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El viaje de los domingos.


Otro bus. Otra vez.

Dos años y medio de domingos desangrados sobre el asfalto. Cada semana, la misma ruta, un disco rayado que repite paisajes gastados, cinco horas de ida, cinco y media de vuelta—ese pequeño robo que nadie explica, que ya ni protesto. El motor gruñe, ronronea, canta la misma monotonía, y yo, encadenado a este ritual de ruedas, observo cómo Copiapó desaparece detrás o quizás sea Coquimbo la que se diluye. Las ciudades han perdido sus nombres y contornos. Son estaciones de paso, escenografías de un purgatorio sobre ruedas.

Tras los vidrios sucios, el desierto se arrastra como una piel desgastada. Cerros escuálidos, casas que parecen aferrarse a la tierra como costras, letreros apagados de negocios a medio morir. Todo parece conspirar para recordarme: así es la vida, una procesión sin destino claro, un regreso que nunca encuentra llegada. Los pasajeros—figuras intercambiables con rostros que se desdibujan—se dejan llevar al compás de las curvas, indiferentes al cansancio que pesa sobre mis hombros, ajenos a la rabia seca que fermenta dentro de mí. Algunos ríen. Otros duermen con la boca abierta, entregados. Yo cuento postes y kilómetros que me separan de nada.

Hay momentos, fugaces como el suspiro de un fósforo, en que el sol incendia el horizonte. Entonces, el desierto se cubre de oro líquido y todo parece detenerse; pero no, el bus sigue su marcha implacable y el tiempo vuelve a ser esa soga floja que no sostiene nada. La noche cae, las ruedas giran. Yo regreso al conteo: minutos, kilómetros, vueltas de un círculo que alguien, con crueldad, llamó viaje.

La pensión me espera. Siempre igual: paredes desconchadas, olor a comida que penetra bajo la puerta, un colchón que conoce mis huesos derrotados. Mientras tanto, en Coquimbo, mi departamento se marchita. Las plantas agonizan en macetas polvorientas, los libros acumulan silencio, y cada semana el espacio vacío pesa un poco más. Fantaseo con dejar todo: renunciar al trabajo aquí, volver a mi ciudad, recuperar algo parecido a una vida. Pero la realidad es tenaz: ¿y después qué?

El sueldo, gratamente suficiente, es mi único salvavidas. Sin él, el préstamo hipotecario sería un ogro insaciable, un monstruo hambriento que podría devorar lo único que aún me pertenece. Así que sigo viajando. Sigo acomodando mi cuerpo al colchón que ya se ha amoldado a mi resignación. Porque el miedo a perder mi hogar es más fuerte que el fastidio de dormir en esta pensión.

El desierto, bajo la luna nueva, despliega su mortaja de plata. Abril ha maquillado los cerros con polvo de estrellas, una capa frágil que parece un intento de belleza. El cielo, infinito y cruel, aplasta cualquier sentimiento heroico. Me gustaría pensar que hay épica en este éxodo sin destino, pero los resortes del asiento perforan mi espalda y cada bache me recuerda la verdad: no estás en un poema, estás aquí, contando grietas en un vidrio sucio.

Y entonces, como una sombra que no avisa, aparece el miedo. Pero no aquel miedo joven que tenía sabor a riesgo y adrenalina. Este es otro: un zumbido sordo, un tumor que se instala en las costillas. Es el terror a los documentos apilados sin abrir, al correo sin contestar, a los ojos de los otros que preguntan "¿Y tú? ¿Qué has logrado?". Es la certeza de que el reloj sigue girando y yo—cuarenta y siete años, ¿cómo pasó eso?—he dejado de correr. Arrastro los pies.

Hago cuentas absurdas en la penumbra. Si trabajo hasta los sesenta, si ahorro un tercio del sueldo, si el cuerpo aguanta... Pero la luna, que ha visto caer imperios, se ríe de mis cálculos. Ella sabe que no hay suma que alcance para tapar el vértigo de mirar atrás y encontrar más arrugas que sueños cumplidos.

