Francisco siempre había sido un observador silencioso del bullicio de Santiago. Desde niño, había aprendido a leer las expresiones de las personas, a entender sus historias sin necesidad de palabras. Hoy, mientras viajaba en el Metro, se encontraba una vez más inmerso en ese mar de rostros desconocidos.
Era octubre y el calor comenzaba a hacerse sentir en la ciudad. A pesar de que los trenes nuevos contaban con aire acondicionado, la mezcla de olores y la cercanía de los cuerpos hacían que el viaje fuera sofocante. Francisco, con su habitual prudencia, se colocó cerca de la puerta bloqueada del vagón. Sabía que su trayecto sería largo y prefería evitar los empujones de los santiaguinos apresurados y las miradas inquisitivas de las veteranas malhumoradas.
Desde pequeño, Francisco había desarrollado una ansiedad social que lo mantenía siempre alerta. Había aprendido a moverse con cautela en los espacios públicos, consciente de los amigos de lo ajeno y los ladrones de ocasión. En el Metro, el contacto físico estaba tácitamente prohibido, y él prefería concentrarse en los anuncios del vagón o en el mapa de estaciones, evitando así la incomodidad de las miradas directas.
Mientras el tren avanzaba, Francisco se sentía parte de una masa homogénea de santiaguinos, todos obligados a convivir brevemente y a desconfiar unos de otros. A pesar de la incomodidad y la monotonía del trayecto, había algo en la rutina que le resultaba reconfortante. Era un recordatorio de que, a pesar de sus miedos y ansiedades, seguía adelante, un día a la vez.
De pronto, con la vista perdida en el horizonte, Francisco no tenía idea de lo que estaba a punto de suceder al llegar a la siguiente estación. Un pequeño incidente, una mirada amable, o tal vez un gesto inesperado, podrían cambiar el curso de su día. Pero por ahora, él solo podía esperar y observar, como siempre lo había hecho.
En la siguiente estación, una multitud de personas subió y bajó del vagón, como si el elenco completo de la tarde se renovara. Francisco no tuvo tiempo de reaccionar y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró nuevamente aprisionado, pero esta vez era diferente. Estaba atrapado entre dos enormes montañas de carne, ambos emanando un calor sofocante. Al menos, ninguno tenía mal olor.
Cuando la señal de cierre de puertas cesó, otro grupo de rezagados entró apresuradamente al vagón, dejando a todos aún más pegados unos a otros. Francisco, recobrando la consciencia de su entorno, abrió los ojos y se encontró frente a un pectoral súper tonificado y definido de tamaño colosal. Nervioso por la cercanía, trató de mirar hacia otra parte, pero fue peor. El otro tipo que tenía al lado era igual de gigante, solo cambiaba el color de su polera. Francisco se sintió microscópico.
El viaje a la siguiente estación era largo y la posibilidad de cambiar de posición, imposible. Francisco comenzó a observar en detalle a estas dos moles que tenía enfrente. Pensó que seguramente eran estudiantes universitarios, evidentemente adictos a los fierros y de buena familia. Aunque los escuchaba hablar, no prestaba atención a lo que decían; prefería ver cómo cada parte del cuerpo de estos tipos era proporcionalmente unas cuatro o tal vez cinco veces más grande que las suyas. "Todos mis kilos equivalen solo al brazo de uno de ellos", pensó.
Por un segundo, se imaginó entrando a un vagón lleno de gente luciendo ese colosal tamaño. Solo imaginar esa idea le causó mucha risa, que tuvo que contener debido a lo incómodo de la posición en la que estaba. Con el vaivén del viaje, en muchas ocasiones casi muere aplastado y, en una oportunidad, uno de los gigantes le devolvió una sonrisa en señal de disculpa. Francisco se lamentaba de no ser grande como ellos. Pensó en su padre e imaginó recriminándolo por haberlo hecho tan chaparro.
El viaje parecía interminable y Francisco seguía pensando y comparando cosas. En un momento, bajó la vista y casi gritó del asombro. Vio la comparación de sus zapatillas en relación con las de los tipos que tenía cerca. "Colloky talla 23, por favor", pensó. Ya no había posibilidad de empeorar las cosas; su ánimo se había ido al suelo.
Francisco, atrapado entre los dos gigantes, intentaba mantener la calma. El viaje parecía interminable y su mente no dejaba de divagar. Pensaba en su padre, en su propia estatura y en cómo la vida a veces parecía una cruel lotería genética. Sin embargo, su naturaleza optimista comenzaba a resurgir, recordándole que siempre había encontrado la manera de adaptarse y superar las adversidades.
De repente, el tren se detuvo bruscamente, sacudiendo a todos los pasajeros. Francisco, atrapado entre los dos colosos, apenas se movió, protegido por sus cuerpos robustos. Uno de los gigantes, notando su incomodidad, le sonrió amablemente y le dijo: "Disculpa, por empujarte nuevamente". Francisco asintió, agradecido por el gesto.
Mientras el tren retomaba su marcha, Francisco decidió cambiar su perspectiva. En lugar de sentirse pequeño y desanimado, comenzó a observar a sus compañeros de viaje con curiosidad y admiración. Notó los detalles en sus rostros, las historias que podrían contar, y se dio cuenta de que, a pesar de las diferencias físicas, todos compartían el mismo espacio y el mismo destino, al menos por un momento.
Finalmente, el tren llegó a su estación. Francisco les pidió permiso a los gigantes con una sonrisa y salió del vagón, sintiéndose un poco más ligero. Mientras caminaba hacia la salida, pensó en cómo cada día en la ciudad le ofrecía una nueva oportunidad para aprender y crecer, no solo física, sino también emocionalmente.

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