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ACE: Blanco Encalada.

La tercera y última nave de la flota espacial de la Armada Chilena era la ACE Blanco Encalada. Estas naves, dedicadas a la exploración e investigación planetaria, se distinguían notablemente de las naves chinas o rusas, que estaban fuertemente armadas. La Armada chilena decidió bautizarlas en honor a las fragatas que participaron en la Guerra del Pacífico, asignándoles misiones específicas y diferenciadas. La ACE Esmeralda, nave insignia de la flota, perpetuaba la larga tradición de la Armada, destinada al entrenamiento de nuevas tripulaciones en el espacio por lo que no abandonaba jamás el Sistema Solar. En contraste, la ACE Cochrane tenía la misión de llegar al planeta Próxima Centauri B para realizar diversas investigaciones y evaluar la posibilidad de establecer una nueva colonia, Nueva Calama. Finalmente, a la ACE Blanco Encalada se le encomendó la tarea de alcanzar el planeta Teegarden B con un objetivo similar de exploración. Sin embargo, muchos de nosotros conocíamos la historia de la USS Kennedy, lo que nos hacía intuir que, de alguna manera, nuestra misión estaría relacionada con ella.

Tras la devastadora Tercera Guerra Mundial, los norteamericanos sufrieron una derrota aplastante, su población fue casi por poco diezmada y tres cuartas partes de su territorio terminaron sumergidas bajo el océano Atlántico. Con los escasos recursos que les quedaban y bajo la estricta vigilancia del gobierno mundial, solo pudieron construir una única nave de exploración, la USS Kennedy. Se dice que su misión era llegar hasta el planeta Teegarden B y establecer una colonia allí, pero nunca se tuvo noticia de la nave ni de sus tripulantes. Algunos creen que lograron fundar una colonia y decidieron romper todo contacto con el resto de la humanidad, lo cual parecía una decisión lógica dada su situación postbélica. Sin embargo, la imaginación popular dejó espacio para teorías más enigmáticas y misteriosas.

El viaje a Teegarden B nos tomó poco más de cincuenta días, durante los cuales todos estábamos tan absortos en nuestras asignaciones que no había espacio para teorías conspirativas sobre una nave desaparecida. A diferencia de la ACE Cochrane, que había tardado más de un año en llegar a Próxima Centauri B, el capitán mostraba una prisa ansiosa por alcanzar nuestro destino. 

Un día, mientras conversábamos con la teniente Castañeda, quien ocasionalmente cubría el turno nocturno en el panel de comunicaciones del puente principal, nos reveló que continuas transmisiones codificadas llegaban desde la Tierra, todas en inglés y dirigidas exclusivamente a la cabina del capitán. Aunque la cantidad de mensajería codificada no nos sorprendía, el hermetismo en torno a esos mensajes se convirtió en el tema favorito de nuestras conversaciones durante las horas de descanso.

Lo que terminó por confirmar todos los rumores fue la misteriosa presencia de un individuo en una ceremonia organizada por el capitán en el hangar principal, a la que todos asistimos. "¿En qué momento subió ese gringo?" exclamó el cadete Laura con su habitual desatino, que ya le había ganado la antipatía de más de un subteniente en más de una ocasión.

Aguardamos casi un mes en órbita antes de finalmente bajar al planeta. Durante ese tiempo, todos fuimos confinados a nuestras divisiones con turnos dobles. Realizamos cientos de escaneos y análisis de una región específica del planeta, perdiendo la cuenta de cuántos drones de mapeo autónomo fueron desplegados. Resultaba incomprensible esperar tanto tiempo para decidir enviar un destacamento al planeta y hacer lo mismo que hacíamos desde la órbita, pero con nuestros propios ojos. No tenía sentido haber viajado doce años luz solo para observar desde el cielo. Como pueden imaginar, aunque estuviéramos en el espacio y fuéramos el orgullo de la armada chilena, tarde o temprano sucumbimos a los rumores y las teorías más disparatadas comenzaron a parecer una escalofriante realidad.

Dado que mi especialidad es la exobiología, con un enfoque en formas fúngicas, fui seleccionado para la misión. Cuando recibí la asignación, jamás se me ocurrió interpretar la verdadera razón por la que formaría parte del grupo que descendería al planeta. Teegarden B es un vasto bosque, con una vegetación única y singular, y una fauna arbórea sin depredadores, por lo que supuse que mi asignación era lógica.

Mis sospechas comenzaron a surgir cuando llegué al hangar número seis, donde se encontraba el módulo suborbital que nos llevaría al planeta. Sabía que teníamos trajes especiales con una cubierta de cobre, pero como habíamos sido entrenados con los tradicionales, fue una sorpresa cuando nos los entregaron. Eran más cómodos y contaban con una IA de apoyo que escaneaba y entregaba reportes a medida que caminábamos.

Cuando las puertas del módulo se abrieron, no pude ignorar el torrente de ideas que abrumó mi mente. Todos quedamos en shock y solo reaccionamos cuando el teniente Ibacache comenzó a gritarnos. En lugar de encontrarnos en medio de un bosque con árboles altos y una vegetación exótica y exuberante, nos sorprendió la visión de un pueblo fantasma de metal en medio de un claro junto al bosque.

Tras recibir mis instrucciones, me adentré en una exhaustiva exploración del pueblo abandonado, sumergiéndome en un paisaje desolado y silencioso. La inteligencia artificial integrada en mi traje táctico, me proporcionó una evaluación inicial: el lugar había sido abandonado de manera repentina, sin señales evidentes de evacuación o ataque. Sin embargo, mi curiosidad se avivó al descubrir la presencia residual de formas fúngicas en el interior de las viviendas, como si hubieran sido los últimos testigos de la vida en aquel lugar.

A medida que avanzaba por las estrechas calles flanqueadas por casas vacías, observé cómo la naturaleza había comenzado a reclamar su territorio. La vegetación había crecido exuberante en varios sectores de la ciudad, cubriendo de ramas y plantas todo el sector sur del poblado. Esta imagen me llevó a considerar la posibilidad de un desastre ecológico o una catástrofe biológica.

Mi mente se inundó de hipótesis y preguntas. ¿Qué había sucedido en aquel lugar? ¿Qué relación existía entre los hongos y el abandono del pueblo? Compartí mis observaciones con la IA, esperando su análisis experto, pero su silencio fue inquietante.

La falta de respuesta de la Inteligencia Artificial me generó desconfianza. ¿Estaba limitada por algún protocolo de seguridad o había algo más en juego? Mi instinto científico me impulsó a seguir investigando. Continué realizando escaneos mientras que en mi cabeza se formulaban una serie de interrogantes.  Este descubrimiento, ¿era la respuesta de la desaparición de la USS Kennedy y su tripulación?

Con la mente llena de interrogantes y teorías, regresé al módulo suborbital, ansioso por compartir todos mis hallazgos con mis compañeros del turno alfa de la división científica 63-C. La noche prometía ser larga y llena de debates.

 

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