Completamente solo. Lo extraño es que la soledad siempre fue un estado natural, un lugar donde las cosas empezaban y terminaban en mí mismo, sin depender de nadie, sin pedirle permiso a terceros para decidir el siguiente paso. Pero tras la muerte de mi madre, la soledad adquirió otro peso, una densidad inesperada. Ahora, cuando me miro al espejo, los años me han alcanzado de golpe. Los veo ahí, en cada línea del rostro, en la manera en que el tiempo se ha instalado en mi cuerpo como una presencia implacable. Y día tras día, esa ausencia se siente como un espacio vacío que nadie puede llenar. Isidora tenía la habilidad de disipar las sombras que traía del trabajo. Esa pequeña gata, acurrucada en mi regazo, convertía su ronroneo en un bálsamo, una vibración que reorganizaba el caos y devolvía la paz que el mundo me arrebataba. Jugar con ella en la alfombra era una forma de volver a lo esencial. Mi madre, en cambio, era un desastre con los consejos. Me los daba con la seguridad de qu...
Estos son los relatos de un egoísta, independiente y amante de su libertad.