Ir al contenido principal

Garda lassù


El teléfono rompió la vorágine del primer día de clases en el trabajo, una grieta inesperada en el cristal de mi rutina. Al otro lado, una voz temblorosa y cargada de emociones pronunció las palabras que sabía que llegarían, pero para las que nunca podría estar listo: —Se nos fue la Nona. Era mi cuñada. Su voz se quebró, atrapada en un suspiro que parecía contener siglos de peso acumulado. Finalmente, añadió: —Prometí que te avisaría. El nudo en su garganta era evidente, un eco del mío. Una insuficiencia respiratoria la había arrancado de nuestro lado. Fue en casa, tranquila, sin dolor, justo como todos habíamos deseado, aunque eso no aliviara el vacío que dejaba su partida.

La noche anterior había sido una caída al abismo. Mi madre, desorientada, murmuraba palabras rotas, frases que se deshacían como humo antes de alcanzar forma alguna. Ahora entiendo lo que estaba pasando: era el oxígeno que abandonaba su cerebro, apagándola lentamente, como una vela que titila antes de extinguirse. Más tarde, mi hermano mencionó que ella había vuelto a ver a la niña de sus sueños. Esa figura que siempre la inquietaba, como un reflejo distante y antiguo de un miedo inexplicable. Una vez, años atrás, me confesó que no era simplemente un sueño, sino algo que alteraba su calma, un misterio que ahora se queda flotando en mi mente, sin respuestas, ahogado por el peso del dolor reciente.

Mi madre no partió como tantos ancianos que enfrentan la soledad fría del olvido. Fue cuidada con una dedicación que solo el amor puede justificar. Mis cuñadas, agotadas pero incansables, le ofrecieron lo mejor de sí mismas: cada vaso de agua, cada caricia, cada palabra de consuelo. Su cuidado no dejó lugar para la ausencia, ni siquiera en los momentos más duros.

La llamada llegó a la mitad del día, y con ella, la certeza de que debía irme. Empaqué mi duelo, cada pieza desordenada de él, y tomé un bus hacia la capital. Cuatro días de licencia parecían poco frente a la inmensidad del vacío. Hoy es miércoles, y no regresaré al trabajo hasta el martes siguiente. El fin de semana será mi refugio; dos días para llorarla con calma, reconstruirla en mis recuerdos, sostener su imagen con la paciencia que el caos de estos días no permite.

Mis hermanos, como siempre, tomaron las riendas del papeleo. La morgue, los trámites, ese meticuloso y distante engranaje de la burocracia de la muerte. Entre tanto, decidimos cumplir con su deseo de velarla en la sede social del barrio. —No quiero que me velen en casa. Que nadie esté en mi sala de pie, mirándome —nos repetía con una firmeza que siempre nos inquietó. Mis hermanos y yo estuvimos de acuerdo en que era un tributo justo: ese lugar, lleno de vida, donde encontró una segunda familia. En el Club del Adulto Mayor “Rosas de Otoño”, vivió años de risas, viajes y complicidad. Incluso cuando la salud la confinó a casa, todos sabíamos cuánto añoraba esas reuniones. Lo veíamos en sus silencios, en su mirada fija al horizonte, como quien espera un último llamado a la aventura.

Ahora, mientras el bus avanza por la carretera, pienso en ella. En su risa, en su fuerza, en esa forma tan única que tenía de encarar la vida, con una mezcla inigualable de realismo y alegría. La Nona se nos fue, pero no se desvaneció. Su energía se dispersa ahora en el viento, en la luz que cruza los campos, en el murmullo de los árboles que nunca callan. Está en todas partes y en ninguna, libre al fin.

Creo en una vida eterna que no habita en un cielo lejano, sino en la certeza de que su esencia permanece en todo lo que nos rodea. Desde esa vastedad, sé que me dará fuerzas. La Nona no se ha ido del todo. Ahora es parte del todo, y desde ahí, estará siempre con sus hijos.

---

Nota: El título de la canción "Garda Lassu" del espectáculo "Corteo" del Cirque du Soleil tiene un significado poético y evocador. "Garda" puede interpretarse como una referencia a la palabra italiana que significa "mirada" o "vigilar", mientras que "Lassu" es una palabra húngara que significa "allá arriba" o "en lo alto". Juntas, las palabras sugieren una idea de "mirar hacia lo alto" o "contemplar el cielo", lo que encaja con el tono onírico y espiritual del espectáculo.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Niño raro.

La mañana se derramaba con la rutina de siempre, esa cadencia lenta que, en el oficio de maestro, te arrastra a un modo automático, como si los gestos y las palabras surgieran de una maquinaria invisible que ya no necesita órdenes. A veces, sin embargo, un destello irrumpe —un segundo de lucidez o de extrañeza— y ese instante basta para sobrevivir a la vorágine de emociones que significa trabajar con adolescentes. Con los años, uno desarrolla un sentido que no figura en los manuales: un tercer ojo que no adivina el futuro, pero sabe leer la humedad en un párpado, la fractura invisible de un corazón, o ese chispazo del alma que ni siquiera su dueño ha notado. No es magia ni pedagogía esotérica: es una costumbre afinada, un instrumento secreto que todos los maestros llevan, aunque pocos se detengan a afinarlo. —¿Por qué me dice “niño raro”, maestro? ¿Acaso se burla de mí?— Alonso. El más raro de todos. Y no por el rostro herido de acné, ni por esos lentes enormes que parecen multiplicar ...

La última historia.

 Quedaba un último ritual, el más arduo, el más definitivo. La habitación de mi madre permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante de su partida. Cada objeto seguía en su sitio, cada prenda aguardaba en silencio, y nosotros habíamos decretado que aquel espacio sería un santuario: un refugio de paz, un lugar donde su presencia se mantuviera viva. Pero la verdad era otra. Todo aquello era apenas un simulacro, buenas intenciones sin raíz, un espejismo de consuelo. El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda. Habíamos hablado de compartir ese momento: separar su...

Dejar huella.

Lo que para muchos fue una sorpresa, para mí ya era una certeza quieta, de esas que se intuyen mucho antes de que el mundo las confirme. El correo del director llegó como llegan todos: seco, sin adornos, sin la menor intención de conmover. Anunciaba que Sahil, el joven profesor de Filosofía, partiría en unas semanas. Había sido aceptado en una beca para continuar sus estudios en Edimburgo. Cruzaría el océano para cambiar los cielos abrasados del norte por un país de lluvias interminables y calles que huelen a historia. Me alegra por él. Lo digo con sinceridad. Aunque entre nosotros hay más de una década de diferencia —yo, casi trece años encerrado entre aulas y recreos; él, recién dos años explorando este oficio—, su presencia supo renovar algo en mí. No fue solo su inteligencia, ni su manera de pensar en voz alta, sino esa forma suya de estar: lúcida, presente, sin estridencias. Me va a doler no verlo más sentado junto al equipo, compartiendo el ritual ya necesario de hablar de lo que...