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Dejar huella.

Lo que para muchos fue una sorpresa, para mí ya era una certeza quieta, de esas que se intuyen mucho antes de que el mundo las confirme. El correo del director llegó como llegan todos: seco, sin adornos, sin la menor intención de conmover. Anunciaba que Sahil, el joven profesor de Filosofía, partiría en unas semanas. Había sido aceptado en una beca para continuar sus estudios en Edimburgo. Cruzaría el océano para cambiar los cielos abrasados del norte por un país de lluvias interminables y calles que huelen a historia.

Me alegra por él. Lo digo con sinceridad. Aunque entre nosotros hay más de una década de diferencia —yo, casi trece años encerrado entre aulas y recreos; él, recién dos años explorando este oficio—, su presencia supo renovar algo en mí. No fue solo su inteligencia, ni su manera de pensar en voz alta, sino esa forma suya de estar: lúcida, presente, sin estridencias.

Me va a doler no verlo más sentado junto al equipo, compartiendo el ritual ya necesario de hablar de lo que nadie quiere decir en voz alta. No porque sus comentarios fueran más agudos que los nuestros, sino porque sabía cuándo reír y cuándo guardar silencio. Su marcha es un pequeño desgarro, aunque también una alegría que se parece mucho al orgullo.

No estuve cuando llegó el aviso. Cuando entré a la sala de profesores, lo encontré rodeado. Algunos lo abrazaban con afecto verdadero; otros con ese gesto automático que se reserva para las ocasiones importantes. Los de siempre se preocupaban por los estudiantes que quedarían sin clases, y los más lúcidos ya intuían que el inspector general saldría a buscar reemplazantes como quien tapa filtraciones sin mirar la grieta. Esta vez, al menos, no vi a los envidiosos. O supieron esconderse mejor.

Yo lo abracé varias veces. No por dramatismo, sino por necesidad. Con esa torpeza inevitable de quien quiere retener un momento sabiendo que no puede. No era para que no se fuera, sino para que no me olvidara. O tal vez para no olvidarme yo de lo que su paso dejó en mi día a día.

Me prometí muchas veces no encariñarme más en el trabajo. Demasiados años viendo cómo la gente se va, cómo se borra el entusiasmo, cómo uno se endurece para seguir funcionando. Pero fallé. Y agradezco haber fallado. Ese joven, sin proponérselo, me enseñó a mirar este oficio otra vez con ojos nuevos. Por eso sé que, aunque se vaya, algo de él se queda.

 

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