Avanza sin rumbo, pateando guijarros, observando la silueta quebrada de las ramas muertas, huérfanas de agua, condenadas al absurdo de su permanencia. Todo en este paisaje es un espejo de su historia: el lecho seco que alguna vez tuvo un cauce, los troncos inútiles, la piedra que no sabe si alguna vez fue hogar de algo vivo. Aquí, entre el polvo y la sal, se le apilan los años desperdiciados, los ecos de su padre en conversaciones que terminaron siempre en portazos, las risas de sus amigos convertidas en sonidos lejanos, en rumores de otra existencia.
Edwin detiene el paso. Abre y cierra los puños—grandes, invictos, sí, pero inútiles ahora, cuando el único adversario es él mismo. Un enemigo imbatible. Recuerda la última discusión con su padre, la manera en que lo miró con esa mezcla de desdén y hartazgo, el gesto de burla cuando Edwin, por última vez, juró que cambiaría. Nunca creyó en él. Nunca creyó que fuera capaz de otra cosa que no fuera fracaso.
Y Edwin lo sabe. Sabe que no puede borrar lo que ha sido. Pero también sabe que tiene derecho a decidir qué será.
De pronto, el impulso de la furia se quiebra en su pecho, la violencia de los años acumulados se disuelve en algo más puro, más brutal. Cae al suelo de rodillas, las manos abiertas sobre el polvo salado, y empieza a llorar como un niño. No hay nadie para verlo, nadie para juzgarlo. Solo él, el viento seco, la vastedad de un río sin agua. La soledad lo acoge, lo envuelve, lo entiende. Pero no le da respuestas. Solo la certeza de que ha llegado al límite. Y que algo, tarde o temprano, deberá cambiar.
Las lágrimas le han dejado la piel tirante, los ojos hinchados, el pecho vacío de tanto sollozar. Edwin respira, desordenado, como si algo dentro de él no terminara de acomodarse. Luego, con una lentitud que no es cansancio sino el agotamiento de quien ha peleado contra sí mismo, levanta la mirada.
Y entonces lo ve.
Es un objeto insignificante, quizá siempre estuvo allí y solo ahora lo percibe, cuando el cuerpo ha cedido y el llanto ha hecho su trabajo. Una huella. Marcada en la tierra reseca, torpe, desdibujada, pero una huella. No es suya—él nunca había notado a nadie más caminando por este lecho seco. Pero ahí está.
Edwin la observa largamente, con esa fijeza que uno reserva para los detalles que parecen contener un significado mayor que el que se puede explicar. Se inclina hacia ella, pasa los dedos sobre la marca, siente la textura del suelo partido, el polvo levantándose con su roce. No es un descubrimiento sobrenatural, ni una revelación grandilocuente. Es solo eso: una huella. Pero algo en su forma le resulta intolerable.
Porque es prueba de un paso.
De alguien que avanzó.
Y la idea lo asalta, brutal, ineludible: no importa cuán desolado sea el paisaje, siempre hay rastros de alguien que lo cruzó. Edwin no está en un mundo donde nadie ha logrado salir. Hay historias que pasaron por aquí antes que él. Y si esas huellas existen, entonces moverse—avanzar—es posible.
Respira.
Se pone de pie.
Las piernas le duelen, los brazos le pesan, pero no hay alternativa. El río seco nunca le dará respuestas, solo ecos. Edwin cierra los ojos un instante. Luego, con una determinación que aún no entiende del todo, levanta un pie y da su primer paso hacia donde sea que lo lleve. Pero lo da.
Y eso, por primera vez, es suficiente.
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