Al este del pueblo de Alcoguaz, en el corazón del Valle del Elqui, vive don Ernesto, un anciano de 87 años con una pasión inquebrantable por caminar. Aunque nunca ha sido un hombre deportista, desde joven encuentra en las caminatas una forma de conectar con la naturaleza y consigo mismo. Ahora, en su vejez, esta costumbre se ha convertido en un ritual importante para él. Cada fin de semana, don Ernesto se prepara meticulosamente. Coloca en su mochila una botella de agua, un par de bocadillos, una brújula y un pequeño cuaderno donde anota sus pensamientos y observaciones. Se pone su sombrero de explorador, unas gafas para protegerse del sol y, con su bastón en mano, emprende su camino. Hoy, don Ernesto tiene un objetivo especial en mente, ha escuchado historias sobre un lugar en las montañas donde se encuentran grandes rocas de caliza y mármol, y está decidido a llegar allí. La idea de ver esas formaciones rocosas le llena de curiosidad y emoción.
Los senderos del Valle del Elqui son su refugio. Allí, entre los cactus, los arbustos y el cielo despejado, don Ernesto encuentra paz. A pesar de su edad, sus pasos son firmes y seguros, guiados por años de experiencia y un profundo amor por la naturaleza. Cada roca, cada árbol y cada arroyo son viejos amigos que lo saludan en su recorrido. Don Ernesto es un hombre solitario, pero no se siente solo. La naturaleza es su compañera fiel, y en sus caminatas encuentra la compañía que necesita. Mientras camina, sus pensamientos vuelan libres, recordando tiempos pasados y soñando con futuros posibles. A veces, se detiene a escribir en su cuaderno, plasmando en palabras la belleza que lo rodea y las reflexiones que surgen en su mente.
Un día, mientras exploraba un nuevo sendero, don Ernesto encontró un pequeño claro entre las colinas. Allí, rodeado de flores silvestres y con una vista impresionante de las montañas, decide descansar. Sentado en una roca, cierra los ojos y deja que el sol acaricie su rostro. En ese momento, siente una profunda gratitud por la vida que ha llevado y por las montañas que siempre han estado allí para él. Don Ernesto sabe que no le queda mucho tiempo, pero eso no le preocupa. Ha vivido una vida plena, en comunión con la naturaleza y sus pensamientos y mientras tenga fuerzas para caminar, seguirá explorando los senderos del Valle del Elqui, encontrando en cada paso una nueva razón para sonreír.
Inevitablemente, el anciano, con cada paso que daba, sentía cómo el peso de los años se hacía más evidente. El sendero era empinado y rocoso, y en más de una ocasión, estuvo a punto de perder el equilibrio. El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, y la sombra del valle se alargaba, envolviéndolo en una penumbra inquietante. A pesar de todo, su determinación no flaqueaba. Había recorrido un largo camino, y aunque en algún momento pensó que estaba perdido, una fuerza interior lo impulsaba a seguir adelante.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, el anciano llegó al lugar que tanto había buscado. Ante sus ojos se alzaban majestuosas las enormes rocas de piedra caliza, iluminadas por los últimos rayos del sol. Su corazón latía con fuerza, y una emoción indescriptible lo invadió. Se acercó lentamente, casi con reverencia, como si estuviera ante un santuario sagrado. Al extender su mano temblorosa y tocar la fría superficie de la piedra, una sensación extraña recorrió su cuerpo. Era como si una corriente eléctrica lo conectara con la tierra misma, con la historia y el tiempo. Sin embargo, no le prestó mucha atención a esa sensación. Estaba demasiado absorto en la magnificencia del lugar. Cada grieta, cada imperfección en la roca, le contaba una historia. Se sentía pequeño e insignificante, pero al mismo tiempo, parte de algo mucho más grande. El anciano continuó explorando el valle, sus ojos brillando con la curiosidad de un niño. Cada paso que daba, cada roca que tocaba, le revelaba un nuevo misterio. Sentía una paz profunda, una conexión con la naturaleza que nunca antes había experimentado. Y aunque su cuerpo estaba cansado, su espíritu se sentía rejuvenecido.
