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Paradigma.

 


Bernardo Ponce de León había sido el profesor de matemáticas del Iquique English College durante más de veinte años. Hoy, recibió su carta de despido. Con cincuenta y ocho años, era conocido tanto por su mal carácter como por su vasta sabiduría. Varias generaciones de egresados del plan humanista lo recordaban como un viejo malhumorado, estricto y disciplinado. El profesor Bernardo pertenecía a la última generación de profesores de la escuela normalista y eso explicaba muchas de sus conductas. Con un título universitario de la UMCE, siempre había menospreciado a sus colegas que llegaban de otras universidades. Por lo mismo, entre sus colegas era conocido como el terror de los recién llegados, razón por la cual el resto de los profesores sólo mantenía una relación a la distancia con él. Definitivamente, el profesor Ponce de León era un hueso duro de roer.

Bernardo era un hombre de estatura media, con una figura robusta y una presencia imponente. Su cabello, que alguna vez fue negro azabache, ahora estaba salpicado de canas, y sus ojos, de un marrón profundo, reflejaban una vida de dedicación y sacrificio. Siempre vestía de manera impecable, con trajes oscuros y corbatas sobrias, lo que acentuaba su aire de autoridad y respeto.

Hoy regresó a casa más temprano de lo habitual, ya que no se quedó revisando exámenes como solía hacer todos los viernes. Su esposa, la profesora Matilde Niño, quien se había jubilado un par de años antes, reconoció en su mirada que algo malo había sucedido. Matilde, una mujer de carácter fuerte pero de corazón amable, había sido su compañera incondicional durante más de treinta años. Como siempre que enfrentaban una dificultad, ella preparó café y se sentaron en el balcón de su departamento a conversar. Pasaron muchas horas hablando sobre lo ocurrido. La noche no tardó en llegar y, cuando las luces de la costanera se encendieron y la música de los pubs del paseo Balmaceda interrumpió su plática, decidieron continuar su charla en el dormitorio. Ambos estaban emocionalmente agotados y ya no querían seguir cabizbajos. Era evidente que debían tomar una decisión. Habían planeado que, cuando llegara este momento, dejarían la ciudad y se trasladarían a Santiago, ciudad natal de él, o a Copiapó, donde residía toda su familia. Cualquiera que fuera la decisión, el resultado inevitable era abandonar la ciudad.

Los meses pasaron y diciembre llegó antes de lo que el profesor hubiese querido. A regañadientes, participó en la ceremonia de licenciatura de su jefatura de curso, el 4°C Humanista. Sus alumnos, que a pesar de considerarlo un viejo insoportable, lograron emocionarlo hasta las lágrimas con la sorpresa que le prepararon aquel día. Veinte años trabajando con adolescentes habían logrado ablandar un poco su frío corazón matemático, después de todo. El director del colegio también organizó una cena de despedida para todos los maestros que dejaban la institución ese año. Bernardo soportó los discursos y la comida fría a cambio de un pesado reloj y un galvano de madera con un mensaje cliché de despedida. Salió de la sala de eventos del hotel Gavina con su esposa aferrada a su brazo. Caminaron por el paseo Baquedano bien entrada la noche, en dirección a su departamento. Ambos sintieron que esa sería la última vez que recorrerían esa calle y creyeron que era la mejor forma de despedirse de la ciudad. Don Bernardo, como se haría llamar desde hoy en adelante, estaba molesto, furioso mejor dicho, pero como amaba a su mujer, no quería contaminarla con su frustración y optó por guardar silencio. Doña Matilde, que conocía a la perfección a su esposo, sufría por su silencio. Eran las 02:38 de la madrugada cuando llegaron al departamento y, en lugar de ir a dormir, el maestro despedido del IEC sacó una pesada y enorme maleta del clóset y comenzó a guardar su ropa.

