En la ciudad de Iquique, en un colegio de renombre, Doña Excelsa Capetillo dejó una huella imborrable. Con su cabello siempre recogido en un moño apretado y sus ojos brillantes detrás de unas gafas redondas, Doña Excelsa era una figura imponente y a la vez entrañable. Durante casi veinte años, fue maestra de Artes Plásticas, inspirando a sus estudiantes con su creatividad y pasión. Su aula era un refugio de colores y formas, donde cada estudiante encontraba un espacio para expresarse libremente. Doña Excelsa no solo enseñaba técnicas artísticas; inculcaba en sus alumnos el valor de la perseverancia y la importancia de ver el mundo con ojos curiosos. Sus clases eran un viaje constante de descubrimiento, donde cada pincelada y cada escultura contaban una historia. Los estudiantes la adoraban, no solo por su vasto conocimiento, sino por su capacidad de ver el potencial en cada uno de ellos.
Un día, mientras ayudaba a un estudiante a perfeccionar una escultura de arcilla, recibió la noticia de que había sido elegida para gestionar el Centro de Recursos para el Aprendizaje (CRA) del colegio. Aunque le costó dejar el aula, aceptó el desafío con la misma pasión que había puesto en sus clases. Durante otros veinte años, Doña Excelsa se dedicó a registrar, catalogar y clasificar libros y materiales didácticos. Transformó la biblioteca en un lugar mágico, lleno de colores y vida, donde los estudiantes se sentían atraídos a explorar el mundo de los libros. Organizó talleres de lectura para todas las edades, conversatorios y encuentros con escritores emergentes, siempre buscando nuevas formas de enriquecer la experiencia educativa de sus alumnos.
Su energía era inagotable, siempre ideando nuevas actividades y proyectos. Sin embargo, los años de arduo trabajo y su incansable espíritu terminaron por desgastar su cuerpo. El día de su fallecimiento, el colegio organizó una ceremonia solemne en su honor. Generaciones de estudiantes y colegas se reunieron para rendirle homenaje, recordando la influencia única que tuvo en sus vidas.
Pero Doña Excelsa no estaba lista para abandonar el mundo que tanto amaba. Su espíritu, lleno de la misma energía que la caracterizó en vida, decidió quedarse en el colegio. Desde entonces, han pasado más de cinco años desde su muerte, y aún se la puede ver ordenando libros y materiales en el CRA. Decidió dejar su cabello suelto y como estaba muerta, ya no necesitaba utilizar sus enormes anteojos. Hoy su presencia sigue siendo una fuente de inspiración y su legado continúa vivo en cada rincón de la biblioteca. Doña Excelsa Capetillo, incluso después de su muerte, sigue transmitiendo la pasión y dedicación que la definieron, asegurándose de que el CRA siga siendo un lugar de aprendizaje y creatividad para todos los estudiantes que entran por sus puertas.
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