Su infancia fue una fábula sin héroe, una historia apenas esbozada antes de ser borrada por la monotonía del tiempo. No hubo juegos ni certezas, solo pasillos interminables, una rutina de sombras que no prometían nada más que repetirse indefinidamente. Creció en un orfanato donde el afecto era una hipótesis absurda y la bondad un gesto imprudente que los años terminaban por corregir.
Aprendió pronto las reglas de la supervivencia: que el silencio protege, que la ausencia es un escudo, que el dolor no se muestra porque el mundo no tiene ojos para verlo. Que la esperanza es solo una superstición, un espejismo que desaparece en cuanto la lógica se impone.
La primera vez que supo que las estrellas podían apagarse fue la noche en que el cuidador lo arrancó del sueño. No hubo testigos, no hubo voces que preguntaran al amanecer por los restos de su inocencia. Supo entonces que el dolor es un idioma que se habla en solitario, que los gritos no viajan más allá de la piel, que el universo es un mecanismo que no repara lo que rompe.
A los 19 años ya no preguntaba por baobabs ni soñaba con domesticar zorros. Todo aquello había sido una farsa, una infancia extraviada en la idealización de un tiempo que nunca existió. La verdad, brutal y evidente, se imponía sin espacio para la nostalgia: los sueños se pudren antes de echar raíces, la bondad se diluye en la indiferencia, y la esperanza es una mentira repetida por los adultos que aún no han aprendido a resignarse.
Entró a la universidad sin entusiasmo, sin expectativas. No porque creyera que el conocimiento tuviera redención, sino porque era un ejercicio mecánico, una forma de evitar pensar demasiado en las grietas de los días. Los nostálgicos, esos que todavía hablaban del Principito como si la historia pudiera repetirse, le ofrecieron una oportunidad vacía de significado. Como si el destino pudiera modificarse, como si aún quedara algo por salvar.
Solo libros. Solo pasillos interminables. Solo una plaza donde las noches se volvían largas y el frío más honesto que las personas.
La facultad de humanidades no era refugio, sino escondite. Un lugar donde podía diluirse entre páginas ajenas, donde la literatura ofrecía explicaciones que, aunque falsas, al menos eran más precisas que la realidad. No tenía amigos, no los quería. La gente le parecía una acumulación de voces que hablaban de futuro como si existiera, de felicidad como si fuera algo más que una pausa entre decepciones. Qué desgaste, qué absurdo.
Cada tarde, sentado en la plaza, encendía un cigarro y miraba el cielo. No preguntaba si volvería algún día. Ya conocía la respuesta.
Las estrellas, ajenas e inmóviles, seguían sin contestar.
.jpeg)
Comentarios
Publicar un comentario