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La constante escasez de profesores favoreció a don Bernardo, permitiéndole conseguir rápidamente una plaza en una escuela particular subvencionada en el centro de Copiapó. Esta entrevista de trabajo era la primera de su carrera profesional, ya que la primera vez que buscó empleo, se dirigió directamente al Colegio Inglés y prácticamente les exigió que lo contrataran, argumentando que era un titulado de la UMCE. Hoy, con más experiencia, sabía que esa estrategia era tan anticuada como él mismo.

Fue una larga jornada del último lunes de febrero. Primero, conoció a una joven psicóloga que le hizo una serie de preguntas triviales sobre su vida y estado emocional. Recordó todas las recomendaciones que doña Matilde le había dado antes de salir de casa sobre cómo lidiar con las psicólogas laborales. A pesar de la incomodidad, mantuvo la compostura.

Después de esperar un rato, conoció a la jefa docente, una señora muy elegante y de edad similar a la suya. Sintió que estaba entre gente seria y, por ello, se relajó y entró en confianza. Hablaron largamente sobre su trayectoria y cómo cientos de generaciones de estudiantes habían ingresado a la universidad gracias a su enseñanza. Sin lugar a dudas, se sintió como un ganador y creyó que el puesto ya era suyo. Sin embargo, la última frase de la señora le generó cierta inquietud: el paso final de su entrevista sería una reunión con el director al día siguiente.

Regresó caminando a su casa en la calle Junín, reflexionando sobre todo lo que había vivido esa mañana. Una voz fuerte en su cabeza le cuestionaba por qué no lo habían contratado de inmediato y qué más necesitaban saber antes de tomar una decisión. Le abrumaba pensar en las posibles preguntas que el director podría hacerle al día siguiente. Don Bernardo cometió el error de suponer que el director del colegio sería otro hombre mayor como él, por lo que seguramente volvería a sentirse en su elemento.

Al día siguiente, la secretaria del director lo recibió con una calidez que le llamó mucho la atención. "¿Quiere una tacita de café?", le ofreció con una sonrisa amable. Pero antes de que Don Bernardo pudiera responder, apareció ante ellos un hombre corpulento, de unos cuarenta años, un mocoso a sus ojos, con una sonrisa infantil que desentonaba con su tamaño. Naturalmente, Don Bernardo no estaba preparado para ser recibido por alguien así, por lo que fue incapaz de disimular su decepción.

El maestro Javier Quintana, director del colegio Santa María de Copiapó, se percató del impacto que había provocado en aquel hombre y quiso aprovecharlo para comenzar su entrevista. Luego de saludarlo amablemente, lo invitó a caminar por las instalaciones del colegio. Mientras recorrían los pasillos, Don Bernardo notó que el director, a pesar de su edad, mantenía un excelente estado físico y vestía un atuendo demasiado informal para ser el director. Conversaron sobre la trayectoria del colegio, la motivación de los maestros, los pequeños pero significativos logros académicos de los últimos años y el proyecto que lideraba como director.

Fue una caminata de aproximadamente media hora, recorriendo cada rincón: desde la capilla, pasando por las aulas, sin dejar de visitar la sala de maestros y el casino. Cuando el director le propuso a Don Bernardo regresar a su oficina, una maestra los interrumpió con una serie de documentos meticulosamente ordenados en una carpeta con un vistoso diseño. El director mostró la portada de la carpeta a Don Bernardo con un orgullo que este consideró innecesario, pero el maestro le explicó que en la portada estaban los estudiantes que habían alcanzado el mejor promedio del colegio durante el año pasado y que él les había prometido que serían, por los próximos tres años, parte de la imagen corporativa del colegio.

El director Javier reconoció la sonrisa forzada de Don Bernardo ante una acción que consideraba insignificante e innecesaria, a la cual respondió con un "qué interesante", reprochándose luego por no haber respondido algo más adecuado a la sonrisa infantil de quien estaba a punto de ser su jefe. Cuando el director Javier cerró la puerta de su oficina, también dejó fuera su sonrisa infantil y abordó al candidato con otra actitud. Lo primero que le preguntó fue si amaba su trabajo. Don Bernardo respondió que había sido profesor de matemáticas por más de veinte años, así que era obvio que le gustaba dar clases. "Qué pregunta más tonta", pensó.

