Hace mucho tiempo que he tratado de escribir esta historia, aunque realmente creo que es la historia la que intenta desesperadamente que la escriba. Señales del universo, por así decirlo. Esa expresión polémica la he visto una y otra vez en los lugares más inverosímiles. En el vidrio trasero del colectivo, en el respaldo de un asiento en la micro, en una banca de concreto en la playa y hoy la vi estampada en una remera. La firme presencia de la expresión en el ecosistema urbano le asigna una validez casi a la altura de una verdad universal. Quizás un Moisés contemporáneo que, a falta de tablas de piedra, ha preferido un enfoque más alternativo. Un arte de intervención urbana, ciertamente, porque ahora que recuerdo también he visto la expresión grafiteada en más de una muralla solitaria.
Pero detengámonos un momento en la génesis que le dio origen a la expresión. Sin lugar a dudas, son cientos los corazones rotos que hay en este mundo. Y es seguramente algo que afecta transversalmente todos los estratos de la sociedad casi de la misma manera. ¿Es lo mismo llorar por la María Paz o por la Wendeline? Ciertamente no veo la diferencia entre un corazón roto y otro, al final es lo mismo. Desde la emancipación del sexo débil, en buena hora por cierto, la manera en que los actores que se enfrentan en este gran teatro del mundo ha cambiado significativamente. La bella e inocente princesa ya no existe y el príncipe azul perdió su color y abolengo hace mucho. El dramatis personae tiene más Maléficas y Cruelas que princesas Auroras en su reparto. Con ese antecedente, no me extraña que la expresión forme parte tan presente y activa actualmente en la ciudad.
La ciudad misma parece un reflejo de estos cambios. Las calles, antes llenas de cuentos de hadas y promesas de amor eterno, ahora están cubiertas de grafitis que cuentan historias de desilusión y resistencia. Los muros hablan, y sus mensajes son claros: el amor no es un cuento de hadas, es una batalla constante. En cada esquina, en cada rincón, se siente la presencia de esos corazones rotos que han dejado su marca, como un recordatorio de que el dolor es universal y atemporal.
Y así, la expresión sigue apareciendo, como un eco de las voces que no pueden ser silenciadas. Es un grito de guerra, una declaración de independencia emocional. Es la prueba de que, a pesar de todo, seguimos adelante, buscando sentido en medio del caos. Porque al final del día, todos somos parte de esta gran obra de teatro, y cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar, por pequeño que sea.
La historia que intento escribir no es solo mía, es de todos aquellos que han amado y perdido, que han luchado y caído, pero que se han levantado una y otra vez. Es una historia de resiliencia, de esperanza y de la eterna búsqueda de la verdad en un mundo que a menudo parece carecer de ella. Y quizás, solo quizás, al escribirla, encuentre un poco de paz en medio de la tormenta.
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