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Completamente solo.


Completamente solo. Lo extraño es que la soledad siempre fue un estado natural, un lugar donde las cosas empezaban y terminaban en mí mismo, sin depender de nadie, sin pedirle permiso a terceros para decidir el siguiente paso. Pero tras la muerte de mi madre, la soledad adquirió otro peso, una densidad inesperada. Ahora, cuando me miro al espejo, los años me han alcanzado de golpe. Los veo ahí, en cada línea del rostro, en la manera en que el tiempo se ha instalado en mi cuerpo como una presencia implacable. Y día tras día, esa ausencia se siente como un espacio vacío que nadie puede llenar.

Isidora tenía la habilidad de disipar las sombras que traía del trabajo. Esa pequeña gata, acurrucada en mi regazo, convertía su ronroneo en un bálsamo, una vibración que reorganizaba el caos y devolvía la paz que el mundo me arrebataba. Jugar con ella en la alfombra era una forma de volver a lo esencial. 

Mi madre, en cambio, era un desastre con los consejos. Me los daba con la seguridad de quien cree tener el don de la clarividencia y, sin embargo, siempre apuntaba en la dirección equivocada, como un viejo mapa que insiste en señalar caminos que ya no existen. Pero no era por eso que la extraño. La extraño por la voz, por la certeza absurda de su presencia, por la manera en que llenaba el espacio con su existencia inevitable. No importaba que sus palabras fueran desacertadas, lo esencial era que estaban ahí, habitando en la conversación. 

La soledad, cuando llega de golpe, no es el silencio, ni la ausencia de movimiento, sino la falta de esa presencia que uno daba por sentada, como quien respira sin preguntarse cómo funciona el aire. Y ahora, sin ella, el mundo ha cambiado de textura, se ha vuelto un poco más áspero, un poco más hueco, como si el sonido mismo hubiera aprendido a rebotar en las paredes sin encontrar a nadie que lo reciba. 

Algo en mí ha cambiado. Antes me resistía a la idea de la desconexión; me aferraba al contacto, llamaba, enviaba mensajes, alimentaba la ilusión de un lazo real. Nunca fue recíproco, pero me engañé tanto tiempo que cuando finalmente colapsé y cambié de ciudad, la verdad se reveló cruelmente: nadie me buscó, nadie preguntó. Y entonces, comprendí. Era yo quien había sostenido esas relaciones con una fe estúpida, quien había insistido en darles significado. Hoy no es que no me importen las personas, simplemente no las busco. No las llamo. No les escribo. No porque haya rencor, sino porque entendí el juego y ya no me interesa jugarlo.

Mi trabajo como profesor me mantiene en contacto con adolescentes, me permite estar rodeado de energía que, aunque efímera, me sostiene. Es un remedio temporal, un efecto placebo que en cualquier momento puede desplomarse, pero aún lo disfruto. Mis rutinas siguen intactas. Me aferro a ellas. Me pertenecen. Aunque ahora, tienen un sabor amargo, una textura que se ha vuelto árida y hueca. No busco llenar el vacío con alguien más porque sería como intentar cubrir una necesidad material, y mi pragmatismo me impide siquiera considerarlo. Así que me repliego, me acomodo en esta soledad que he construido minuciosamente durante más de veinte años. 

No veo un final feliz en esta historia, pero eso no significa que no haya historia. La felicidad, si alguna vez llega, será un accidente. Y mientras tanto, sigo aquí, habitando este espacio que es mío y que, por más inhóspito que parezca, me pertenece. 


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