumplir con las expectativas —propias o prestadas— que lo acechaban. Este año, un cambio de escuela se interpuso en su rutina. Un nuevo entorno, desconocido y hostil en su imaginación, aunque no tardó en revelarle algo distinto. Entre los profesores del colegio, hubo uno que se destacó desde el principio: el maestro de Literatura. Este hombre, cuya voz firme y vibrante se hacía escuchar incluso en los rincones más indiferentes del aula, había notado algo peculiar en Bastián Ignacio. Le intrigaba la solemnidad casi obstinada con la que el joven asumía cada tar...

El viaje de los domingos.

Otro bus. Otra vez. Dos años y medio de domingos desangrados sobre el asfalto. Cada semana, la misma ruta, un disco rayado que repite paisajes gastados, cinco horas de ida, cinco y media de vuelta—ese pequeño robo que nadie explica, que ya ni protesto. El motor gruñe, ronronea, canta la misma monotonía, y yo, encadenado a este ritual de ruedas, observo cómo Copiapó desaparece detrás o quizás sea Coquimbo la que se diluye. Las ciudades han perdido sus nombres y contornos. Son estaciones de paso, escenografías de un purgatorio sobre ruedas. Tras los vidrios sucios, el desierto se arrastra como una piel desgastada. Cerros escuálidos, casas que parecen aferrarse a la tierra como costras, letreros apagados de negocios a medio morir. Todo parece conspirar para recordarme: así es la vida, una procesión sin destino claro, un regreso que nunca encuentra llegada. Los pasajeros—figuras intercambiables con rostros que se desdibujan—se dejan llevar al compás de las curvas, indiferentes al cansancio...

Resistencia y lucha.

  Su nombre era Yashin Benali, un joven marroquí cuya existencia, a sus apenas dieciocho años, era un viaje a contracorriente entre sombras de pérdida, sacrificio y una voluntad indómita. En el refugio cálido de sus abuelos encontró la única certeza en un mundo que se había mostrado implacable desde muy temprano. Allí, en esa pequeña esquina de estabilidad, Yashin vivía días que alternaban entre el rigor de los libros y las extenuantes jornadas laborales, cada una marcada por el peso de la necesidad y la responsabilidad.  Mientras otros jóvenes dedicaban los fines de semana a descansar o soñar libremente, él se sumergía aún más en el trabajo, encadenando horas interminables que parecían diluirse en un reloj perpetuo. Cada instante de esfuerzo era una apuesta a su futuro, un intento por sostenerse a sí mismo y aliviar el peso de los años sobre sus abuelos, los pilares que lo mantenían de pie en medio de la tormenta. Pocos conocían, y menos aún lograban comprender, la verdadera ...

San Pedro.

  Aquel viaje a San Pedro de Atacama había sido planeado con tiempo, con ese cuidado minucioso que sólo ponen los jóvenes cuando sueñan con horizontes más anchos que el patio del liceo. Lo conversaron por primera vez en los recreos, entre clases de matemáticas y lecturas mal digeridas, cuando la vida adulta era todavía un proyecto lleno de esquinas por descubrir.   Juntos entraron a la universidad, y aunque el tiempo se les hizo estrecho—trabajos mal pagados, noches en vilo estudiando—nunca dejaron de guardar, semana a semana, su aporte en aquella caja de zapatos gastada por el uso. Era un ritual silencioso, casi sagrado: cada moneda era un paso más hacia el norte, hacia ese pueblo de tierra roja y cielos despejados.   San Pedro, con su fama de lugar turístico, podía ser caro, pero ellos no iban con la idea de gastar fortunas. El dato clave se lo dio el ayudante del profesor Ballesteros, un muchacho delgado, de hablar pausado, que había nacido en aquellos lares....

Menosprecio.

"Profesor Batanides, necesito hablar con usted de un asunto muy importante”. El jefe docente alzó lentamente los ojos del documento que sostenía entre sus manos regordetas, engarzadas en gemelos de plata que brillaban bajo la luz fluorescente. "La Casa Central ha establecido nuevos lineamientos para su asignatura en 2025. Lineamientos que, debo advertirle, no están sujetos a discusión." La voz del funcionario rezumaba esa suntuosa solemnidad que tanto exasperaba al claustro docente. Era un hombre que ocupaba espacio no sólo por su voluminosa silueta -envuelta siempre en trajes de corte impecable que parecían burlarse de los atuendos sencillos de sus colegas-, sino por esa aura de autoridad autocomplaciente que emanaba de cada uno de sus gestos. Sus mejillas colgantes, su aliento entrecortado al menor esfuerzo, delataban décadas de desprecio hacia cualquier actividad que no fuera el ejercicio burocrático del poder. Pero lo más peligroso residía en su voz: un instrumento c...