Incluso las mañanas, que antes eran un refugio de luz y calma, se habían vuelto una batalla. Los primeros rayos de sol que se filtraban por el ventanal de su habitación ya no lo despertaban con suavidad, sino que lo arrancaban bruscamente de aquel torbellino de imágenes oníricas que lo atormentaban. Le tomaba varios minutos salir de ese limbo, hasta que finalmente lograba distinguir los sonidos del mundo exterior: el taconeo estridente de la mujer de su vecino, que todas las mañanas corría por el pasillo hacia el elevador; el estruendo de la basura al caer por el sumidero, como si mil bombas estallaran a la vez; el crescendo de bocinas en la avenida cercana, anunciando el caos de otra jornada. Eran ruidos que, aunque lejanos, formaban parte de su soledad, una soledad que lo había acompañado durante décadas, pero que ahora se sentía más densa, más opresiva.
Aquel día, sin embargo, algo era distinto. Sus articulaciones, por una vez, no lo torturaban con su habitual dolor. Con un esfuerzo que le sorprendió a sí mismo, logró desperezarse y quedar semi sentado sobre el mar de almohadas que apilaba en el respaldo de su cama. Al abrir los ojos, repitió el ritual de cada mañana: se quedó inmóvil, observando su habitación con una mirada vacía, intentando borrar de su mente la certeza de que cualquier día podía ser el último. A veces, en medio de esa rutina, se sorprendía llorando sin control, buscando consuelo en una pequeña imagen que había heredado de su madre. La había colgado a regañadientes en un rincón de la habitación, como si resistirse a hacerlo le diera una última sensación de control sobre su vida. En momentos de desesperación, incluso había susurrado plegarias, pidiendo una intervención divina que nunca llegaba. Su escepticismo, arraigado desde hacía décadas, siempre terminaba imponiéndose. Pero ahora, cerca del final, sentía una necesidad casi física de creer en algo, de aferrarse a cualquier cosa que le ofreciera consuelo.
Absorto en esos pensamientos, no notó la presencia del hombre en el umbral de la puerta. Su mente, lenta y fatigada, interpretó la figura como la visita habitual de alguien conocido, una aparición rutinaria en su vida solitaria. Pero cuando fijó la mirada en él, algo le hizo darse cuenta de que aquel hombre no encajaba en ningún recuerdo. No era alguien que hubiera visto antes. Llevaba una camiseta blanca y una chaqueta de mezclilla, un atuendo sencillo pero que le daba un aire juvenil y enigmático. El anciano sintió que el aire se le escapaba del pecho. Su mente, influenciada por su reciente búsqueda de fe y su amor por las películas clásicas, evocó de inmediato la imagen de un ángel de la muerte. Con la respiración entrecortada, reunió las pocas fuerzas que le quedaban para levantar una mano temblorosa y preguntar, con voz quebrada: "¿Eres un ángel?"
El hombre en la puerta no respondió de inmediato. Lo observó con calma, casi con ternura, y luego movió la cabeza de lado a lado, negando con suavidad. El anciano se agitó aún más, su mente saltando ahora a la posibilidad de un intruso, un ladrón, alguien que había venido a arrebatarle lo poco que le quedaba. Pero el hombre, sin alterar su serenidad, alzó una mano en un gesto tranquilizador. "Si te sirve de algo," dijo con una voz suave pero firme, "he venido por ti. Pero no soy ningún ángel, ni tampoco alguien que quiera hacerte daño."
La habitación pareció contener la respiración. El anciano lo miró fijamente, tratando de descifrar el significado de esas palabras. "¿Entonces quién eres?" preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta. El hombre sonrió levemente, como si comprendiera la confusión y el miedo que embargaban al anciano. "Soy alguien que ha estado observándote," respondió. "Alguien que sabe que has vivido una vida larga, llena de momentos que ahora te pesan, pero también sé que hay algo más, algo que no has podido ver hasta ahora."
