El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda.
Habíamos hablado de compartir ese momento: separar sus vestidos, doblar cada blusa, acariciar cada tela como si se tratara de un tesoro. Yo había imaginado mis manos plegando una de sus blusas de seda, depositándola en la maleta, y en ese gesto sentir, por un instante fugaz, el perfume de su presencia. Nueve meses aguardando ese rito, y de pronto, casi al azar, me anuncian que la ropa ya había sido entregada.
“Pero tú sabías que eso iba a pasar”, dijo uno de mis hermanos, con la dureza de una piedra. El otro, fiel al axioma de que lo que no se nombra no existe, guardó silencio, borrando con su mutismo cualquier posibilidad de compartir el duelo.
Me hundí en la pena durante dos días enteros, lunes y martes, antes de atreverme a hablar con alguien. Y aunque la conversación alivió momentáneamente el peso, con el correr de las horas la herida se transformó en resignación: la certeza de haber perdido la oportunidad de participar en aquel ritual que tanto había significado para mí.
Ahora pienso en viajar a Santiago, en llevar un ramo desbordante de flores a su sepulcro. No deseo volver a la casa, ese hogar de mi infancia que se ha vuelto extraño, ajeno. Sin ella, las paredes se han vaciado de sentido, y quienes lo habitan son apenas sombras con vínculos de sangre, pero sin verdadera conexión. Lo que han demostrado es una carencia absoluta de empatía, y en ese vacío, mi madre se me revela más presente que nunca, como la única raíz verdadera de aquel lugar.

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