Hace seis años, la vida de Segismundo cambió drásticamente cuando le diagnosticaron una rara condición médica: un síndrome autoinmune que impactaría profundamente en muchos aspectos de su vida. De la noche a la mañana, comenzó a tomar nueve pastillas diarias.
Segismundo nació en Santiago, pero se trasladó a Iquique para estudiar en la universidad local y luego continuó trabajando en un colegio de prestigio, lo que lo motivó a quedarse en el norte del país. Aunque mantenía una comunicación constante con su familia en la capital, no tenía una relación estrecha con ellos. Como el hijo menor de tres hermanos, con más de doce años de diferencia con su hermano del medio, nunca desarrolló una conexión sólida para compartir cosas muy personales. Así que, tanto por la distancia física como emocional, Segismundo decidió enfrentar su nueva condición solo.
Afortunadamente, sus doctoras se convirtieron en su círculo más cercano y de confianza. La médico que había tratado su tiroides lo recomendó a una amiga nefróloga de prestigio que había llegado a la ciudad unos meses antes. La dedicación y el cuidado que ambas le brindaban lo abrumaban. Aunque estaba feliz de ser atendido por dos mujeres bellísimas e inteligentes, también sentía miedo por tanta atención.
En esa época, Segismundo no quiso investigar sobre su condición y se limitaba a preguntar diligentemente a sus doctoras todo lo que necesitaba saber sobre cómo debía actuar. La palabra "autoinmune" y el hecho de consumir nueve pastillas al día eran un recordatorio constante de que algo malo pasaba con su cuerpo. Lo que más lo perturbaba era que no había síntomas evidentes ni limitaciones diferentes a las que ya tenía por su mala condición física.
La dieta fue un aspecto al que tuvo que prestar mucha atención. Sus doctoras le recomendaron consultar con una nutricionista cardiorenal, quien supuestamente le ayudaría a establecer una nueva dieta. Sin embargo, la nutricionista vivía en una realidad donde las personas tenían una legión de sirvientes y chefs dedicados a preparar sus comidas. Para el resto de los mortales, sus recomendaciones eran solo eso, meras sugerencias. Los plátanos y los mariscos, que siempre había preferido, quedaron fuera de su vida.
Un año después del diagnóstico, Segismundo seguía tomando nueve pastillas diarias y cuidando su ingesta de sodio, potasio, creatinina y otros conceptos que nunca antes le habían preocupado. Cada seis meses, recolectaba orina en una botella y se hacía exámenes de sangre para monitorear la enfermedad. Su estado de ánimo se vio gravemente afectado. Como medio de protección, se refugió en su trabajo, una medida de escape que había utilizado mucho antes del diagnóstico. Al llegar a su departamento, sus pensamientos se volvían sombríos y muchas veces lloraba antes de dormir.
El día que fue a la consulta con un nefrólogo en Santiago, se sintió como si se ofreciera voluntariamente al matadero. El médico le dijo que prácticamente debía ser incluido en la lista de candidatos a trasplante. Esa visita lo llevó directamente a un quirófano para una biopsia, coronando el escenario diabólico que había creado el cirujano. Afortunadamente, el universo estaba del lado de Segismundo y los médicos no encontraron nada malo.
En su regreso a Iquique, Segismundo comenzó a experimentar un cambio profundo. Se dio cuenta de que las sombras a su alrededor intentaban socavar su temple, y su llama interior, algo marchita, no le permitía estar realmente bien. Bajó del avión renovado, pero sabía que el verdadero cambio tomaría mucho más tiempo. Con la ayuda de la familia que la vida le había puesto a su lado, se abrió a posibilidades que nunca antes había considerado.
La pareja de uno de sus amigos siempre le hablaba de las energías y el poder del universo. Aunque inicialmente se mostró escéptico y reservado, fue precisamente esa apertura lo que le permitió cambiar. Fernanda le decía que debía cambiar su frecuencia de vibración y siempre tenía argumentos y consejos que lo reconfortaban. Sin abandonar su natural escepticismo, Segismundo se entregó completamente a los designios del universo.
Durante los años de la pandemia, el confinamiento ayudó en su transformación. Casi perdió la razón, sufrió ataques de ansiedad, se le agotaron las lágrimas y los calambres, efectos secundarios de su enfermedad, lo atacaban con frecuencia. Los médicos sugirieron un tratamiento con corticoides, pero el fuego interior de Segismundo se había reavivado. Verse al espejo, hinchado por la medicación, no fue suficiente para mitigar su fulgor interior. Salió del confinamiento renovado.
Ese año, Segismundo tuvo la fortuna de trabajar en un colegio muy vulnerable, donde conoció a jóvenes que lo enriquecieron de maneras que jamás imaginó. Hoy, Segismundo es un hombre nuevo. Ha perdido la cuenta de cuántas veces camina por la calle con una sonrisa infantil y honesta. Ha perdido la cuenta de cuántas veces se despierta por las mañanas con una sonrisa y con ánimo, sin importar lo agotador que el día se avecine.
En una visita a su familia en Santiago, salió a caminar con su sobrina por el barrio donde viven. De repente, un grupo de perros comenzó a ladrarles de manera amenazante. Segismundo no les prestó atención; estaba absorto observando cómo unos gorriones intentaban comer de las ciruelas maduras de un árbol. Su sobrina, creyendo que lo peor iba a pasar, se acercó a él. Sin embargo, cuando los tres enormes perros llegaron junto a Segismundo, se detuvieron en seco, lo olieron y se quedaron a su lado. Su sobrina, pálida y al borde del desmayo, no lo podía creer. Segismundo les devolvió una sonrisa a los perros, y ellos emprendieron su carrera de regreso a sus asuntos.
Segismundo no es inmune a los problemas o vicisitudes que enfrenta a diario como profesor, pero ahora los enfrenta con una actitud y voluntad distintas. La semana pasada, su jefa le dijo que irradiaba una vibra positiva y eso lo reconfortó mucho. A pesar de que su rostro muestra los 47 años que tiene, su nueva actitud lo proyecta como alguien mucho más joven. Hoy fue al médico para su control semestral. Llegó al hospital irradiando una vibra muy alta y contagió a la chica de la ventanilla, a la enfermera que preparó su consulta y terminó riendo con el nefrólogo, quien lo felicitó por cuidarse y tener todos sus indicadores controlados.
Segismundo ya no consume nueve pastillas diarias; ahora solo toma tres, y se las dan en el hospital, por lo que son gratis. Segismundo tiene una nueva actitud para enfrentar la vida. Segismundo es feliz y tiene plena conciencia de serlo.

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