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Cosas de gatos.


Gabriel conocía bien los ritmos de María Fernanda. Sabía que su último ciclo menstrual había sido más largo de lo habitual y que, en ocasiones, esos días venían acompañados de un dolor intenso. No era un hombre insensible; haber crecido con tres hermanas mayores le había enseñado más de lo que muchos hombres sabían sobre las complicaciones de la biología femenina. Pero esta vez, la situación era distinta. María Fernanda acababa de recuperarse de un resfriado persistente, consecuencia de un viaje de una semana a Puerto Velero, donde su jefe la había enviado a una capacitación. Para Gabriel, esos días habían sido una eternidad. La extrañaba con una intensidad que le nublaba el juicio. La amaba con toda su alma, pero el deseo físico, acumulado y reprimido, comenzaba a ser una carga difícil de ignorar.

Mientras tanto, María Fernanda estaba en el balcón del departamento, absorta en su colección de suculentas. Con cuidado, reacomodaba los maceteros de gatitos que albergaban cactus de colores, mientras esperaba ansiosa la primera floración de la lavanda que Gabriel le había regalado unas semanas atrás. Lo amaba, sobre todo por cómo la apoyaba en todo, incluso en lo que él bromeaba llamar sus "hobbies de vieja". Sin embargo, en ese momento, estaba tan ensimismada en sus plantas que no se percataba de la tensión que crecía en Gabriel.

De repente, un sonido extraño la sacó de su concentración. Provenía de la habitación principal, un lamento entrecortado, una mezcla de gruñido y maullido que le erizó la piel. En el departamento solo estaban ellos dos. Con cautela, María Fernanda entró y avanzó lentamente hacia la habitación. El sonido se hacía más fuerte, más insistente. Al llegar, no vio a Gabriel de inmediato. Fue solo cuando se acercó al ropero que lo descubrió: allí estaba, arrodillado entre cajas de papeles viejos, imitando con perfección el maullido de un gato. Sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y determinación, como si estuviera completamente entregado a su papel.

—¿Estás loco? —preguntó María Fernanda, conteniendo una risa que amenazaba con escaparse.

Gabriel, sin perder la compostura, le mostró los dientes y lanzó un siseo prolongado antes de continuar rompiendo papeles con gestos felinos. Lo que comenzó como una broma absurda se convirtió en una rutina. A lo largo de la semana, los maullidos y gruñidos de Gabriel resonaron en cada rincón del departamento: bajo la ducha, en el baño, incluso mientras preparaban el té por las tardes. María Fernanda, aunque divertida al principio, comenzó a preocuparse. Su relación era sólida, llena de momentos compartidos y complicidades, pero aquel comportamiento inusual la desconcertaba.

El sábado, María Fernanda decidió visitar a una amiga a quien no veía desde hacía tiempo. Gabriel, como siempre, apoyó su decisión sin objeciones. Su relación se basaba en el respeto mutuo y en la libertad de tener espacios propios, algo que los había fortalecido durante sus tres años juntos. Sin embargo, esa tarde, mientras reía y recordaba viejas historias con su amiga, escuchó de nuevo aquel maullido-gruñido. Se sobresaltó, buscando con la mirada a Gabriel, aunque sabía que era imposible que estuviera allí. Su amiga, al notar su reacción, se disculpó.

—Es el gato —explicó—. Está en celo, y el remedio que le dio la veterinaria no ha hecho efecto.

María Fernanda escuchaba, pero su mente estaba en otra parte. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. Las imágenes de Gabriel imitando a un gato, su insistencia, su mirada juguetona pero cargada de intención. De repente, lo entendió. Una carcajada escapó de sus labios, tan fuerte que su amiga la miró con extrañeza. María Fernanda no podía explicarle lo que pasaba por su mente: la ternura, la risa, la leve molestia y, sobre todo, la certeza de que Gabriel le estaba enviando un mensaje claro, aunque absurdo.

Esa noche, cuando Gabriel la recogió, María Fernanda lo miró de manera diferente. Mientras caminaban hacia el auto, sintió una mezcla de emociones que no podía definir con precisión. La risa, la ternura, la complicidad y un toque de exasperación se mezclaban en su interior. Gabriel, al volante, lanzó un último maullido, esta vez más suave, casi un susurro. Ella no pudo evitar reír, pero también supo que esa noche sería especial. No necesitaban palabras; ambos lo sabían. En el silencio compartido, en las miradas cómplices, en la locura felina de Gabriel, había una verdad que los unía más allá de lo cotidiano. Era el lenguaje de su amor, imperfecto, absurdo, pero profundamente humano.

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