En el edificio donde vive Sebastián es común encontrarse en el ascensor con parejas de misioneros que tienen el aspecto característico e inconfundible de los mormones. Por lo general son altos, aunque rara vez se ve a uno bajo. Además, parece que es requisito el tener buena condición física ya que jamás se ha visto uno que no sea delgado o con una contextura atlética. A Sebastián le llama mucho la atención que son monocromáticos, puesto que solo se ha visto en el edificio a personas de raza caucásica y afroamericana, por lo que siempre se ríe de sí mismo por razonar algo tan absurdo. Lo mejor es la vibra que transmiten, siempre saludan a todos con una sonrisa, diciendo "hola" o "buenos días", en un español improvisado que delata su país de origen.
Entre estas parejas de misioneros, había una que destacaba especialmente. Eran dos hombres jóvenes, ambos con una altura imponente y una presencia que no pasaba desapercibida. Con su cabello rubio oscuro y ojos azules, tenían una complexión atlética que reflejaba su dedicación al deporte. Vestían siempre de manera impecable, con pantalones de gabardina y camisas blancas que resaltaban su seriedad y compromiso.
No solo eran conocidos por su apariencia, sino también por su amabilidad y disposición para ayudar a los demás. Siempre se les veía con una sonrisa, y no dudaban en detenerse a conversar con los vecinos, ofreciendo palabras de aliento y fe. Su presencia en el edificio se había convertido en algo cotidiano, y muchos residentes ya los consideraban parte de la comunidad.
Un día, Sebastián, se encontró con esta pareja de misioneros en el ascensor de su edificio. Eran tan altos y de un aspecto tan atractivo que no se atrevió a mirarlos directamente, prefiriendo ignorarlos. Sin embargo, el carisma de estos jóvenes no pasó desapercibido y lo saludaron afectuosamente, buscando iniciar una conversación. Sebastián, algo turbado por la intervención, olvidó marcar el piso, por lo que el ascensor no se movió, dándoles tiempo para seguir conversando.
"Son gigantes", pensó Sebastián en voz alta, lo que provocó la risa de los misioneros. Al hablar, su acento delataba su origen extranjero, y Sebastián, curioso, les preguntó de dónde eran. Los misioneros le contaron que venían de Boston y que uno tenía 20 años y el otro 21. Sebastián, sorprendido, pensó que por su aspecto físico parecían tener al menos 26 años cada uno. Dedujo que la vida en Boston debía ser buena, lo que seguramente hacía que las personas crecieran más y mejor. Juan se dio cuenta de lo jóvenes que eran y les aconsejó tener cuidado en la calle, que estuvieran siempre alertas.
Ellos, con una sonrisa, le respondieron que les gustaba venir a Chile, que era su tercera vez en el país y que jamás habían pasado por algún peligro. La conversación fluyó con naturalidad, y Juan, aunque al principio se sintió intimidado, terminó disfrutando del encuentro, admirando la energía y la positividad de los jóvenes misioneros.
Sebastián, aún intrigado, les preguntó a los misioneros en qué lugares de Chile habían estado. Ellos, con entusiasmo, le contaron que habían venido de vacaciones hace años con sus padres y conocieron el sur, especialmente la ciudad de Valdivia, que les había encantado por su belleza natural y su ambiente acogedor. John, con una sonrisa nostálgica, explicó que su primera asignación fue en la ciudad de Arica, donde disfrutaron del clima cálido y la amabilidad de la gente. Michael añadió que ahora su misión los había traído a Coquimbo, una ciudad que les parecía fascinante por su mezcla de historia y modernidad.
Sebastián, impresionado por sus experiencias, pensó en lo enriquecedor que debía ser conocer tantas partes del país a tan corta edad. Los misioneros continuaron contando que, durante sus misiones, se dedicaban a diversas actividades, como enseñar inglés, organizar eventos comunitarios y ofrecer ayuda a quienes lo necesitaban. John mencionó que una de sus experiencias más gratificantes había sido ayudar a reconstruir una casa después de un incendio, mientras que Michael recordó con cariño las clases de inglés que impartía a niños en una escuela local.
Sebastián, conmovido por su dedicación y espíritu de servicio, sintió una nueva admiración por estos jóvenes. Aunque al principio se había sentido intimidado por su presencia imponente, ahora veía en ellos a dos personas comprometidas y apasionadas por su misión. La conversación fluyó con naturalidad, y Sebastián terminó disfrutando del encuentro, admirando la energía y la positividad de John y Michael.
