Cada sábado, la feria de San Juan en Coquimbo se transforma en una sinfonía de colores y aromas, invitándome a recorrer sus pasillos repletos de vida. Es un lugar donde la realidad se disuelve en un caleidoscopio de mercancías y personajes, un terreno fértil para las historias más inverosímiles. Entre los protagonistas de este vibrante teatro se destaca el majestuoso charro con halitosis, ataviado con su impecable traje mexicano y su prominente sombrero. Enclavado en el corazón del pasillo principal, su figura resuena con una fuerza casi sobrenatural, capaz de cortar el aire con su talento, a pesar del mortífero aliento que lo acompaña. Desde la distancia, sus notas acarician el aire, evitando así el mal trago de su cercanía. No muy lejos de ahí, el pequeño Wolverine vende harina tostada. Con su metro y medio de altura y el cabello erizado imitando al superhéroe, es una versión deslucida pero entrañable del personaje de cómic. Su diminuta presencia impone un aura de resistencia y valen...
Estos son los relatos de un egoísta, independiente y amante de su libertad.