El anciano sintió que el suelo cedía bajo él, aunque no se movía. Las palabras del hombre resonaban en su mente, despertando algo que había permanecido dormido durante años. "¿Qué quieres de mí?" susurró, casi sin aliento. El hombre dio un paso al frente, y por primera vez, el anciano notó que no hacía ruido al caminar. "No quiero nada," dijo. "Solo estoy aquí para recordarte que no estás solo. Nunca lo has estado."
Y en ese momento, mientras el sol iluminaba la habitación con una luz dorada, el anciano sintió que algo se desprendía de su pecho, como si un peso que llevaba décadas cargando finalmente se hubiera disuelto. No supo si aquel hombre era real o una creación de su mente, pero en ese instante, eso ya no importaba. Lo único que importaba era la sensación de paz que lo inundaba, una paz que no había sentido en mucho, mucho tiempo.
El anciano cerró los ojos, sumergiéndose en un silencio que parecía extenderse más allá del tiempo. Trataba de descifrar aquel momento, de encontrarle sentido a la presencia que ahora llenaba su habitación. Cuando volvió a abrirlos, su mirada se posó en la imagen del Sagrado Corazón que colgaba en la pared, desgastada por los años pero aún luminosa bajo la tenue luz de la mañana. Aquella figura, testigo silencioso de sus alegrías y penurias, pareció cobrar vida de repente. Una oleada de fervor lo invadió y, en su mente, confusa pero ávida de respuestas, aquel instante se transformó en una revelación divina. ¿Era posible que quien lo acompañaba fuera su ángel de la muerte? Las imágenes inculcadas desde su niñez, aquellas que lo habían acompañado en misas interminables y noches de temor, comenzaron a danzar en su mente como llamas inquietas. Cada recuerdo, cada palabra escuchada en sermones lejanos, se mezclaba con el presente, aumentando su agitación.
Incapaz de contener la ansiedad que lo consumía, el anciano bombardeó al vigilante con preguntas, su voz temblorosa pero insistente. "¿Eres un ángel? ¿Has venido por mí? ¿Es este el fin?" Las palabras brotaban de sus labios como un río desbordado, cargadas de una mezcla de esperanza y miedo.
El vigilante, en lugar de responder de inmediato, se desplazó con calma hacia el ventanal de la habitación. Allí, con la luz del amanecer bañando su figura, se detuvo y miró hacia el exterior, como si contemplara algo que el anciano no podía ver. Finalmente, con una voz serena que resonó en el aire como un susurro eterno, comenzó a hablar:
"La energía del universo," dijo, "es como un gran océano en constante movimiento. Nunca se detiene, nunca cesa. Sube y baja como las mareas, se transforma, se renueva. En este momento, mi misión es ayudarte a trascender, a convertirte en parte de ese todo infinito." El anciano lo escuchó, pero sus creencias, arraigadas como raíces profundas, no se dejaron arrancar con facilidad. "El cielo," murmuró, casi para sí mismo, "la vida eterna. Eso es lo que me espera, ¿no es así?" Sus palabras sonaron más como una súplica que como una afirmación, como si necesitara que alguien confirmara lo que siempre había creído.
El vigilante asintió con una comprensión que parecía abarcar no solo las palabras del anciano, sino también los miedos y las esperanzas que las acompañaban. "De alguna manera," respondió, "lo que tu fe te promete es cierto. Dentro de poco, la energía que te ha permitido existir en esta realidad, que ha dado forma a tus pensamientos, recuerdos y sueños, se fusionará con el todo. Será como un río que, después de un largo viaje, finalmente encuentra su camino hacia el océano. Y en esa unión, el ciclo infinito de la vida continuará."
El anciano sintió que algo se desprendía dentro de él, como si una cadena que lo había mantenido atado a la tierra se hubiera soltado. Las palabras del vigilante, aunque misteriosas, resonaban con una verdad que no podía negar. Miró hacia la imagen del Sagrado Corazón una última vez, y por un momento, creyó verla sonreír. Entonces, cerró los ojos de nuevo, esta vez sin miedo, sintiendo que el universo lo envolvía en un abrazo eterno.
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Continuará.

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