Pienso en el joven que fui, el que trepaba cercos y creía que el mundo era barro moldeable. Ahora hasta los sueños tienen cláusulas y condiciones.

El bus sigue su marcha, inexorable, y la luna mancha de cenizas los cerros. Aprendo la lección más amarga: la juventud no se pierde de golpe, sino en pequeñas renuncias, en monedas que caen de un bolsillo roto.

El desierto, indiferente, sigue brillando.

Las palabras de la jefa docente regresan como un eco, un mantra repetido en cada curva de la carretera. Postule. Es su oportunidad. Me imagino a ella en su oficina, rodeada de papeles con membretes oficiales, sus uñas siempre impecables marcando el ritmo de su discurso. No es solo una recomendación; es una sentencia. Algo en su voz me recuerda que aquí, en este país de títulos y credenciales, no basta con trabajar duro ni con soñar. Hay que sellar el destino con firmas y diplomas, engrosar el currículo como quien alimenta a un animal voraz.

Lo sé, lo he visto. Esas oficinas limpias, climatizadas, donde los diplomas cuelgan enmarcados, perfectos en su simetría, como pruebas irrefutables de un paso por el altar académico. Allí, hombres y mujeres con iniciales tras sus nombres hablan con pausa calculada, exhibiendo modales de una serie europea. Sus gestos seguros, la forma en que firman documentos y solicitan espressos dobles, parecen decir: nosotros pertenecemos. A veces, me pregunto si alguna vez lograré atravesar ese umbral. Si algún día, esas tres sílabas mágicas —magíster— estarán bordadas en mi correo electrónico y me convertirán en alguien que también pertenece.

Pero cada promesa tiene su precio. Dos años de sacrificio: de migajas salariales, de pensiones que huelen a humedad y derrota, de domingos interminables en este purgatorio móvil que se llama Ruta 5 y al final, un diploma. El corazón, testarudo, se acelera con la idea, aunque lo traicionan dudas pesadas como bloques de cemento. ¿Sobreviviré al esfuerzo? ¿Valdrá la pena el desgaste? ¿No seré solo un viejo entre becarios que aún cargan la frescura de sus veinticinco años?

El bus sigue su traqueteo incesante, como si también llevara sus propias dudas. A través del vidrio empañado, el desierto despliega su inmensidad, cruel e indiferente, bajo la luna que parece burlarse de mis cálculos. Una hoja de ruta que no lleva a ningún destino. Copiapó, Coquimbo, esos nombres que resplandecen en los letreros luminosos son meros espejismos, marcas en la piel de un viaje que no termina.

Las luces intermitentes de los camiones pintan sombras efímeras en mi rostro. Esas sombras me presentan dos vidas posibles: la primera, la de alguien que se conforma con su provisionalidad, encadenado a trabajos de tránsito y sueldos que apenas sostienen. La segunda, la del profesional con posgrado, ese que tal vez, con suerte y tiempo, logre sentarse del lado derecho del escritorio. En el juego de luces y sombras, siento que estoy atrapado en medio, eternamente en el limbo de los casi-algo.

Respirar hondo no alivia el peso. El magíster no es solo un título. Lo entiendo ahora. Es una apuesta existencial, una declaración de intenciones ante el espejo. Un intento por demostrarme que mi historia no está condenada a desaparecer en esta ruta sin fin. Que aún hay algo que rescatar, aunque sea un fragmento, aunque sea una ilusión.

Pero el desierto no me responde. Su silencio es impenetrable, como el zumbido del motor que sigue arrastrándonos hacia ninguna parte. Afuera, la luna cubre los cerros con su luz pálida. Y yo, en mi asiento de tercera clase, hago cálculos y sueños que se escapan entre las grietas de un vidrio sucio.

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