Cristóbal Rodríguez Galleguillos es uno de los ingenieros de sistemas de diagnóstico asignados al proyecto de construcción de la ACE Esmeralda en el GES, el astillero espacial ubicado en la Luna. Aunque sus padres eran oriundos de Antofagasta, él nació y creció en Santiago, lo que le dotó de una fortaleza y resiliencia necesarias para enfrentar cualquier adversidad. Su carácter fuerte le permitió sobresalir y destacar entre los cientos de candidatos al proyecto lunar. Afortunadamente, el gobierno decidió incluir la mayor cantidad posible de chilenos en el proyecto lo que sumado a sus excelentes cualidades y creatividad, le abrió la posibilidad de ser elegido sin grandes dificultades. Sin embargo, la dirección de la obra estaba en manos de ingenieros rusos, chinos y algunos norteamericanos, quienes, con años de experiencia en la construcción de naves, estaban justificados para tomar las decisiones más críticas del proyecto.
Alan Blanco González nació en la colonia chilena de Nueva Talca, fundada hace treinta años en la Luna, a los pies de la montaña Huygens, justo al este del obelisco que conmemora el alunizaje del Apolo 15. Sus padres, oriundos de Talca, fueron voluntarios en la iniciativa del gobierno chileno para fundar cuatro ciudades en el satélite natural. Ambos eran profesores de ciencias: su madre enseñaba biología y su padre, física. Trabajaban en la escuela Jenaro Gajardo, que recibía a los niños y adolescentes de las casi cincuenta mil familias chilenas que actualmente viven en el espacio. Alan nunca había estado en la Tierra y todo lo que sabía de Chile era lo que sus padres le habían contado. Afortunadamente, dentro de las limitaciones de vivir en la Luna, sus padres le inculcaron el amor por la comida de la región del Maule. Empanadas, cazuelas, humitas y pastel de choclo eran platos frecuentes en el menú familiar, aunque su madre siempre se quejaba de que los sabores no eran los mismos que en la Tierra.
Alan era ingeniero de propulsión y trabajaba en el proyecto de reingeniería del Artefacto Lunar. La iniciativa de la humanidad para colonizar nuestro satélite natural se basaba en establecer una presencia permanente que se encargara de traducir y decodificar la información existente en las ruinas arqueológicas de una enorme estructura estrellada a un kilómetro del Mare Serenitatis. No era casualidad que en lo alto del Huygens se encontrara el GES (Global Exploration Shipyard), ya que todo lo que la humanidad había aprendido del Artefacto se había puesto en práctica de inmediato. Además, las operaciones mineras de los remulaxianos en Ceres e Higia habían permitido acceder al duranio y tritanio necesarios para iniciar la aventura espacial de la humanidad.
El día que recibió la noticia de su selección para el proyecto de construcción de los motores de la ACE Esmeralda, se le indicó que debía presentarse a las 07:00 horas LTC en el salón de eventos del hotel Donoso Novoa, ubicado en el centro de la ciudad. Cuando su padre se enteró, sus ojos se llenaron de lágrimas y lo abrazó con orgullo. Alan, quizás por haber nacido en la Luna, carecía del entusiasmo y chispa de sus padres, pero compartió la alegría que su nombramiento les provocaba.
Al entrar al salón de eventos, repleto de personas, lo primero que hizo fue ocupar el lugar designado para los ingenieros del proyecto. La jornada fue extensa y colmada de especificaciones, instrucciones y detalles sobre las tareas que las distintas unidades debían desempeñar en los próximos meses. “Dos años de trabajo arduo, señores, y finalmente tendremos a nuestra dama blanca surcando los vastos mares espaciales”, dijo el Almirante General Karamanos.
Al finalizar la jornada, les ofrecieron un generoso almuerzo en el mismo salón para que todos los miembros del equipo se conocieran. Al sentarse a comer, junto a él se ubicó un joven muy alto de expresión seria, que le llamó la atención por la cercanía y confianza con la que varios subtenientes le hablaban. Tras la comida, todos los miembros del equipo subieron hasta la cúpula principal del hotel, donde les esperaba una sorpresa especial. La voz del Almirante General Karamanos resonó fuerte mientras la iluminación del salón se apagaba y un fulgor azul tenue que emanaba desde el centro de la habitación captó la atención de los presentes. Ahí estaba, frente a todos, el holograma de la ACE Esmeralda.
