—Señor Schampke —la voz del profesor Chamizo resonó con una cadencia grave, casi ceremonial—, necesito hablar con usted luego de clases.
No era una invitación. Era un anuncio.
Amaro levantó la vista. Conocía a Chamizo desde los quince años, cuando el mundo aún le parecía un rompecabezas con todas las piezas en su lugar. El profesor había sido una constante en su vida: primero como maestro en aquella escuela privada de techos altos y pasillos pulidos, luego como una presencia esporádica pero inquebrantable en su vida universitaria. No eran amigos—la diferencia de edad lo hacía imposible—, pero existía entre ellos un entendimiento tácito, un hilo invisible que los unía más allá de las fórmulas y los teoremas.
A sus veinticuatro años, Amaro había recorrido caminos que no llevaban a ninguna parte. Dos carreras abandonadas, noches en vilo preguntándose qué demonios estaba haciendo con su vida, hasta que la ingeniería lo recibió como un refugio inesperado. Por primera vez en años, sentía que pertenecía a algún lugar.
Y ahora, frente a ese hombre de cabello cano y manos surcadas de venas prominentes, sintió que el suelo se movía otra vez.
—Tengo sesenta y dos años —dijo Chamizo, deslizando una tarjeta de la *Clínica FIV Coquimbo* sobre la mesa—, y ser padre a mi edad es extremadamente peligroso. Necesito tu ayuda.
El aire se espesó. Amaro miró la tarjeta, luego al profesor, luego de nuevo a la tarjeta. Era un pedazo de papel insignificante, pero en ese momento pesaba como una losa.
—No quiero a otra persona —continuó Chamizo, las palabras saliendo con una calma estudiada—. Solo a ti. Te conozco. He visto cómo caes y te levantas, cómo dudas y luego avanzas. Si esto debe ocurrir, solo tú podrías hacerlo por mí.
No era una petición. Era una confesión.
Amaro era un joven al que la vida le había sonreído sin esfuerzo: rostro angular, sonrisa fácil, un magnetismo que hacía que las personas se inclinaran hacia él sin saber por qué. Las mujeres entraban y salían de su vida como mareas, sin dejar resentimientos a su paso. Pero esa noche, en la soledad de su habitación—un espacio demasiado grande para un hombre que aún no sabía quién era—, se encontró por primera vez con algo que no podía eludir con charlas o sonrisas.
Apretó la tarjeta contra su frente, como si la presión pudiera extraerle una respuesta. El dinero que venía con la insólita propuesta de su profesor no era el problema. Era generoso, suficiente para aliviar deudas, pero no para comprar paz. Lo que lo paralizaba era otra cosa: la idea de que su sangre, su esencia, viviría en otro cuerpo, en otro tiempo. ¿Podría mirar a ese niño a los ojos sin reconocerse en ellos? ¿Podría seguir su vida sin preguntarse cada día qué parte de él había heredado?
Y, sin embargo… si decía no, Chamizo no tendría a nadie más.
La clínica era un edificio blanco, impersonal. Amaro entró con las manos húmedas, la garganta seca. La enfermera lo guió sin hacer preguntas, como si todo estuviera predeterminado.
—Tómese su tiempo —le dijo al entregarle el frasco—. Es solo una muestra.
El baño estaba frío, iluminado por una luz artificial que le recordó a las morgues de las series policiales. Intentó concentrarse, pero su cuerpo se negaba. Las revistas dispuestas en una mesa auxiliar eran las mismas que había utilizado en su pubertad, pero ahora le parecían grotescas, ajenas.
Cuando finalmente lo logró, sintió alivio y vergüenza en igual medida. Salió de la clínica sin mirar atrás, repitiéndose que había hecho lo correcto.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de exámenes y proyectos, pero la ausencia de Chamizo era un vacío que resonaba en cada clase. Amaro revisaba su teléfono compulsivamente, esperando un mensaje que no llegaba. ¿Habría funcionado? ¿O había fallado, dejando a Chamizo con las manos vacías y un silencio aún más pesado entre ellos?
Seis semanas después, lo encontró en la cafetería universitaria. Chamizo estaba de pie junto a la máquina de café, pero algo en él era distinto: una luminosidad que no provenía de la luz del mediodía, sino de algo más profundo.
Antes de que Amaro pudiera saludarlo, Chamizo lo abrazó con una fuerza que le arrancó el aire.
—Te debo la vida —susurró contra su hombro, la voz quebrada.
Y en ese momento, Amaro lo supo: nada volvería a ser normal. Pero quizá, por primera vez, eso no era algo que temer.
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