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Derrotar al miedo.


Cuando la periodista que cubría el campeonato de la Liga Nacional de Básquetbol les preguntó sus nombres, Leandro Galleguillos y Alejandro Páez estaban tan absortos en la emoción del momento que tardaron en reaccionar. Finalmente, respondieron casi a gritos, sus voces resonando al unísono. Amigos inseparables y compañeros de curso en el colegio Santa María de Copiapó, habían levantado juntos la copa del Campeonato Regional de Básquetbol 3x3 apenas un mes antes, derrotando a equipos de Vallenar, Huasco e incluso humillando a sus archienemigos de la Scuola Italiana. Esa hazaña les valió una invitación para participar en la LNB, que se celebraría en la ciudad de Quilpué.

El viernes anterior al viaje a la Quinta Región, el director Quintana les organizó una ceremonia especial por la mañana. Incluso su profesor jefe, el maestro Ponce de León, los elogió como héroes. Fue un momento emocionante para los doce estudiantes del colegio que se embarcaban en la aventura más audaz de sus vidas. Aquella mañana no había espacio para la duda o el miedo; sus corazones estaban tan henchidos de orgullo que parecía que nada podría vencerlos.

La llegada a Quilpué fue un torbellino de emociones para Leandro y Alejandro. Sus corazones latían con fuerza al bajar del bus, la ciudad los recibía con una vibrante energía que nunca habían experimentado. Sus ojos brillaban de emoción al ver los enormes pabellones deportivos y la multitud de jóvenes deportistas con uniformes impecables. Todo parecía sacado de una película.

El primer encuentro del torneo, entre el Colegio Los Leones de Santiago y el Liceo Español de Osorno, fue un espectáculo asombroso. Los movimientos coordinados, las jugadas precisas y la velocidad con la que se desarrollaba el juego eran algo fuera de su alcance. Leandro y Alejandro miraban boquiabiertos, sintiendo que estaban presenciando algo muy superior a todo lo que habían visto antes.

A medida que el partido avanzaba, una sombra de desilusión comenzó a nublar su entusiasmo. No podían evitar compararse con aquellos jugadores que parecían invencibles en la cancha. Sentían el peso de la realidad aplastando sus esperanzas de triunfo. "¿Cómo vamos a competir contra ellos?", pensó Leandro, mientras Alejandro asentía en silencio, compartiendo el mismo miedo. El maestro de deportes, don Ricardo, notó la expresión preocupada en sus rostros. Se acercó a ellos con una sonrisa alentadora y una mirada firme. "Chicos, vengan un momento," dijo, guiándolos hacia un rincón tranquilo del pabellón. "Sé que ver a esos equipos en acción puede ser intimidante, pero quiero que recuerden algo." Leandro y Alejandro levantaron la vista, esperando sus palabras con atención. "El miedo que sienten ahora es natural, pero no debe detenerlos. Este es solo el primer paso en un viaje de aprendizaje. Cada uno de esos jugadores también estuvo en sus zapatos alguna vez. Lo importante es derrotar ese miedo dentro de ustedes antes de preocuparse por derrotar a otro equipo."

Los chicos asintieron, absorbiendo cada palabra. "Recuerden por qué están aquí," continuó don Ricardo. "No se trata solo de ganar, sino de aprender, mejorar y dar lo mejor de ustedes mismos. Han llegado hasta aquí por su dedicación y trabajo duro. No permitan que el miedo apague esa llama." Alejandro, sintiendo un renovado sentido de propósito, miró a Leandro con determinación. "Tienes razón, profe. No vamos a rendirnos ahora." Leandro sonrió, encontrando fuerzas en la camaradería de su amigo y las palabras de aliento de don Ricardo. "Sí, vamos a darlo todo en la cancha."

Mientras se preparaban para su primer partido, la desilusión fue reemplazada por un renovado compromiso. Sabían que el camino por delante sería difícil, pero estaban decididos a enfrentar cada desafío con valentía y esfuerzo. Quilpué se convirtió en el escenario de no solo una competencia, sino de un invaluable aprendizaje y crecimiento personal.

El regreso al colegio Santa María de Copiapó fue silencioso y reflexivo. Leandro y Alejandro, junto con sus compañeros, sentían el peso de no haber pasado de la segunda ronda. Había una mezcla de tristeza y resignación en sus rostros mientras bajaban del bus escolar. Alguien mencionó que el lunes habría una ceremonia para recibirlos como héroes, pero la idea parecía fuera de lugar para ellos. ¿Cómo podían ser reconocidos cuando sentían que habían fallado?

Ese lunes por la mañana, el gimnasio del colegio estaba lleno. Estudiantes, profesores y padres habían acudido para recibir al equipo. Leandro y Alejandro, en primera fila, se sentían abrumados por el calor de la bienvenida. Sin embargo, la sensación de no merecer ese reconocimiento los atormentaba.

El profesor jefe, el maestro Ponce de León, tomó la palabra. Su voz resonó con orgullo y firmeza. "Hoy recibimos a nuestros estudiantes con un inmenso orgullo," comenzó. "No porque hayan traído un trofeo, sino porque demostraron el verdadero espíritu de la perseverancia. Estos jóvenes se enfrentaron a equipos de un nivel superior, pero no dejaron que el miedo los derrotara. Dieron todo en la cancha, y ese es el verdadero triunfo."

Los estudiantes del equipo sintieron un nudo en la garganta. Las palabras de su maestro eran un bálsamo para sus corazones. "El ejemplo que nos traen no es de victoria fácil, sino de lucha incansable," continuó Ponce de León. "Nos han enseñado que la verdadera grandeza no está en ganar siempre, sino en nunca dejar de intentarlo. La energía y determinación que demostraron es el verdadero regalo que nos traen a todos."

El gimnasio estalló en aplausos. Leandro y Alejandro se miraron, encontrando en los ojos del otro una chispa de esperanza renovada. Sabían que su camino no terminaba aquí. El orgullo de su comunidad y el ejemplo que habían mostrado les daban una nueva fuerza. Estaban decididos a seguir entrenando, a mejorar cada día, y a regresar más fuertes. La aventura en Quilpué había sido solo el comienzo de una historia de perseverancia y crecimiento que apenas empezaba.

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