Días después, Sebastián se encontraba conversando con el conserje del edificio, quien, con un tono de fastidio, le comentó que estaba aburrido de ver a tanto gringo transitando por el lugar. A Sebastián le sorprendió la actitud del conserje, pero en el fondo entendía que, dentro de sus obligaciones, también estaba preocupado por la seguridad del edificio. Sebastián le aseguró que los misioneros eran buenas personas y que no debía preocuparse.
El conserje, con mucha picardía, le confesó que lo que más le molestaba era que todos eran tan bonitos, y que él se sentía más feo de lo que era cada vez que veía a uno de ellos. Ambos rieron con ese comentario, creando un momento de complicidad y alivio. Sebastián, aunque comprendía las preocupaciones del conserje, también sentía una nueva admiración por los jóvenes misioneros y su capacidad para generar tanto impacto en la comunidad.
El fin de semana siguiente, alguien golpeó a la puerta del departamento de Sebastián. Al abrir, se encontró sorprendido con uno de los misioneros, John, quien le sonrió y le preguntó si tenía un poco de azúcar que pudiera compartirle. A Sebastián le dio mucha risa la escena, sintiéndose como si estuviera viviendo un capítulo de una clásica serie gringa. John, al reconocer a Sebastián, lo invitó a tomar el té en su departamento, mencionando que su compañero Michael había preparado cannoli y que seguramente le gustaría.
Sebastián dudó por un momento en aceptar la invitación, pero la vibra amigable y sincera de John lo sedujo. Finalmente, aceptó con una sonrisa. Al entrar al departamento de los misioneros, se sintió acogido por el ambiente cálido y la decoración sencilla pero cuidada. Michael, con una sonrisa amplia, le ofreció un asiento y le sirvió una taza de té caliente. Los cannoli, dispuestos en un plato, tenían un aspecto delicioso.
Mientras conversaban, a Sebastián le llamó la atención la manera en que John y Michael se relacionaban. Siempre se abrazaban o estaban juntos, expresando sus emociones de manera muy estrecha. Por un momento, la cabeza de Sebastián, llena de prejuicios y pecado, pensó que estaba frente a una pareja gay, pero entendió que no podía ser, puesto que eran mormones. Inevitablemente, Sebastián les preguntó por qué eran tan afectuosos entre ellos.
Ambos le contaron que lo que más habían aprendido de su experiencia en Chile era expresar el afecto hacia las personas que querían. John, con mucho pesar, explicó que, si bien en Estados Unidos la vida era mejor en términos de dinero y oportunidades, lo que menos había eran sentimientos. "Los gringos no tenemos corazón", dijo con una sonrisa triste, "pero los chilenos nos han enseñado la importancia de conectar con el otro. En Boston, nadie te pregunta por qué estás triste o si dormiste bien. En Chile, la gente se preocupa por el otro y eso es hermoso. Habíamos pensado que seríamos nosotros los que vendríamos a enseñar, y fueron ustedes los que realmente nos ayudaron a cambiar".
La respuesta de los misioneros impactó fuertemente a Sebastián. Se dio cuenta de la profundidad de sus palabras y de cómo las experiencias y las personas que conoces pueden cambiar tu perspectiva de vida. La tarde pasó rápidamente, y al despedirse, Sebastián no pudo evitar pensar en lo enriquecedor que había sido abrirse a nuevas experiencias y personas.
Al reflexionar sobre su encuentro con los misioneros, Sebastián comprendió la importancia de la labor que realizaban. A pesar de los prejuicios que muchas personas podían tener, estos jóvenes demostraban con su ejemplo que la bondad y el servicio no conocían fronteras. La calidez de los chilenos había dejado una huella profunda en ellos, enseñándoles a expresar sus emociones y a conectar genuinamente con los demás. En contraste, la frialdad del corazón norteamericano, marcada por una vida más materialista y menos emocional, se desvanecía ante la autenticidad y el cariño que encontraban en Chile. Sebastián se dio cuenta de que, al final, todos tenemos algo que aprender y enseñar. La verdadera riqueza no está en lo material, sino en las conexiones humanas y en la capacidad de abrirse a nuevas experiencias. Con una sonrisa, Sebastián cerró la puerta, agradecido por la lección de vida que había recibido y decidido a ser más abierto y afectuoso con quienes lo rodeaban.
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