Ir al contenido principal

Sé Franco.

 

Tamara siempre había sentido que no encajaba del todo en el mundo que la rodeaba. Desde pequeña, los libros fueron su refugio y su escape. En el colegio, se destacaba por su habilidad para la lectura y su amor por la literatura. Siempre se ofrecía para leer en voz alta en la clase de Lenguaje, y sus compañeros la admiraban por su fluidez y pasión. La literatura latinoamericana era su favorita, y tenía una predilección especial por los autores chilenos. Skármeta, Allende, José Miguel Varas, Lemebel y Letelier eran sus compañeros constantes. Letelier, en particular, la fascinaba porque escribía sobre Iquique, su tierra natal.

Tamara se consideraba una ratona de biblioteca. Pasaba horas en el Centro de Recursos para el Aprendizaje (CRA) de su colegio, ayudando a la profesora Verónica, la encargada de la biblioteca. La maestra Verónica la consideraba su mano derecha, y juntas organizaban actividades para fomentar la lectura entre los estudiantes. Tamara disfrutaba cada momento en el CRA, rodeada de libros y compartiendo su amor por la lectura con otros.

Este año, Tamara descubrió una sección especial en el CRA que contenía libros de filosofía. Aunque le resultaban difíciles de entender, se sentía intrigada por las ideas de Platón, Aristóteles y otros filósofos. Sin embargo, en el colegio no había un profesor de filosofía a quien pudiera acudir, así que recurría a la profesora Noelia de Literatura. Noelia era una gran conversadora, pero sus charlas siempre terminaban girando en torno a novelas y poesía, más que a los complejos conceptos filosóficos que Tamara intentaba desentrañar.

A pesar de su amor por la lectura y su dedicación al CRA, Tamara no era completamente feliz. Enfrentar el mundo real le resultaba difícil. Nunca se había sentido muy femenina, y no precisamente porque se criara con sus innumerables primos en la parcela del tío Horacio en Curanipe desde los cinco años. Era algo más profundo, algo que no sabía cómo explicar ni entender, pero que no podía negar.

Este año, esa voz interior que le decía que fuera ella misma se hizo imposible de ignorar. Aunque el cambio le daba miedo, y como buena ratona de biblioteca no tenía muchos amigos con quienes hablar de estos temas, Tamara sabía que debía enfrentarlo. Había leído cientos de historias, pero en ninguna encontraba un personaje que viviera, sintiera o experimentara lo que ella estaba pasando.

Un día, después de salir de la ducha, se miró desnuda frente al espejo del enorme ropero que su abuela dejó como herencia en su casa. Al mirarse, vio en su interior y no estaba ella ahí; había otra persona que la observaba. Era un chico, con otro nombre, otra actitud, listo para otra historia, no la suya. Se sorprendió tanto que se tiró al suelo y lloró. "¿Qué rayos sucede conmigo?", se preguntó. Y una voz en su cabeza le respondió: "Sé franca contigo y serás libre". Esa experiencia fue el detonante de todo lo que sucedió a partir de ese momento.

Ha pasado un año desde entonces, y ahora Tamara ha logrado que la profesora Verónica y la profesora Noelia se refieran a ella por su nuevo nombre: Franco. Hoy, Franco sigue siendo la mano derecha de la encargada del CRA de su colegio. La capellana lo observa con recelo, pero muy en el fondo sabe que ahora es una persona feliz. Como dijo Letelier en uno de sus libros favoritos: "La libertad no es un regalo, es una conquista". Franco ha conquistado su libertad y, con ella, su felicidad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Niño raro.

La mañana se derramaba con la rutina de siempre, esa cadencia lenta que, en el oficio de maestro, te arrastra a un modo automático, como si los gestos y las palabras surgieran de una maquinaria invisible que ya no necesita órdenes. A veces, sin embargo, un destello irrumpe —un segundo de lucidez o de extrañeza— y ese instante basta para sobrevivir a la vorágine de emociones que significa trabajar con adolescentes. Con los años, uno desarrolla un sentido que no figura en los manuales: un tercer ojo que no adivina el futuro, pero sabe leer la humedad en un párpado, la fractura invisible de un corazón, o ese chispazo del alma que ni siquiera su dueño ha notado. No es magia ni pedagogía esotérica: es una costumbre afinada, un instrumento secreto que todos los maestros llevan, aunque pocos se detengan a afinarlo. —¿Por qué me dice “niño raro”, maestro? ¿Acaso se burla de mí?— Alonso. El más raro de todos. Y no por el rostro herido de acné, ni por esos lentes enormes que parecen multiplicar ...

La última historia.

 Quedaba un último ritual, el más arduo, el más definitivo. La habitación de mi madre permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante de su partida. Cada objeto seguía en su sitio, cada prenda aguardaba en silencio, y nosotros habíamos decretado que aquel espacio sería un santuario: un refugio de paz, un lugar donde su presencia se mantuviera viva. Pero la verdad era otra. Todo aquello era apenas un simulacro, buenas intenciones sin raíz, un espejismo de consuelo. El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda. Habíamos hablado de compartir ese momento: separar su...

Dejar huella.

Lo que para muchos fue una sorpresa, para mí ya era una certeza quieta, de esas que se intuyen mucho antes de que el mundo las confirme. El correo del director llegó como llegan todos: seco, sin adornos, sin la menor intención de conmover. Anunciaba que Sahil, el joven profesor de Filosofía, partiría en unas semanas. Había sido aceptado en una beca para continuar sus estudios en Edimburgo. Cruzaría el océano para cambiar los cielos abrasados del norte por un país de lluvias interminables y calles que huelen a historia. Me alegra por él. Lo digo con sinceridad. Aunque entre nosotros hay más de una década de diferencia —yo, casi trece años encerrado entre aulas y recreos; él, recién dos años explorando este oficio—, su presencia supo renovar algo en mí. No fue solo su inteligencia, ni su manera de pensar en voz alta, sino esa forma suya de estar: lúcida, presente, sin estridencias. Me va a doler no verlo más sentado junto al equipo, compartiendo el ritual ya necesario de hablar de lo que...