Mientras nos guiaba a nuestra mesa, nos describía con entusiasmo las delicias prohibidas para nuestras dietas. Luego nos dirigimos al patio interior, un oasis lleno de plantas y dominado por una impresionante fuente de piedra esculpida con figuras olmecas o mayas. Tomé a Susana por la cintura y la atraje hacia mí, sintiendo su respiración agitada por la emoción o el calor sofocante de Playa del Carmen en octubre.
Susana estaba preocupada por el colegio, donde era la única maestra de Biología. Su sentido de responsabilidad y profesionalismo me habían atraído desde el principio. A pesar de los pocos recursos del colegio, innovaba y motivaba a sus estudiantes. Sin embargo, su primera objeción al aceptar este viaje fue el temor a atrasarse con sus clases.
"Disfruta el ahora, Susana", le dije. "Nadie en el colegio va a desaparecer ni extrañará nuestra ausencia. Las clases seguirán como siempre y nuestros estudiantes estarán ahí cuando regresemos. Lo único que importa ahora somos nosotros, estos tacos de carne con guacamole y saber que somos felices".
Justo entonces, la joven que nos había recibido llegó con un regalo: dos vistosos vasos con agüita de Jamaica. "Regalo para la hermosa pareja", dijo con una sonrisa. Su gesto me ayudó a romper el estado sombrío de Susana.
"¿Te das cuenta cómo todo funciona a nuestro favor?", le dije. "¿Qué posibilidades teníamos de conocernos y enamorarnos? Dos solteros con vidas armadas, pero solitarias. No lamento no haberte conocido antes, porque creo que no hubiese sido igual. Nuestro encuentro fue precisamente en este momento de nuestras vidas, cuando ambos amamos y sufrimos por nuestro trabajo. Amo tu independencia y te agradezco por respetar la mía. Quiero aprovechar cada minuto contigo, sin pensar en nada más".
Susana sonrió, pero aún estaba preocupada por la licencia. "Recuerda que la doctora Sáez dijo que el amor es como una enfermedad", le dije. "Y ciertamente, ambos la hemos contraído. Son once días, Susana, pero espero que se conviertan en una vida entera contigo".
Después de almorzar, regresamos al hotel, un encantador lugar de blancas paredes y balcones de madera ubicado en Calle 8 norte, a pasos de la famosa Quinta Avenida en Playa del Carmen. Llenos hasta casi reventar después de un almuerzo copioso y prohibido, decidimos cambiarnos y salir a caminar por la ciudad, dejando que la tarde decidiera nuestro próximo paso.
Visitamos el museo de Frida Kahlo, justo frente al hotel, y recorrimos las tiendas de la Quinta Avenida en dirección al Parque de Los Fundadores. Era como si nada pareciera igual; tal vez era la energía del Caribe mexicano o el sentimiento tan fuerte que nos invadía. No sentía mis cuarenta y nueve años, y Susana no aparentaba sus cuarenta y siete. Caminábamos tomados de la mano, riendo y sorprendiéndonos con la ropa, joyas y la artesanía local, como niños en vacaciones.
Nos fotografiamos junto a unas elegantes señoras calaveras que dominaban la entrada a una tienda. Me probé cada sombrero de charro que encontré, cuanto más grande y vistoso, mejor. Susana, en cambio, no lograba decidirse por el sarape perfecto para llevar de recuerdo. "Venimos de Chile", le dije al señor que nos miraba con simpatía. Afortunadamente, en esta parte del mundo, los chilenos no tienen mala fama, así que pudimos sentirnos cómodos mientras comprábamos y reíamos.
Lo importante era que ambos estábamos más relajados que nunca. Era evidente que todas las preocupaciones habían sido disipadas gracias a la energía del lugar. A las 14:24 del miércoles 14 de octubre, bajo una enorme escultura mirando al mar, Susana y Marcelo, los maestros que se habían escapado como adolescentes, se besaron con intensidad y pasión. Se abrazaron, sintiendo sus corazones latir con fuerza. Eran como un torbellino de viento y agua, igual que los amantes que estaban sobre ellos, a quince metros del suelo. También deseaban que su amor fuese imperecedero, o al menos estaban decididos a hacerlo así.
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