El día 89 del invierno del año 2124, don Baltazar tenía programada la transferencia de su conciencia a una unidad sintética serie NDRX-223. Don Baltazar tenía 147 años y había alcanzado esa longevidad gracias a todo tipo de avances médicos y tecnológicos: elixires de ADN, reguladores biológicos, nanotecnología, entre otros. Había hecho todo lo posible para seguir viviendo, sin embargo, por más avances que la humanidad logre para retrasar lo inevitable, la chispa de la vida parece tener una duración predeterminada contra la cual no se puede luchar.
A pesar de tener un cuerpo y mente que funcionaban a la perfección, don Baltazar llevaba casi treinta años en una silla de ruedas. Cansado de su situación actual, había decidido optar por el paso más arriesgado disponible para los seres humanos en aquel entonces. Antes de realizar la transferencia, los candidatos eran sometidos a prolongadas sesiones psicológicas y rigurosos exámenes médicos. Don Baltazar los había aprobado todos, pero seguía sintiendo una voz dentro de él que gritaba.
Nacido en una época en que la humanidad abrazaba la fe en diferentes deidades y sometía sus acciones al escrutinio divino, don Baltazar vivía ahora en un mundo donde todas las iglesias habían desaparecido y el concepto de fe había sido completamente sustituido por la ciencia. Pero él sabía que hay cosas que se gestan en el éter y, por más avances que tenga la humanidad, no se pueden negar.
Mientras la doctora Pulaski preparaba los instrumentos del laboratorio para comenzar con la transferencia, don Baltazar le preguntó por qué su SINT tenía ese aspecto. Ella le explicó que, a partir de una muestra de su ADN, el BDS (Bio Diseñador Sintético) había creado una forma humanoide de la edad que él había deseado y con una condición física atractiva. Don Baltazar insistió en que nunca tuvo esa apariencia de joven y que tal vez el BDS había cometido algún error. Con mucha paciencia, la doctora Pulaski le explicó que la recombinación del ADN podía generar todo tipo de personas, con formas y diseños variados, pero que en este caso, la base del proceso se había iniciado con su ADN auténtico.
Luego de un rato, don Baltazar guardó silencio y la doctora continuó disponiendo todo meticulosamente. De pronto, dijo que ya era el momento para comenzar y don Baltazar volvió a expresar sus dudas. La doctora Pulaski le explicó por millonésima vez que iba a transferir toda su red neural alojada en su corteza cerebral, la prefrontal, hipocampo y tálamo, para luego transferirla al cerebro sintético positrónico del SINT que estaba a su lado. Le explicó nuevamente que, una vez terminada la transferencia, despertaría como de un sueño, reintegrando las funciones motrices y cognitivas en unas cuantas horas.
Don Baltazar, luego de escucharla, movió su silla de ruedas hacia una ventana que daba al piso 216 del edificio médico. Intentó ver a lo lejos por si lograba ver el sol o alguna cosa viva, pero solo se encontró con más edificios, vehículos y avisos de propaganda. Cerró los ojos y respiró profundo. La doctora Pulaski quedó sorprendida por lo que el anciano hizo a continuación y en ese momento logró realmente empatizar con él. Recordó su propia infancia, los años en que todo lo que conocía era radicalmente distinto al mundo en que estaba inserta hoy. La doctora se quedó observando al anciano y bajó su cabeza en señal de respeto. Al mismo tiempo, el anciano en la ventana, aún con los ojos cerrados, decía en voz baja: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”
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