El director reformuló la pregunta: "Profesor Ponce de León, quiero que me responda qué siente cuando hace clases, qué siente cuando un alumno consigue aprender, cuando ve en su rostro que logró entender cómo se hace el ejercicio y, sobre todo, la expresión en sus ojos cuando logra hacer por sí mismo un ejercicio. ¿Cómo se siente cuando una generación egresa del colegio luego de cuatro o seis años de estar con ellos, viéndolos crecer y mejorar?". Don Bernardo quedó petrificado. Su formación normalista le había permitido conocer y dominar cada aspecto de su asignatura y todas las complejidades relacionadas con la matemática, pero sin duda, nunca lo había preparado para enfrentar una pregunta como la que este hombre le hacía. Su cabeza dio infinitas vueltas en un torbellino de desesperación y un sudor frío recorrió su espalda.

En ese momento, Don Bernardo sintió la sentencia de su obsolescencia y creyó que su carrera había terminado. Imaginó regresar a casa derrotado, sin más esperanzas que esperar la muerte. El director pudo leer en su rostro todo lo que Don Bernardo estaba sintiendo y nuevamente trajo a su rostro esa sonrisa infantil con la que lo había recibido una hora atrás.

El maestro Javier se levantó de su silla y, con una calma que contrastaba con la tensión del momento, se sentó junto al abatido candidato. Con un tono de voz más suave y comprensivo, le dijo que quería que formara parte del colegio y del proyecto del que le había hablado durante su recorrido. Quería que toda la sabiduría y experiencia que había acumulado a lo largo de los años estuviera ahora al servicio de sus nuevos estudiantes. El mundo había cambiado, y los profesores ya no eran los protagonistas del aprendizaje; ahora lo eran los niños y adolescentes. Nada era más importante que hacerlos brillar a ellos, y mientras lo hacían, los maestros también brillarían.

Don Bernardo, quien había recobrado la compostura, miró al joven director con otros ojos. En su mirada, percibió una sabiduría que superaba con creces la suya. Por primera vez en veinte años, desde que había dejado la ciudad de Iquique, fue honesto con sus sentimientos y le confesó al director que no estaba seguro de cómo hacer lo que le pedía. Él enseñaba matemáticas y consideraba que era responsabilidad de los estudiantes estudiar y preocuparse por aprobar los exámenes. Nadie le había propuesto ver las cosas de otra manera.

El maestro Javier le aseguró que no le estaba pidiendo algo imposible. Había llamado a Don Bernardo porque creía en su potencial, y no había otros candidatos esperando; solo lo quería a él. "¿Qué puede hacer usted para que sus estudiantes aprendan? Esa quiero que sea su meta hoy", le dijo. "Y no estará solo. Todos aquí estamos en lo mismo. No es fácil, pero se dará cuenta de que el resto de los maestros vibrará en la misma frecuencia y todo será posible".

El lunes siguiente, el maestro Bernardo Ponce de León se convirtió en el nuevo profesor de matemáticas del Colegio Santa María de Copiapó. Había cumplido recientemente cincuenta y nueve años, y sus nuevos estudiantes pronto se dieron cuenta de que tenía un carácter fuerte y un vasto conocimiento. El director, el maestro Javier, quiso que comenzara con los cinco séptimos básicos y continuara con ellos durante los próximos seis años. Don Bernardo, con su mente llena de pensamientos, sintió una extraña y nueva energía que lo invadía. Parecía estar frente a un nuevo e inesperado capítulo de su vida, y estaba dispuesto a enfrentarlo. Sabía que no sería sencillo, pero estaba absolutamente decidido a intentarlo.

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