Ir al contenido principal

Selfie.

 

Ghrak’vin, un alienígena del planeta Remulax, era una figura imponente. Alto, de piel azul y ojos saltones, destacaba por su trompa delgada de treinta centímetros que sobresalía de su nuca y un tentáculo del mismo tamaño en la zona de la mollera. Sus dedos delgados y nudosos completaban su apariencia única. Vestía el uniforme azul y plateado de la Oficina de Exploración e Investigación Espacial de su planeta, un atuendo que simbolizaba su dedicación a la ciencia y la exploración.

A pesar de las estrictas normas de Remulax, que prohibían descender a la Tierra por considerarla demasiado salvaje y primitiva, la insaciable curiosidad de Ghrak’vin lo llevó a desobedecer las órdenes. Sin tomar las precauciones necesarias, se materializó en una concurrida calle de Santiago, conocida como Ahumada. La elección del lugar no fue casual; la palabra "Ahumada" le recordaba a "A'kum Ada", que en su planeta significaba "bienvenido".

Para su sorpresa, su aparición no causó el caos que había anticipado. En lugar de huir aterrorizadas, las personas se acercaron con entusiasmo, creyendo que era parte de un espectáculo callejero, un pasacalle quizás del Teatro a Mil o del Cirque du Soleil. La gente comenzó a tomarse fotografías con él, un acto que dejó a Ghrak’vin profundamente impactado. En Remulax, la individualidad no era un privilegio; todo giraba en torno al autarca superior y el comportamiento social estaba estrictamente regulado.

Este simple acto de libertad, una fotografía, resonó profundamente en Ghrak’vin. Adaptó rápidamente su unidad de escaneo para capturar emulsiones digitales, guardándolas como si fueran los tesoros de un pirata intergaláctico. Cada imagen representaba un momento de libertad y expresión individual, algo que nunca había experimentado en su planeta natal.

Durante su estancia en la Tierra, Ghrak’vin también descubrió la increíble diversidad cultural del planeta. En Santiago, observó una mezcla de tradiciones, idiomas y costumbres que contrastaban fuertemente con la uniformidad de Remulax. Asistió a festivales, probó comidas locales y aprendió sobre la historia y las tradiciones de los humanos. Visitó cada uno de los museos y lugares históricos de la ciudad, incluso pasó horas en la Biblioteca Nacional. Además, la forma en que los humanos interactuaban entre sí fue un descubrimiento revelador para Ghrak’vin. Notó la importancia de las relaciones personales, la empatía y la cooperación en la vida diaria. Estas observaciones le hicieron cuestionar las rígidas normas sociales de su propio planeta.

La experiencia en la Tierra transformó a Ghrak’vin. Comenzó a cuestionar las rígidas normas de su sociedad y a valorar la libertad y la creatividad que había observado en los humanos. Ahora comprendía la verdadera razón por la cual este planeta era territorio prohibido. Aunque sabía que eventualmente tendría que regresar a Remulax y enfrentar las consecuencias de su desobediencia, Ghrak’vin estaba decidido a llevar consigo las lecciones aprendidas en la Tierra para compartirlas con todos. Soñaba con un futuro donde la individualidad y la creatividad pudieran florecer en su planeta, inspirando a otros a explorar y a cuestionar el status quo.

Así, Ghrak’vin se convirtió en un símbolo de cambio y esperanza, un explorador no solo de mundos, sino también de ideas y posibilidades. Su historia, aunque comenzó con una simple curiosidad, terminó siendo una epopeya de transformación y descubrimiento, tanto personal como cultural.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Niño raro.

La mañana se derramaba con la rutina de siempre, esa cadencia lenta que, en el oficio de maestro, te arrastra a un modo automático, como si los gestos y las palabras surgieran de una maquinaria invisible que ya no necesita órdenes. A veces, sin embargo, un destello irrumpe —un segundo de lucidez o de extrañeza— y ese instante basta para sobrevivir a la vorágine de emociones que significa trabajar con adolescentes. Con los años, uno desarrolla un sentido que no figura en los manuales: un tercer ojo que no adivina el futuro, pero sabe leer la humedad en un párpado, la fractura invisible de un corazón, o ese chispazo del alma que ni siquiera su dueño ha notado. No es magia ni pedagogía esotérica: es una costumbre afinada, un instrumento secreto que todos los maestros llevan, aunque pocos se detengan a afinarlo. —¿Por qué me dice “niño raro”, maestro? ¿Acaso se burla de mí?— Alonso. El más raro de todos. Y no por el rostro herido de acné, ni por esos lentes enormes que parecen multiplicar ...

La última historia.

 Quedaba un último ritual, el más arduo, el más definitivo. La habitación de mi madre permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante de su partida. Cada objeto seguía en su sitio, cada prenda aguardaba en silencio, y nosotros habíamos decretado que aquel espacio sería un santuario: un refugio de paz, un lugar donde su presencia se mantuviera viva. Pero la verdad era otra. Todo aquello era apenas un simulacro, buenas intenciones sin raíz, un espejismo de consuelo. El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda. Habíamos hablado de compartir ese momento: separar su...

Dejar huella.

Lo que para muchos fue una sorpresa, para mí ya era una certeza quieta, de esas que se intuyen mucho antes de que el mundo las confirme. El correo del director llegó como llegan todos: seco, sin adornos, sin la menor intención de conmover. Anunciaba que Sahil, el joven profesor de Filosofía, partiría en unas semanas. Había sido aceptado en una beca para continuar sus estudios en Edimburgo. Cruzaría el océano para cambiar los cielos abrasados del norte por un país de lluvias interminables y calles que huelen a historia. Me alegra por él. Lo digo con sinceridad. Aunque entre nosotros hay más de una década de diferencia —yo, casi trece años encerrado entre aulas y recreos; él, recién dos años explorando este oficio—, su presencia supo renovar algo en mí. No fue solo su inteligencia, ni su manera de pensar en voz alta, sino esa forma suya de estar: lúcida, presente, sin estridencias. Me va a doler no verlo más sentado junto al equipo, compartiendo el ritual ya necesario de hablar de lo que...