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Sargazo.


Habían planeado este viaje durante años. Siempre había surgido algo que les impedía realizarlo: trabajo, compromisos familiares, problemas de salud. Pero esta vez, nada iba a detenerlos, ni siquiera un huracán. Caminaban por la orilla, sus pies hundiéndose en la arena mojada, mientras las cuadrillas de obreros del municipio de Quintana Roo trabajaban incansablemente para retirar las algas.

La playa estaba prácticamente vacía esa mañana. Los turistas habían buscado refugio, dejando a Javier y Andrés con la costa casi para ellos solos. La lluvia golpeaba sus rostros, pero ellos seguían adelante, disfrutando de cada paso, de cada gota que caía sobre ellos. La tormenta, lejos de ser un obstáculo, se había convertido en parte de la aventura.

Andrés, con la mirada perdida en el horizonte, comenzó a recordar en voz alta. ¿Te acuerdas de aquella vez en la universidad, cuando nos escapamos a la playa en medio de los exámenes finales? Javier sonrió, asintiendo. Claro que sí. Fue una locura, pero valió la pena. Como ahora.

Las risas y las historias continuaron mientras caminaban hacia Playacar. Cada anécdota era un recordatorio de los momentos felices que habían compartido, de la amistad que los había unido durante tantos años. La lluvia seguía cayendo, pero ellos no se detenían. El mal olor del sargazo, el viento que azotaba con fuerza, nada podía arruinar ese momento.

Andrés comenzó a caminar más despacio, su respiración se volvía pesada. Javier lo notó de inmediato. ¿Estás bien? Andrés, con una sonrisa cansada, le aseguró que sí, que no se preocupara. Pero Javier no podía evitar sentir una punzada de preocupación. La caminata estaba siendo más dura de lo que habían anticipado.

La intensidad de la lluvia parecía aumentar, como si el cielo compartiera la pena que Javier sentía en su corazón. Fue entonces cuando, en un instante de lucidez dolorosa, la realidad se impuso con una crudeza insoportable. Andrés ya no estaba. Había fallecido meses atrás, y esta caminata, esta aventura bajo la tormenta, era su manera de honrar su memoria. Javier se detuvo, el peso de la verdad cayendo sobre él como un manto de plomo. Cada paso que daba, cada historia que recordaba, era un tributo a su amigo. La figura de Andrés, que hasta ese momento había caminado a su lado, se desvaneció en la bruma de la lluvia, dejando a Javier solo con sus recuerdos y su dolor. La tormenta exterior se convirtió en un reflejo de la tormenta interior que lo consumía, y comprendió que esta caminata no era solo un viaje físico, sino un peregrinaje emocional hacia la aceptación de su pérdida.

Javier decidió seguir caminando. No sabía si llegaría hasta Tulum o más allá, pero no le importaba. Lo único que deseaba era que esa caminata a la orilla del mar no acabara, para seguir compartiendo historias con el amigo que más había querido en este mundo. La lluvia, el viento, el sargazo, todo se desvanecía ante la fuerza de sus recuerdos y el amor que sentía por Andrés.

Bajo la furia del huracán y el hedor del sargazo, Javier encontró un momento de paz y felicidad, recordando que, a pesar de todo, lo más importante era mantener viva la memoria de su amigo.

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