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Mostrando entradas de mayo, 2025

Completamente solo.

Completamente solo. Lo extraño es que la soledad siempre fue un estado natural, un lugar donde las cosas empezaban y terminaban en mí mismo, sin depender de nadie, sin pedirle permiso a terceros para decidir el siguiente paso. Pero tras la muerte de mi madre, la soledad adquirió otro peso, una densidad inesperada. Ahora, cuando me miro al espejo, los años me han alcanzado de golpe. Los veo ahí, en cada línea del rostro, en la manera en que el tiempo se ha instalado en mi cuerpo como una presencia implacable. Y día tras día, esa ausencia se siente como un espacio vacío que nadie puede llenar. Isidora tenía la habilidad de disipar las sombras que traía del trabajo. Esa pequeña gata, acurrucada en mi regazo, convertía su ronroneo en un bálsamo, una vibración que reorganizaba el caos y devolvía la paz que el mundo me arrebataba. Jugar con ella en la alfombra era una forma de volver a lo esencial.  Mi madre, en cambio, era un desastre con los consejos. Me los daba con la seguridad de qu...

El paso.

 El sol cae a plomo sobre las piedras blancas del lecho seco, derritiendo los últimos vestigios de frescura que alguna vez pudo haber sentido Edwin. El calor le sube por las plantas de los pies, le trepa por los huesos y se le instala en el pecho, una agitación que no es solo física, sino una quemadura interna, algo que arde desde antes de que él empezara a caminar.  Avanza sin rumbo, pateando guijarros, observando la silueta quebrada de las ramas muertas, huérfanas de agua, condenadas al absurdo de su permanencia. Todo en este paisaje es un espejo de su historia: el lecho seco que alguna vez tuvo un cauce, los troncos inútiles, la piedra que no sabe si alguna vez fue hogar de algo vivo. Aquí, entre el polvo y la sal, se le apilan los años desperdiciados, los ecos de su padre en conversaciones que terminaron siempre en portazos, las risas de sus amigos convertidas en sonidos lejanos, en rumores de otra existencia.  Edwin detiene el paso. Abre y cierra los puños—grandes, i...

Las estrellas no contestan.

Lo arrojaron a la Tierra sin preguntas, sin advertencias, como quien deja caer un pájaro con las alas rotas y espera que el aire, por piedad o descuido, le conceda el vuelo. No hubo tránsito dulce entre el sueño y la vigilia, ni manos dispuestas a amortiguar la caída. Solo el golpe seco de la existencia imponiéndose, la indiferencia del mundo como única bienvenida. Su infancia fue una fábula sin héroe, una historia apenas esbozada antes de ser borrada por la monotonía del tiempo. No hubo juegos ni certezas, solo pasillos interminables, una rutina de sombras que no prometían nada más que repetirse indefinidamente. Creció en un orfanato donde el afecto era una hipótesis absurda y la bondad un gesto imprudente que los años terminaban por corregir. Aprendió pronto las reglas de la supervivencia: que el silencio protege, que la ausencia es un escudo, que el dolor no se muestra porque el mundo no tiene ojos para verlo. Que la esperanza es solo una superstición, un espejismo que desaparece en...