Nunca he visto que exprese alguna emoción. Su rostro siempre muestra una expresión severa o incómoda, y cuando tienes la oportunidad de hablar con ella, sientes un irrefrenable deseo de salir corriendo. Todos mis compañeros de oficina tratan de evitarla, a pesar de que es la Coordinadora de Operaciones y está prácticamente involucrada en todo lo que hacemos durante el día, nuestra meta es evitarla. Fanática de los correos y de redactarlos con la mayor formalidad posible, esta resulta ser la mejor manera de interactuar con ella. Sin embargo, podríamos pensar que cuenta con una capacidad de gestión sin parangón, pero eso está muy lejos de ser verdad.
El verdadero pilar de esta oficina es la señora María Teresa. Esa veterana es una máquina; sabe todos los detalles de cada cuenta con la que trabajamos, todos los antecedentes, registros, y me imagino que conoce todas las transacciones pasadas, presentes y futuras de cada uno de nuestros clientes. Además, tiene un carácter tan dulce que parece la abuelita de todos en la oficina. Está claro que esta oficina se irá al traste cuando ella jubile o fallezca, porque no hay nadie más que pueda igualar su talento.
La señorita Samanta Rivera, la Coordinadora de Operaciones, es la mano derecha de la señora María Teresa, o al menos así debería ser. Sucede que la señorita Samanta es extraordinaria para seguir órdenes y procedimientos, pero solo eso, y ahí radica su principal defecto. No permite desviaciones y ciertamente jamás vas a poder convencerla de algún atajo o idea innovadora para conseguir el mismo resultado, incluso si la idea podría significar una ganancia. Es placentero ver a los nuevos empleados discutir con ella en las reuniones de los lunes. Es gracioso porque, por más que se esfuercen en presentarle razones fundamentadas sobre lo importante que es considerar más variables al trabajar en un proyecto, la señorita Samanta simplemente los ignora y les señala que deben seguir el plan al pie de la letra.
"Yo creo que esta mina es autista", dice Rolando, encargado del área de proveedores, a quien vemos siempre los miércoles salir de su oficina e ir directo a la sala de descanso luego de tratar de razonar con ella. Cuando entra a la sala donde nos encontramos para tomar el cafecito de mitad de mañana, Rolando se deja caer sobre el sofá, coge uno de los cojines de cuero, tapa su cara con él y lanza un desgarrador grito ahogado que inevitablemente todos escuchamos desde nuestros cubículos. Una carcajada generalizada y ahogada fluye de inmediato como en una falsa solidaridad con lo que le sucede.
Recuerdo el año 2020 cuando nos enteramos que la señorita Samanta se fue con licencia por un largo tiempo. En ese entonces, la señora María Teresa no estaba tan viejita y, con más energías, se hizo cargo de las operaciones de la oficina. Todos fuimos felices porque todo fluía y le encantaba que compartiéramos ideas locas con ella. Ciertamente eran en su mayoría descabelladas, pero la señora María Teresa siempre lograba coger algo de ellas y, con su gran conocimiento y experiencia, construía algo mejor. Sin duda fue el año en que más trabajo tuvimos; las jornadas se hicieron eternas, pero formábamos un equipo tan espectacular, tan integrado y reconocido, que no importaba lo cansados que termináramos al final de la jornada.
Obviamente, los rumores sobre la licencia de la señorita Samanta fueron nuestro tema de conversación en los cafés de la mañana, en el almuerzo y, por qué no decirlo, a toda hora. Según Imelda, la secretaria de dirección, se trataba de su prenatal, a lo que Rolando se oponía rotundamente, dándonos argumentos de lo más graciosos.
Cuando regresó al año siguiente, todo volvió a ser como antes, y tuvimos que soportarlo. Además, vimos cómo la energía aparentemente inagotable de la señora María Teresa comenzaba a menguar. La Coordinadora de Operaciones se volvió cada vez más indispensable, y nos acostumbramos nuevamente a ella, principalmente para asegurar la tranquilidad y salud de nuestra querida "Mami Tere", como solíamos llamarla en privado.
Un día, durante nuestro habitual café de mitad de mañana, Rolando irrumpió en la sala con una expresión conspirativa en el rostro. "¡Escuchen, escuchen!", exclamó, atrayendo la atención de todos. "Tengo una teoría sobre la señorita Samanta. ¡Es una reptiliana!"
Las risas estallaron de inmediato. "¿Una qué?", preguntó Imelda, tratando de contener la risa.
"Una reptiliana", repitió Rolando con seriedad. "Piensen en ello. Siempre está fría y calculadora, nunca muestra emociones, y su piel... ¿no les parece un poco escamosa a veces?"
"¡Vamos, Rolando!", dijo Carlos, el encargado de IT, entre carcajadas. "Eso es ridículo."
"¡No, en serio!", insistió Rolando. "¿No han notado cómo parpadea de lado a lado? ¡Es una señal clásica de los reptilianos!"
"¿Y qué hay de su obsesión con los correos formales?", añadió Marta, la asistente administrativa, con una sonrisa burlona. "¿Es para comunicarse con su planeta natal?"
La sala estalló en risas nuevamente. "¡Exacto!", dijo Rolando, aprovechando la broma. "Y su aversión a las ideas innovadoras... ¡es porque los reptilianos no pueden pensar fuera de la caja!"
Las risas y los comentarios jocosos continuaron, creando un ambiente de camaradería y diversión. Sin embargo, de repente, el murmullo se detuvo cuando alguien susurró: "¡Viene la Coordinadora de Operaciones!"
En un instante, todos nos dispersamos rápidamente, regresando a nuestros cubículos con una velocidad sorprendente. A lo lejos pude ver como Rolando, con una sonrisa cómplice, se dejaba caer en su silla, satisfecho de habernos animado la mañana.
Comentarios
Publicar un comentario