El hijo de Atheb Th’vaaviq nació en la Tierra hace dieciocho años, creciendo con las fascinantes historias del planeta natal de sus padres y el viaje que los trajo aquí hace treinta años. Gracias al próspero negocio familiar de reparación de bicicletas, disfrutó de la estabilidad emocional y la seguridad económica que todo adolescente necesita. Sin embargo, el primer hito de su familia en este planeta fue una desgarradora pérdida: unos años antes de su nacimiento, su hermana pequeña, de tan solo dos años, falleció a causa de una extraña enfermedad espacial. La pequeña había nacido durante el difícil trayecto del planeta Próxima a la Tierra. La huida de sus padres, producto de una horrible guerra civil, les impidió acceder a un servicio de medicina adecuado para revisar la salud de la pequeña en gestación. Ante el peligro inminente, tomaron el primer transporte disponible para escapar, más preocupados por sobrevivir que por la pequeña que su madre albergaba en su vientre. Al poco tiempo de llegar a la Tierra, la pequeña enfermó gravemente. Sus padres, temerosos de ser descubiertos por las autoridades locales, no pudieron hacer nada para ayudarla. Las condiciones del viaje a la Tierra habían sido paupérrimas, metidos entre mercancías en una sucia nave de contrabandistas. Tal vez había sido imposible para la pequeña salir incólume de tan nefasto viaje. Así que fue imposible que sus padres pudieran ayudar a su recién nacida. El clima del nuevo planeta, la extraña vegetación y las nuevas personas a las que estuvieron expuestos no ayudaron a que su salud mejorase. Nada pudieron hacer sus padres para evitar el funesto final. La pequeña se fue apagando inexplicablemente sin que ningún doctor humano pudiese ayudarla. Ciertamente, este es un tema del que la familia habla muy poco, ya que les causa un profundo dolor.
La llegada de su segundo hijo trajo consigo los temores naturales que todo inmigrante extraplanetario justifica sentir. No obstante, también les ayudó como familia a recuperarse de todo lo vivido. De esta manera, un año después de la tragedia, nació I’Anar, nombre que recibió en honor a su abuelo materno. Al igual que su padre, conocido en este mundo como Andrés, este nuevo integrante de la familia sería conocido como Ian. En el idioma de sus padres, su nombre significaba “el guardián de las estrellas”, lo que seguramente predeterminó su decisión de qué estudiar en la Universidad de La Serena.
I’Anar vivió una vida estudiantil llena de secretos y descubrimientos. Desde el jardín de infantes, su origen extraterrestre fue un misterio bien guardado, permitiéndole integrarse y vivir como un niño normal en la Tierra. Por un lado, su habilidad innata para las matemáticas, heredada de su padre, lo convirtió en un prodigio en la escuela, mientras que, por otro lado, el amor por las ciencias, legado de su madre, lo llevó a explorar laboratorios y bibliotecas con una curiosidad insaciable. Además, I’Anar también destacó en los deportes, aunque siempre trataba de frenar su ímpetu para no llamar demasiado la atención. A lo largo de su vida escolar, desde los primeros días en el jardín hasta el último año de secundaria, I’Anar no solo destacó académicamente, sino que también se ganó el cariño y respeto de sus compañeros por ser un amigo leal y siempre dispuesto a ayudar. En resumen, su vida de niño a adolescente fue buena, no exenta de dificultades, problemas o tristezas, pero siempre dedicó una sonrisa a cada vicisitud a la que se enfrentaba, demostrando una resiliencia de otro mundo.
En su primer año en la Universidad de La Serena, I’Anar ha encontrado en el campus de Avenida Raúl Bitrán Nº 1305 un segundo hogar. La universidad no solo es el lugar donde asiste a clases, sino también el espacio donde pasa la mayor parte de su tiempo, estudiando y conviviendo con sus compañeros. Desde el primer día, I’Anar se sintió desafiado por la complejidad de las materias y la exigencia de los profesores. Las experiencias que ha vivido hasta el momento en la universidad son, sin duda, mucho más difíciles que cualquier cosa que hubiera enfrentado hasta entonces. Sin embargo, su determinación y pasión por el conocimiento lo impulsan a seguir adelante. A pesar de las dificultades, I’Anar se dedica con ahínco a sus estudios, pasando largas horas en la biblioteca y participando activamente en los laboratorios. Además, la vida universitaria le ha permitido forjar nuevas amistades y fortalecer las existentes. Sus compañeros de clase se han convertido en una segunda familia, con quienes comparte no solo el estrés de los exámenes, sino también momentos de alegría y camaradería. De esta manera, la universidad se ha convertido en un lugar de crecimiento personal y académico para I’Anar. A pesar de su apretada agenda, I’Anar nunca deja de ayudar a sus padres en el taller de bicicletas. Cada tarde, después de las clases, se dirige al taller para colaborar en las reparaciones y atender a los clientes. Este compromiso con su familia no solo demuestra su lealtad y responsabilidad, sino que también le proporciona un equilibrio entre sus estudios y su vida personal. Así, el primer año de universidad de I’Anar ha dado inicio a una etapa de grandes desafíos y aprendizajes. A través de su dedicación y esfuerzo, ha podido superar todos los naturales miedos de iniciar una nueva etapa y encontrar en la universidad un lugar donde cumplir sus sueños y metas, además de continuar apoyando a su familia en el taller de bicicletas.
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