Una vez dentro de la cueva, Rodrigo se encontró en una encrucijada, con una opresiva sensación de incertidumbre que se agudizaba con cada paso. La penumbra parecía engullirlo, y el frío húmedo de las paredes de roca le calaba hasta los huesos. Había pasado días enteros leyendo en la sosegada abadía, buscando desesperadamente alguna pista que le indicara cómo proceder en ese momento crucial, pero todo había sido en vano. La tensión en su pecho se intensificaba mientras imaginaba el encuentro con el caballero Montesinos y las terribles penitencias que su bisabuelo había soportado. Los ecos de sus propios pensamientos resonaban en la cueva, que ahora se le antojaba un inextricable laberinto. Los corredores se bifurcaban interminablemente, cada uno invitándole a perderse más en el abismo de lo desconocido. Afligido por la desorientación y el miedo creciente, Rodrigo decidió retroceder sobre sus pasos, con la esperanza de evitar perderse para siempre en aquel inquietante y extraño lugar. Pe...
Estos son los relatos de un egoísta, independiente y amante de su libertad.