En una ocasión, un joven llamado Lucas, nieto de la hija de Elena, mientras exploraba la buhardilla de su casa, encontró una vieja caja de metal llena de recuerdos de su bisabuela. Por la poca pintura que le quedaba, se dio cuenta que se trataba de una caja de zapatos y le llamó mucho la atención que fuese de metal, algo inimaginable en la actualidad. Con el corazón agitado por la emoción, tomó la caja entre sus manos y decidió abrirla. Entre los objetos, había unos apuntes escritos a mano, ya descoloridos por el tiempo, junto con algunas fotografías y una rústica pulsera de piedras de río. Lucas se fijó en un atado de papeles amarillentos que estaban atados por un lazo. Con mucho cuidado comenzó a leerlos, pero desgraciadamente el paso del del tiempo los había arruinado y pocos se podían leer. No obstante, en el centro del manojo encontró uno con una enigmática sorpresa. Con algo de dificultad logró leer lo único que el paso del tiempo había conservado. Pudo leer claramente: “… habían gigantes de tamaño colosal que habitaban en la montaña y que jamás visitaban los pueblos”.
Desde ese momento, Lucas quedó fascinado por la idea de esos gigantes y a medida que fue creciendo, dedicó su tiempo libre a investigar más sobre ellos. Leía libros antiguos, hablaba con ancianos del pueblo y buscaba cualquier pista que pudiera encontrar. En una ocasión le preguntó a su maestra sobre el origen de los gigantes. Ella le habló sobre un fabuloso relato del Génesis que no terminó por convencerlo. Por todo lo anterior, su curiosidad se convirtió en una obsesión que lo acompañó durante toda su juventud.
Cuando Lucas cumplió 21 años, decidió que era el momento de emprender su propia aventura. Con una mochila llena de provisiones y un corazón lleno de esperanza, se dirigió hacia las montañas mencionadas en los apuntes de su bisabuela. El viaje fue largo y lleno de desafíos, pero Lucas nunca se desanimó. Cada paso que daba lo acercaba más a la verdad, aunque también era consciente que su aventura lo sumía en un creciente peligro.
Después de varios días de caminata, Lucas llegó a una cueva oculta entre las rocas. Le llamó o atención el tamaño de la cueva puesto que era enorme. Una veta de cuarzo atravesaba y dejaba una marca muy reluciente que invitaba a adentrarse al interior de la cueva. No pasó mucho tiempo luego de entrar, en que sintió una presencia imponente y, al levantar la vista, vio a los gigantes de los que tanto había leído. Lucas siempre se había enorgullecido por su estatura, pero esta ocasión se sintió diminuto ante la presencia de estos colosales seres. Eran seres majestuosos, de tamaño colosal, pero lo que más le llamó la atención a Lucas fue que su apariencia inspiraba tanto temor como admiración.
Uno de los gigantes se percató de la presencia del humano y moviendo su brazo lentamente lo alzó con el propósito de tocar el cuarzo que estaba en lo alto de la cueva. Con solo tocar la piedra, esta comenzó a emanar un resplandor que iluminó todo a su alrededor. Los gigantes observaron al humano con vehemencia y, al ver la determinación y el respeto del joven, decidieron compartir con él por largo rato. Fue así como los gigantes compartieron sus historias y costumbres, le contaron sobre su vida en las montañas, su conexión con la naturaleza y por qué habían desaparecido de la vida de los hombres. Lucas aprendió que en la actualidad, los gigantes ya no bajan a los pueblos porque los humanos se han vuelto más autosuficientes y disponían de conocimientos avanzados para resolver sus vicisitudes. En la antigüedad, fueron ellos quienes les enseñaron todo tipo de oficios y habilidades. Los ayudaron a cultivar la tierra, a construir casas más robustas, a trabajar los metales e incluso formas más sustentables al momento de cazar animales entre muchas otras cosas. Como los seres humanos ya habían aprendido de ellos y logrado perfeccionar mucho aquellos saberes, los gigantes se han dedicado a su función primaria la cual era cuidar de la naturaleza, protegiendo los bosques y las montañas.
Las horas pasaron y conversaron hasta que terminó el día. Así, los gigantes le explicaron a Lucas que hace siglos existían gigantes de muchos tipos y tamaños. Los más pequeños alcanzaban los cuatro metros de alto, mientras que los colosales eran más altos que montañas. Los gigantes con los que se encontró Lucas eran del tipo guardián, es decir, alcanzaban una altura promedio de diez metros de alto.
Así pasaron los días y una noche, mientras Lucas descansaba en la cueva, los gigantes comenzaron a hablar entre ellos en un tono de sorpresa. Recordaron a Elena, la bisabuela de Lucas, y cómo ella había sido una amiga cercana del rey de los gigantes. El rey, un gigante imponente y sabio, había compartido muchas aventuras con Elena en su juventud. Los gigantes contaron historias de cómo Elena había ayudado a los gigantes a proteger la naturaleza y a mantener el equilibrio entre los habitantes de su aldea y el valle.
Lucas, al escuchar estas historias, se sintió aún más conectado con su bisabuela y comprendió la importancia de su legado. Los gigantes le mostraron un antiguo retrato de Elena y el rey de los gigantes, sonriendo juntos en una época de paz y colaboración.
Lucas pasó varios meses más con los gigantes, aprendiendo de ellos y ayudándolos en sus tareas en la medida que podía hacerlo. Al final, decidió regresar a su hogar, llevando consigo no solo las historias y enseñanzas de los gigantes, sino también un profundo respeto por la naturaleza y sus misterios.
Decidido a honrar el legado de su bisabuela, Lucas comenzó a escribir sobre todo lo que había aprendido. Con gran orgullo se autodenominó “el guardián de los gigantes” y se comprometió a transmitir esta historia a las futuras generaciones de su familia.
Los habitantes del pueblo quedaron asombrados y fascinados al escuchar la historia de Lucas. Al principio, los adultos eran escépticos, pensando que se trataba de una simple leyenda o una fantasía. Sin embargo, la pasión y la convicción con la que Lucas relataba sus experiencias, junto con los detalles precisos y las enseñanzas que había aprendido de los gigantes, comenzaron a cambiar sus opiniones.
Lo que ayudó a Lucas fue que los ancianos del pueblo, que recordaban las historias contadas por sus propios abuelos sobre los gigantes, se sintieron especialmente conmovidos y confirmaban cada cosa que contaba en sus manuscritos. Reconocieron en Lucas el mismo espíritu aventurero y respetuoso que había caracterizado a su bisabuela Elena. Muchos de ellos compartieron sus propios recuerdos y relatos, enriqueciendo aún más la historia de los gigantes.
Con el tiempo, los más jóvenes, inspirados por la valentía y la determinación de Lucas, comenzaron a mostrar un mayor interés por la naturaleza y las historias del pasado. Algunos incluso decidieron seguir los pasos de Lucas, explorando los alrededores y buscando sus propias aventuras.
Lucas, que ahora era conocido oficialmente como el guardián de los gigantes, se convirtió en una figura respetada y admirada en el pueblo. Su compromiso de transmitir la historia de los gigantes a las futuras generaciones fortaleció el sentido de comunidad y conexión con la naturaleza entre los habitantes. La leyenda de los gigantes colosales, lejos de ser olvidada, se convirtió en una parte viva y esencial de la identidad del pueblo.

Comentarios
Publicar un comentario