Don Ernesto, consciente de que la noche se acercaba rápidamente, decidió que era momento de buscar un lugar donde pasar la noche. Avanzó unos metros entre las imponentes rocas de piedra caliza, se dio cuenta que sus pasos iban resonando en el silencio del valle. De repente, una formación rocosa llamó su atención. Era una roca con una concavidad circular casi perfecta, como si fuese la cuenca de un ojo de un cráneo enorme. La imagen le resultó tan absurda que no pudo evitar soltar una carcajada y su risa se amplificó en el aire tranquilo de la noche. Con una sonrisa en el rostro, don Ernesto se adentró en la cueva. El espacio era acogedor, protegido del viento y el frío, con suficiente espacio para estirarse cómodamente. Sacó su saco de dormir térmico y lo extendió sobre el suelo rocoso. La sensación de preparar su refugio en un lugar tan peculiar le resultaba extrañamente reconfortante. Para asegurarse de no tener compañía inesperada durante la noche, don Ernesto encendió una pequeña fogata en la entrada de la cueva. Las llamas danzaban alegremente, proyectando sombras caprichosas en las paredes de piedra. El calor del fuego y el crepitar de la leña le brindaban una sensación de seguridad y tranquilidad.
Mientras se acomodaba en su saco de dormir, don Ernesto no podía dejar de maravillarse ante la belleza y el misterio del lugar. Las paredes de la cueva, iluminadas por la luz del fuego, parecían cobrar vida, revelando formas y figuras que su imaginación transformaba en historias antiguas. Sentía una conexión profunda con la naturaleza, una sensación de pertenencia que nunca antes había experimentado. A medida que el cansancio comenzaba a apoderarse de él, don Ernesto cerró los ojos, agradecido por haber encontrado ese refugio en medio del valle. Su mente se llenó de sueños y recuerdos, y pronto, el anciano se sumió en un sueño profundo y reparador, acompañado por el suave murmullo del viento y el calor de la fogata.
El anciano despertó temprano al día siguiente, sintiendo el aire fresco de la mañana en su rostro. Se sienta y se estira, notando que, a pesar del esfuerzo del día anterior, su cuerpo se siente sorprendentemente bien. Desayuna una barra energética y bebe de su malteada favorita, disfrutando del sabor familiar que le da fuerzas para el día que comienza. Decidido a seguir explorando, don Ernesto recoge sus pertenencias y se pone en marcha. Observa que las rocas calizas se extienden por aproximadamente un kilómetro en tres direcciones diferentes. Después de un momento de reflexión, decide avanzar por la derecha, donde las rocas forman una especie de largo brazo que parece invitarlo a trepar. El paisaje a su alrededor es impresionante. Las rocas, con sus formas caprichosas y sus tonos grises y blancos, contrastan con el cielo azul claro. A lo lejos, puede ver algunas aves planeando, y el sonido del viento entre las rocas crea una melodía suave y constante. La vegetación es escasa, pero aquí y allá, pequeños arbustos y flores silvestres añaden toques de color al entorno rocoso.
Don Ernesto siente que el viaje lo ha rejuvenecido un poco. Con una energía renovada, se anima a caminar entre las rocas sin reflexionar en lo peligroso que puede ser eso para alguien de su edad. Cada paso que da, cada roca que escala, lo llena de una sensación de logro y libertad. Se siente como un joven aventurero, explorando un mundo nuevo y desconocido. A medida que avanza, no puede evitar sonreír. La emoción de la exploración, la belleza del paisaje y la sensación de estar en armonía con la naturaleza lo llenan de una felicidad profunda. Aunque sabe que debe ser cauteloso, decide disfrutar del momento y dejarse llevar por la aventura. Don Ernesto, lleno de energía y entusiasmo, continuaba su exploración entre las rocas calizas. Sin embargo, al intentar bajar de una roca particularmente alta, su pie resbaló en una pequeña grieta. En ese instante, el tiempo pareció ralentizarse. Sintió cómo su equilibrio se desvanecía y, a pesar de sus esfuerzos por aferrarse a la roca, sus fuerzas no fueron suficientes. La caída fue violenta. Mientras descendía, una roca afilada perforó su ropa y sintió un dolor agudo en su brazo derecho. Un líquido muy rojo comenzó a brotar, manchando su ropa y la roca. El anciano apenas tuvo tiempo de procesar lo que estaba ocurriendo antes de impactar contra el suelo.
Afortunadamente, el golpe fue amortiguado en parte por su mochila, evitando que su cabeza golpeara directamente contra las rocas. Sin embargo, el dolor en su brazo era insoportable. Un calor intenso se extendía desde la herida, y antes de perder la conciencia, don Ernesto tuvo la extraña sensación de que las rocas a su alrededor emanaban un calor sofocante. En su estado de conmoción, creyó ver una tenue luz turquesa irradiando de las piedras, como si el valle mismo estuviera vivo y observándolo. El dolor en su brazo se intensificó, y con un último suspiro, don Ernesto se sumió en la oscuridad. La escena quedó en silencio, con solo el eco del viento y el murmullo lejano de la naturaleza. El destino del anciano quedó incierto, una pregunta sin respuesta en el vasto y misterioso valle de rocas calizas.
(Continuará)
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