En el año 2256, los gigantes regresaron. Muchas teorías surgieron para explicar su presencia en medio de las modernas y automatizadas ciudades humanas. En esta época, las Inteligencias Artificiales estaban integradas en todos los aspectos de la vida cotidiana, proporcionando a la humanidad un alto grado de eficiencia y bienestar. Los libros de historia señalaban que la llegada de los gigantes siempre había estado relacionada con mejoras para la vida de las personas. Se decía que fueron ellos quienes enseñaron a los humanos primitivos todo tipo de oficios: desde mejorar sus técnicas de caza y construcción de hogares, hasta trabajar los metales y muchas otras habilidades. También había registros que explicaban que los gigantes terminaron sus relaciones con los humanos porque estos ya no tenían nada nuevo que aprender de ellos, y por esa razón, los gigantes regresaron a las montañas y a sus ciudades subterráneas.
En el año 2256, la humanidad había perdido el asombro, y la llegada de los gigantes no generó un impacto significativo; nadie se sentía aterrorizado por su presencia. Por el contrario, su llegada representó una grandiosa oportunidad para las despiadadas multinacionales capitalistas. Aunque la humanidad había evolucionado tecnológicamente a un nivel inimaginable para épocas anteriores, en esencia, seguía albergando los mismos despreciables valores que la caracterizaban como especie. La aparición de los gigantes fue una oportunidad para los grandes empresarios que movían el mundo. Cuando uno aparecía en la ciudad, era rápidamente recibido por legiones que se dedicaban a asearlos, rasurar sus voluminosas barbas y arreglar sus salvajes cabellos. También los vestían con las prendas más actuales, especialmente ropa deportiva o casual. Atrás quedaban sus ropas rústicas y extravagantes zapatos de cuero trenzado. Se había vuelto muy común ver gigantes luciendo buzos de marca y las mejores zapatillas. El eslogan era: “Si lo usa el gigante, usted también debe hacerlo”. Sin lugar a dudas, fue la mejor campaña de mercadotecnia de todos los tiempos. Los gigantes simplemente deambulaban por la ciudad luciendo sus ropas nuevas y compartiendo con las personas en las calles y parques. Todo estaba dispuesto para satisfacer sus necesidades. Naturalmente, había una fuerza militar especializada encargada de su seguridad que los acompañaba siempre, así como hombres vestidos de negro que seguramente eran los encargados de medir el impacto de los productos que promocionaban.
Ciertamente, las cosas habían cambiado, y los gigantes también. Ya no eran esos poderosos seres que trajeron conocimiento y desarrollo a la humanidad; ahora eran ellos quienes habían sido influenciados por los valores más rancios de los hombres. Los gigantes, que en épocas remotas se caracterizaban por su docilidad y temperamento tranquilo, ahora disfrutaban de la vanidad y el ocio humanos. Aquellos gigantes que a lo largo de las edades jamás habían hecho daño a nadie, hoy contarían una historia diferente.
Se dice que, en una ocasión, durante el lanzamiento de un nuevo diseño de zapatillas Nike en la avenida Kurfürstendamm, en Alemania, un gigante aplastó a varias personas con su pie, encandilado por los flashes, las luces y el furor de la multitud. Las fuerzas militares se encargaron del asunto, dispersando a la multitud en segundos y limpiando el charco de sangre y huesos del piso, eliminando todo rastro del incidente. Obviamente, no permitieron que el hecho se divulgase, bloqueando a todos los drones de noticias que cubrían el evento. Los enigmáticos hombres de negro, representantes de las multinacionales, indemnizaron generosamente a los familiares y reemplazaron las zapatillas ensangrentadas del gigante.
Nunca antes había sucedido algo así. Los gigantes habían compartido con los humanos desde tiempos inmemoriales, incluso jugado con los niños, y nunca uno de ellos había salido herido. Era normal que, al caminar por las aldeas, más de una gallina descuidada o un cachorro quedase aplastado bajo sus enormes pies descalzos, y aun así, esto les causaba una profunda tristeza. Los gigantes habían cambiado, y su relación con la humanidad también. Aprendieron lo peor de los hombres: a ser idolatrados, a ser celebridades, niños mimados en una sociedad ociosa y consumista. Sin lugar a dudas, habían perdido mucho con su regreso.
En una ocasión, alguien contó la historia de una ciudad en Sudamérica, cerca del Amazonas, donde utilizaban a un gigante como medio para impartir justicia. Habían dispuesto un enorme escenario en un estadio de fútbol, donde las gradas se llenaban de personas enardecidas que asistían a presenciar el espectáculo. Las autoridades locales habían decidido que todas las personas condenadas por delitos graves, en lugar de ser llevadas a centros de rehabilitación, serían juzgadas por el gigante. En un macabro espectáculo, los sentenciados eran llevados semidesnudos frente al colosal protagonista, quien, siguiendo las indicaciones de la multitud encendida, ejecutaba sus sangrientas sentencias. “¡Aplástalo con el pie! ¡Rompe su cuerpo con tus manos!” le gritaban al gigante, y este, seducido por la euforia del show, accedía sin problema alguno. Nadie lamentaba lo que sucedía. Todas las generaciones que alguna vez conocieron la historia de los nobles gigantes habían muerto, y sus descendientes simplemente disfrutaban de la matanza sin remordimientos ni lamentos.
Con todo, parece que los gigantes han regresado para quedarse. Nadie sabe cómo terminará esta historia o qué sucederá con toda esta mala influencia de la humanidad. No obstante, incidentes como los mencionados anteriormente son aislados y no conozco de otros. Seguramente las fuerzas militares son más eficientes en otras ciudades, o me obligo a creer que son hechos aislados.
Incluso ahora estoy a pocos metros de uno de ellos, observando cómo interactúa con las personas que lo rodean. Es impresionante estar cerca de ellos y, a pesar de que no hablan mucho, es grato estar en su presencia. Huelen a flores o a dulce y emanan un calor que hace imposible ignorarlos. Tal vez sea lo poco que queda del encanto de antaño.
Avanzo hacia él, motivado a participar en el juego que tiene con las personas que lo rodean. A pesar de que el gigante está sentado con sus enormes piernas cruzadas, ninguno de nosotros logra superar la altura de sus rodillas. Me acerco a la multitud y avanzo hasta ponerme frente a él. El gigante me observa y adelanta hacia mí su enorme mano, con su dedo índice apuntando a mi cabeza. Con mucho cuidado, pone su dedo sobre mí y me devuelve una afable sonrisa. Eso es todo, luego repite lo mismo con la siguiente persona.
Se acerca una niña que le obsequia un barquillo de helado al gigante. ¿Cuánto durará esta relación con ellos?, me pregunto, y lo que siento me hace sentir sombrío. Prefiero reponer el ánimo y disfrutar del momento. La noche está cerca y comienza a hacer frío, pero estar junto al gigante se siente agradable, así que decido ponerme en la fila nuevamente para recibir su saludo una vez más.

Comentarios
Publicar un comentario