Cuando el almirante De La Maza asumió el mando de la ACE Cochrane, nos reunió a todos en el hangar principal para informarnos sobre nuestra primera misión. "Seré honesto con ustedes," comenzó, "ninguno de nosotros está preparado para lo que nos espera. Desde pisar un planeta rocoso hasta encontrarnos con formas de vida desconocidas, y mucho menos entrar en guerra con alguna de ellas."
Hablaba con tal vehemencia que sentí cómo se me erizaba la piel y un escalofrío recorría mi espalda. "Recuerden su entrenamiento," nos reprendía el sargento adjunto a nuestra división científica, pero las palabras del almirante ya habían calado hondo en todos nosotros. "Mis palabras no son un mensaje de desaliento," continuó el almirante con energía, "les digo esto porque he decidido que nuestro viaje será a un factor de impulso de nivel 2." De inmediato, todos los que estábamos formados en el hangar comenzamos a murmurar. El anuncio del almirante significaba que, en lugar de hacer un viaje a máxima velocidad que tomaría alrededor de diez días, ahora nos tomaría un poco mas de un año. El almirante De La Maza golpeó el suelo metálico del hangar con el bastón de mando que había heredado de su bisabuelo, quien había sido comandante en jefe de la Armada hace más de cien años. Era algo que siempre nos recordaba en sus discursos, pero en esta ocasión simplemente había invocado su poder golpeando el piso para llamarnos al orden de inmediato. "Les dije que ninguno de nosotros está preparado, ninguno. La ACE Cochrane, sus oficiales y tripulación van a trabajar duro cada día para que realicemos nuestro trabajo con el máximo desempeño. Escribimos la historia de nuestra nación con cada sector del espacio que cruzamos, y todo lo que haremos será en beneficio de nuestra gente y de las generaciones que nos sucederán. No somos piratas espaciales buscando algún tesoro, somos oficiales de la armada de Chile haciendo historia." Cuando terminó de hablar, el hangar estalló en gritos y aplausos. La energía con la que el almirante nos había hablado había invadido los corazones de todos los presentes, militares y civiles por igual.
Al terminar el discurso del almirante, recibimos en nuestros móviles la asignación en la que trabajaríamos. No habíamos hecho nada útil desde que dejamos el GES en la Luna, así que por fin comenzaría nuestra aventura espacial. El mensaje decía: "Tomás Rebolledo y Nicolás Uribe, asignados al DECE (División de Exploración y Ciencias Espaciales)". Obviamente, no éramos los únicos asignados a esa división; en toda la nave, los equipos de trabajo estaban formados por un tropel de oficiales y civiles distribuidos por todas partes. Nicolás y yo nos conocíamos desde niños, y ser los únicos de la nave que venían de Pozo Almonte nos hacía sentir especiales. "¡Donde ningún pozalmonino ha llegado antes!" decía Nicolás con voz grave y graciosa, imitando las series de televisión que veíamos de niños. Nuestro objetivo era realizar la mayor cantidad de observaciones y diagnósticos del cinturón de Oort. Teníamos la esperanza, aunque vana, de encontrar algo interesante entre tantas piedras heladas. La ACE Cochrane era de la armada chilena, pero nosotros éramos civiles, y aunque el discurso del almirante había sido solemne, siempre había tiempo para reír y bromear mientras hacíamos nuestro trabajo.
"¿Te imaginas encontrar una civilización alienígena?" preguntó Nicolás, con una sonrisa traviesa.
"¡Claro! Y seguro nos invitan a tomar un mate intergaláctico," respondí, riendo.
De verdad, parecía que los nacidos en pleno desierto tenían más vida que todos los otros chilenos a bordo. La energía y el buen humor de Nicolás eran contagiosos, y juntos, estábamos listos para enfrentar cualquier desafío que el espacio nos presentara. A pesar de nuestra actitud jovial y alegre, Nicolás y yo no podíamos ignorar el miedo natural de enfrentar lo desconocido. Cada risa y cada broma eran un escudo contra la incertidumbre que nos aguardaba en el vasto espacio. Sabíamos que, con sangre chilena corriendo por nuestras venas, podíamos enfrentar cualquier desafío que el destino nos deparase. Nicolás, con una mezcla de emoción y nerviosismo en su voz, se preguntaba si encontraríamos algo realmente increíble allá afuera. Tratando de sonar más confiado de lo que me sentía, le aseguré que sí, y que cuando lo hiciéramos, seríamos los primeros en contarlo. Nicolás, riendo, añadió que seríamos los pioneros de Pozo Almonte en el espacio, imaginando las historias que podríamos contar cuando volviéramos. Cada broma y cada risa no solo aliviaban la tensión, sino que también nos recordaban que estábamos haciendo historia. Éramos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos, y cada paso que dábamos, cada observación que hacíamos, contribuía a un legado que perduraría.
"Vamos, Tomás," dijo Nicolás, dándome una palmada en la espalda. "El cinturón de Oort nos espera. ¡Hagamos historia!"
Con una última mirada al hangar, nos dirigimos hacia nuestra misión, con el corazón lleno de valentía y la certeza de que, juntos, podíamos enfrentar cualquier cosa. Porque, al final del día, sabíamos que con cada broma y con cada risa, estábamos escribiendo las páginas de una nueva era para nuestra nación.

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