Bernardo llegó diez minutos antes de la hora pactada. El café K’oa Marka, en el centro de Putre, estaba tibio y silencioso, con olor a infusión de coca y pan de quinoa tostado. El local tenía mesas elevadas para los gigantes y mesas bajas para los humanos, como si hubiera sido construido por alguien que entendiera que la convivencia no se resuelve con igualdad, sino con reconocimiento práctico. Colocó su laptop sobre la mesa y abrió el documento en blanco. No era para escribir, sino para tener algo físico entre él y sus nervios. Sintió la vibración en el suelo antes de verlo entrar. Rel apareció en el umbral, inclinándose para no golpear el marco superior. Tomó tres pasos hacia adentro y el local ya estaba lleno de él. No por intimidación; por presencia. Medía 3 metros con cinco centímetros. Su andar era tranquilo, pero cada pequeño gesto tenía la prudencia de quien sabe que cualquier movimiento en falso podría romper algo. Antes de llegar a la mesa, se golpeó con una lámpara colgante....
Estos son los relatos de un egoísta, independiente y amante de su libertad.