Desde donde se encontraban Alan y Cristóbal, la ACE Esmeralda se alzaba majestuosa ante sus ojos. Su estructura alargada y aerodinámica, con un casco principal robusto y elegante, parecía diseñada para desafiar los límites del espacio. A cada lado del casco, dos nacelas de propulsión cuántica brillaban con luces azules intensas, llenando el entorno con un resplandor casi hipnótico. A medida que el Almirante General Karamanos hablaba, el holograma de la nave se abrió, mostrando sus diferentes partes. El puente de mando, un centro de operaciones avanzado, estaría equipado con tecnología de punta. En la cubierta de ingeniería, el núcleo cuántico visible pulsaba con energía, mientras los ingenieros encargados de su supervisión observaban con asombro.
El Almirante General Karamanos explicó que, cuando la nave fuese lanzada desde el astillero GES, su tripulación estaría compuesta por oficiales de la ACE (Armada Chilena Espacial), ingenieros y civiles. Al mismo tiempo, el holograma mostró la cubierta de carga y el hangar de la nave, que ofrecían amplios espacios para el almacenamiento de suministros y albergaban pequeñas naves de exploración y transporte, listas para misiones civiles y militares.
De pronto, el emisor holográfico volvió a resplandecer, mostrando nuevamente el diseño completo de la nave. En ese momento, Alan se fijó en los detalles del diseño exterior, que lucía los colores y emblemas de la Armada Chilena. En la proa, en lo más alto del casco, se destacaba con orgullo el nombre “ACE Esmeralda”, recordando la grandeza y el ingenio de la nación. En ese momento, Alan y Cristóbal compartieron el mismo sentimiento. Mientras observaban el holograma, no podían evitar sentir una mezcla de asombro y orgullo. La ACE Esmeralda no solo era una maravilla de la ingeniería, sino también un símbolo de la capacidad humana para soñar y alcanzar las estrellas.
Una vez que la luz volvió al salón principal, recibieron en sus móviles la lista con las asignaciones de los grupos de trabajo. Alan revisó el mensaje y, tal como lo sabía de antemano, su asignación decía: “Cubierta de ingeniería, grupo Alfa”. Continuó revisando la nómina de los seleccionados y se percató de que unos lugares más abajo estaba el nombre de Cristóbal Rodríguez. Antes de que pudiera reaccionar a la sorpresa, una presencia imponente se acercó a él y le extendió la mano para saludarlo. “De cerca, este hombre se ve aún más alto”, pensó, y sin expresar lo que sentía, devolvió el saludo con respeto.
Cristóbal, después de presentarse y compartir sus impresiones tras haber visto el holograma de la nave, se dirigió a Alan con una sonrisa amigable.
—¡Impresionante, verdad? —dijo Cristóbal, sus ojos brillando con entusiasmo—. Nunca había visto algo tan majestuoso. El vicealmirante Orellana me recomendó conocerte. Me dijo que tenía que conocer al ingeniero más brillante de nuestro equipo. Alan, sorprendido por el comentario, sintió un leve rubor en sus mejillas. Siempre había sido modesto sobre sus habilidades.
—¿De verdad? —preguntó Alan, con humildad—. ¿Quién es esa persona?
Cristóbal soltó una carcajada efusiva, su risa quedó resonando en el salón.
—¡Eres tú, Alan! —respondió Cristóbal, dándole una palmada en la espalda—. El vicealmirante no deja de hablar de tus logros. Dice que eres un genio en lo que haces.
Alan sonrió tímidamente, aún no acostumbrado a recibir tantos elogios.
—Bueno, solo hago mi trabajo lo mejor que puedo —dijo Alan, tratando de restarle importancia—. Pero gracias, Cristóbal. Es un honor escuchar eso.
Cristóbal asintió, su expresión seria suavizándose.
—Sabes, Alan, creo que vamos a hacer un gran equipo. Yo también tengo muchas ideas y estoy ansioso por empezar a trabajar contigo. La ACE Esmeralda será nuestra obra maestra. Alan sintió una oleada de emoción y determinación. La pasión de Cristóbal era contagiosa.
—Estoy de acuerdo —respondió Alan, con una sonrisa—. Trabajemos juntos y hagamos que este proyecto sea un éxito. La ACE Esmeralda será algo de lo que todos podamos estar orgullosos.
Así fue como estos dos ingenieros, ambos chilenos de distinto origen, comenzaron una amistad que definiría sus carreras en los próximos dos años. Su colaboración sacaría lo mejor de cada uno, permitiendo que, con su talento combinado, el proyecto de la construcción de la ACE Esmeralda se convirtiera finalmente en una realidad.
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