Durante el almuerzo de celebración por el aniversario del colegio de hombres, Mateo, un joven de veinticinco años que se había graduado el año pasado como profesor de Lengua y Literatura y que este año había comenzado a trabajar en el colegio, se dirigió al profesor Salinas con gratitud. Recordó cómo en numerosas ocasiones el profesor Rodrigo se había preocupado por acompañarlo en su primer año como docente. Además, mencionó cuánto había aprendido de él y expresó su agradecimiento por todo el apoyo recibido.
"¿Acaso no conoces las obras completas de Gabriel García Márquez? Me imagino que conoces todo sobre Vargas Llosa. Ah, espera, ¿jamás en tu vida has leído a Borges? ¿En qué clase de universidad estudiaste?"
Habían pasado doce años desde que esas palabras hirientes habían dejado una marca profunda en el espíritu del profesor Salinas. Hoy, las recordaba con el mismo dolor que entonces. Se dio cuenta de que ciertas heridas dejan una huella imborrable y que, en ocasiones, hasta el recuerdo más pequeño puede hacer que vuelvan a doler como la primera vez.
Sus inicios como profesor de Literatura fueron duros. En aquellos años, tuvo una mentora que, aunque era una maestra brillante en cuanto a conocimiento, como persona era una verdadera bestia. Después de tanto tiempo, solo recordaba su nombre: Circe. Ahora, mientras escuchaba las palabras de gratitud del joven profesor Mateo, él no podía evitar la contradicción de sentimientos. Por un lado, sentía una profunda gratitud por el reconocimiento y el aprecio de su joven colega. Por otro, el recuerdo funesto de su propio inicio como profesor seguía pesando en su corazón, recordándole las cicatrices que jamás sanarían del todo.
"En realidad, todo lo que he hecho ha sido para acompañarte y ser un apoyo en las tantas cosas que uno siente como imposibles el primer año. Creer que uno realmente no sabe nada o no sabe cómo hacerlo, el trato con los adolescentes y sus padres, hasta el trabajar con otros profesores es algo que no te enseñan en la universidad", dijo el profesor Rodrigo con una sonrisa comprensiva. Las palabras de agradecimiento de Mateo hacia su mentor resonaron en la sala, y pronto los otros profesores que estaban cerca comenzaron a compartir sus propias experiencias. La profesora Martínez, una veterana con más de veinte años en el colegio, comentó: "Recuerdo mi primer año, fue un caos total. Pensé que nunca lograría ganarme el respeto de los estudiantes". El profesor Gómez, que había llegado al colegio solo un par de años antes que Mateo, añadió: "Sí, esos primeros meses son una verdadera prueba de fuego. Pero con el tiempo, uno aprende a manejarlo todo". El ambiente se llenó de risas y anécdotas, creando un momento de camaradería y apoyo mutuo, mientras todos recordaban sus propios desafíos y triunfos en sus inicios como docentes.
A pesar de las risas, la actitud del maestro Rodrigo seguía siendo sombría. Ensimismado en sus pensamientos, otras palabras volvían a su cabeza:
"A ver, profesor," decía Circe con su tono despectivo, "en la oración 'El niño come una manzana', ¿sabe cómo la relación de dependencia sintáctica entre el núcleo del grupo nominal y el verbo se ve afectada por la presencia del artículo determinante y cómo esta relación influye en la interpretación semántica del predicado, teniendo en cuenta la teoría de la Gramática Generativa de Noam Chomsky y la distinción entre estructura profunda y estructura superficial? Lo sabe, ¿cierto?"
Las palabras de Circe seguían resonando en su mente, recordándole los desafíos y humillaciones de sus primeros años. Fueron muchos casos similares durante su primer año. Esa mujer gozaba dejándolo en ridículo o tenía una afición sádica por atormentar al novato. Con los años, Rodrigo supo que ella había pasado por una experiencia similar cuando comenzó a trabajar. Entendió que algunas personas actúan a partir de una escala de valores despreciables y consideran la venganza como un medio de purgar sus propios traumas. Lo peor es que no consiguen nada bueno con ello, solo perpetúan el daño generación tras generación.
El maestro Rodrigo había elegido el camino opuesto y decidió romper el ciclo. No esperaba recibir un reconocimiento por ello; su ideal era que en diez o veinte años más, Mateo hiciera lo mismo con otro profesor novato y así el ciclo de bien siguiera indefinidamente. Mientras tanto, la profesora Martínez, notando la expresión sombría de Rodrigo, se acercó y le dijo en voz baja: "Rodrigo, todos hemos pasado por momentos difíciles. Lo importante es que estamos aquí para apoyarnos unos a otros. Has hecho un gran trabajo con Mateo, y eso es lo que realmente importa."
Rodrigo asintió, agradecido por las palabras de su colega, y decidió dejar atrás los recuerdos dolorosos para centrarse en el presente y en el futuro prometedor de sus jóvenes colegas.

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