Mi madre conoció a ese hombre el día en que asistió a una capacitación en el hotel Gavina. Para ella, lo más interesante de la jornada fue ese hombre enorme que atendía la barra del coffee break. Dijo que fue algo en su piel, su tamaño o su sonrisa lo que la enamoró de inmediato. Mi padre había desaparecido apenas supo de mi existencia, por lo que mi madre tuvo su corazón roto por muchos años, diecisiete para ser exactos, mi edad. Nunca antes había buscado una pareja, pues se dedicó a su rol de madre a tiempo completo. Obviamente, mi abuela la sustituía mientras ella salía a trabajar y, entre las dos, hicieron un buen trabajo conmigo, o al menos eso dicen ellas. Todo funcionaba a la perfección hasta que llegó este hombre.
Ahora mi madre dedica más tiempo a ella y a sus actividades personales. Decía que yo ya era grande y que podía hacer muchas de mis cosas de manera autónoma, y por desgracia tenía la razón. Siempre la tiene.
Debo admitir que nunca antes vi tan radiante a mi madre. No digo que durante mi niñez ella no fuese feliz, no me refiero a eso, sino a que ahora que supuestamente soy más grande, logro darme cuenta de que las mamás también son personas, también son mujeres con sentimientos y aspiraciones. Lo de mi padre tiene que haberla hecho sufrir. Seguramente era algo que estaba escrito, porque mi madre se llama Ofelia Margarita, un regalo de mi abuelo que era asiduo lector de las novelas de Shakespeare. Este año tuve que leer Hamlet en la escuela y el profesor de literatura, sin quererlo, me dio la respuesta a todo lo que había pasado con ella. Fue fuerte, menudo regalo le hizo mi abuelo. En fin, este mes ellos cumplen dos años juntos. Admito que este hombre la trata bien y la respeta. Siempre le trae flores y la hace reír. Como tiene vocación de servicio, la ayuda en todo e incluso cocina para ella. Cocina rico el desgraciado, pero jamás se lo voy a decir.
A veces pienso por qué lo detesto tanto. Podría ser como esos hijos de padres separados que se dedican a arruinarles los noviazgos a sus madres solo porque guardan en sus pueriles corazones la vana idea de que sus padres aún pueden volver a estar juntos. No es el caso conmigo porque yo jamás conocí a mi progenitor ni tengo necesidad de conocerlo. La verdad de mi actitud es que simplemente sigo siendo un niño caprichoso y celoso. Por casi diecisiete años ella ha sido solo para mí y yo he sido solo para ella. Mi abuela es más diabólica que yo, porque cada vez que puede dice: “ese hombre tiene que estar puro dándole a tu madre. Solo espera que no la deje embarazada de quintillizos a la primera”. Aunque la imagen mental de esa arenga me revuelve el estómago, comparto el mismo fastidio que mi abuela por este hombre.
Nunca he conversado más de tres palabras con él, pero trato, de verdad, trato de no incomodarlo. Simplemente no quiero conectar con él. Por el contrario, él se esmera en tratarme bien, me habla de fútbol, pregunta por cosas del colegio e incluso le gusta jugar Play conmigo. No se imaginan lo extraño que resulta ver a dos personas que no se hablan jugando juntas Fortnite. Él es súper malo jugando y no tengo que ser tan pendejo como para no darme cuenta de que hace el esfuerzo de atenderme porque sabe que eso hace feliz a mi madre. De todas formas, cuando paso tiempo con él se siente un calor en el pecho que reconforta, seguramente eso sienten mis amigos cuando pasan tiempo con sus padres, qué se yo.
Un día, llamaron del trabajo de mi madre avisando que ella había tenido un accidente. Se había caído bajando una escalera y, al caer, recibió un golpe en la cabeza que le hizo perder la conciencia. Nos avisaron que la habían llevado a la clínica Tarapacá y yo salí corriendo sin pensar en nada más que en ella. Cuando llegué a la clínica, me sorprendió ver a Keman en el mesón pidiendo hablar con el médico. La secretaria de la recepción no quería darle información puesto que no era un familiar directo. En ese momento, quedé petrificado al ver la expresión en los ojos del gigante. Estaba a punto de llorar de rabia, de impotencia, o simplemente era un hombre realmente enamorado que sufría por la persona a quien más amaba en este mundo.
Por primera vez, sentí algo bueno por él. Sentí que algo muy duro dentro de mí se rompía en pedazos y me liberaba. Me acerqué y toqué su enorme brazo. Él me reconoció de inmediato y, sin decir nada, entendí perfectamente lo que tenía que hacer. Nos llevaron a la sala de urgencias donde estaba mi madre. Vernos juntos fue la mejor medicina para ella, quien había recobrado la conciencia camino a la clínica y estaba a la espera de ser vista por el médico. La enfermera dijo que el neurólogo la había revisado y que no vio nada malo, pero igual le harían una tomografía antes de darle el alta.
Mi madre estaba feliz, sus ojos llenos de lágrimas, los de Keman también y, la verdad, los míos también. Ella estiró su mano para coger la mía y la puso sobre la mano gigante de Keman. No fue necesario decir nada. En ese momento, nos convertimos en una verdadera familia. Yo había ganado un padre. Desde ese día, no volví a referirme a Keman como lo había hecho hasta entonces; desde ese día, era mi padre.
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