Con los años, uno desarrolla un sentido que no figura en los manuales: un tercer ojo que no adivina el futuro, pero sabe leer la humedad en un párpado, la fractura invisible de un corazón, o ese chispazo del alma que ni siquiera su dueño ha notado. No es magia ni pedagogía esotérica: es una costumbre afinada, un instrumento secreto que todos los maestros llevan, aunque pocos se detengan a afinarlo.
—¿Por qué me dice “niño raro”, maestro? ¿Acaso se burla de mí?—
Alonso. El más raro de todos. Y no por el rostro herido de acné, ni por esos lentes enormes que parecen multiplicar los mundos, ni por los tres bananos repletos de objetos indescifrables que carga a diario como un inventor fugitivo. Su rareza es otra: una inocencia extrema, intacta, un blanco absoluto en medio del gris que envuelve a la juventud de ahora. Alonso brilla, pero el sistema, ciego de oficio, lo ha archivado bajo una etiqueta clínica, una de esas palabras nuevas que pretenden explicar lo que no encaja. Traducido: “no sirve para la normalidad”.
Cuando me lanzó esa mirada, confundida y curiosa tras el grosor de su cristal, lo observé como quien examina un retrato que empieza a revelar detalles ocultos. Sonreí. Él sonrió. Y algo se abrió: un instante de sinceridad desnuda, sin defensas, en el que nos descubrimos mutuos.
—Claro que eres raro —le dije—. Y ser raro es bueno. ¿No leímos el trimestre pasado a don Quijote? ¿No viste lo extraordinario que es cabalgar contra la corriente, mientras el mundo se empeña en moldearnos hasta que todos seamos el mismo?
El muchacho me escuchaba con una atención casi física, como si las palabras pudieran curar una herida que ni él sabía que llevaba. En su rostro vi la vulnerabilidad intacta de alguien acostumbrado a no pertenecer, a ser ignorado hasta volverse invisible. Y, sin embargo, en ese momento, alguien lo estaba mirando. Y eso, para él —y quizá también para mí—, fue como existir por primera vez.
Alonso se quedó quieto, como si las palabras hubieran caído sobre él con un peso nuevo, distinto al de las burlas o los comentarios de rutina. No estaba acostumbrado a que lo miraran así, con esa seriedad que a la vez acaricia. Ni en la escuela ni en casa. En su curso, la mayor parte del tiempo era un ruido de fondo; en su familia, apenas un destello entre las conversaciones y demandas de una casa siempre llena, siempre con prisas, donde el afecto se repartía como migajas.
Le costaba aceptar un cumplido. La desconfianza le nacía automática, como un reflejo. ¿Y si el maestro se burlaba sin que él lo notara? ¿Y si todo era una broma? Sin embargo, había algo en la voz de aquel hombre que no encajaba con la crueldad que conocía; había un tono que se quedaba quieto, paciente, como una puerta abierta que no exige entrar, pero tampoco se cierra.
El maestro, quizá notando esa vacilación, inclinó el cuerpo hacia él y buscó un puente para cruzar la distancia.
—¿Por qué “niño raro”? —dijo con media sonrisa—. ¿Por qué les llama la atención que les diga así?
En el mundo de los videojuegos, los ítems raros son casi una tradición: objetos únicos, difíciles de conseguir, y muchas veces con habilidades especiales que los distinguen de los ítems comunes.
Alonso levantó un poco la vista; ahí había terreno conocido.
—Lo mismo pasa con algunas personas —continuó el maestro—. No son como las demás, y eso no es malo. Al contrario: tienen algo especial que no todos ven a simple vista. Tal vez piensan distinto, se expresan de otra forma o se interesan por cosas que no están de moda. Pero como los ítems raros, su valor no se mide por lo común, sino por lo extraordinario.
Hizo una pausa breve, como para que las palabras encontraran un sitio donde asentarse.
—Así que cuando digo “niño raro”, no lo digo como insulto. Lo digo como quien encuentra algo valioso en medio del mapa. Como quien reconoce que hay algo único ahí, algo que merece ser cuidado, entendido y celebrado.
Alonso no respondió de inmediato. Algo, sin embargo, había cambiado en su mirada. Ya no era la de un muchacho que espera el golpe; era la de alguien que, por primera vez en mucho tiempo, se preguntaba si tal vez no estaba roto, sino hecho de una pieza distinta. Y, en lo más hondo, una chispa se encendió. No era todavía un fuego, pero ardía lo suficiente para que el muchacho sintiera —aunque no supiera decirlo— que ya no era invisible.
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