Capítulo 1: El origen de Amina.
El sol se alza implacable sobre el desierto de Atacama, pintando el cielo de un azul intenso. En medio de este vasto paisaje árido, el hermoso pueblo de Pica se levanta como un oasis de vida y color. Los tamarugos se mecen suavemente con la brisa, y el aroma de los limones y mangos llenan el aire. Fue en este rincón del mundo donde Amina, una mujer de cincuenta y siete años, encontró su nuevo hogar.
Amina había nacido en un pequeño pueblo costero de Senegal, donde el Atlántico besaba las arenas doradas y las palmeras se alzaban majestuosas. Su infancia estuvo marcada por los cantos y las historias de su abuela, quien le enseñó las antiguas tradiciones de la religión Yoruba. Sin embargo, un día, Amina decidió dejar atrás su tierra natal y embarcarse en un viaje que la llevaría al otro lado del mundo, a un lugar donde nadie conocía su nombre ni su historia.
La llegada de Amina a Pica fue un evento que muchos recordaban con cariño. Vestida con un colorido boubou africano, su presencia exudaba una mezcla de misterio y calidez. Los habitantes del pueblo, curiosos pero respetuosos, la acogieron con los brazos abiertos. Pronto, Amina abrió un pequeño negocio de masajes en la Hostal Pacay, un lugar modesto pero acogedor, donde los viajeros encontraban descanso y alivio.
Lo primero que llamó la atención de los picanos fue la costumbre de Amina de cantar varias veces al día. Sus melodías, aunque extrañas al principio, pronto se convirtieron en una parte esencial del paisaje sonoro del pueblo. Con el tiempo, y una vez que comenzó a dominar el español, Amina reveló el significado de sus cantos. Eran plegarias elevadas a Elegguá, una de las deidades principales de la religión Yoruba. Nadie en Pica sabía sobre los dioses africanos, pero Ma Amina, como le decían con afecto, les enseñó lo que significaban sus rezos e incluso les traducía lo que decían.
Había algo en la voz de Amina, una cualidad reconfortante que tocaba el alma de quienes la escuchaban. Cuando comenzó a dar masajes, su fama se extendió rápidamente. No solo por su habilidad para aliviar el dolor y la tensión, sino por la serenidad que sus cantos traían a sus clientes. Era como si cada nota, cada palabra, llevara consigo una bendición.
En la actualidad, Ma Amina recibe todos los días del año a cientos de turistas que reservan horas especialmente con ella para recibir la bendición de Elegguá mientras esta anciana mujer les da un masaje. Su pequeño negocio en la Hostal Pacay se ha convertido en un santuario de paz y sanación, un lugar donde los misterios del pasado se entrelazan con las esperanzas del presente.
Capítulo 2: La Fe de Amina
Cada año, cuando el sol de julio comienza a calentar el desierto de Atacama, Amina se prepara para acompañar a sus amigas a la Fiesta de la Tirana. La celebración, llena de color y devoción, es una de las tradiciones más queridas en la región. Aunque Amina no abandonaba su fe original, siente un profundo respeto por las costumbres locales y encuentra en ellas una conexión espiritual que la enriquecía.
En una oportunidad, Amina caminaba junto a sus amigas por las calles de Pica, con sus pasos firmes y su mirada serena. Las mujeres, vestidas con trajes tradicionales, cantaban y bailaban al ritmo de los tambores y otros instrumentos. Amina, con su voz melodiosa, se unía a los cantos, creando una armonía que resonaba en los corazones de todos los presentes. Había una mística renovada al escucharla cantar “La reina del Tamarugal“ en la voz de la anciana mujer, lo que le llamaba la atención a todos y les agradecían por unirse a la celebración.
En una de esas ocasiones, mientras descansaban a la sombra de un tamarugo, Amina compartió sus pensamientos con sus amigas. "Hay muchas cosas en común entre Jesús y Elegguá," decía con su voz suave pero firme. "Ambos son guías, protectores, y nos enseñan a vivir con amor y respeto. Ambos nos enseñan que la fe debe unirnos, no distanciarnos."
Sus amigas asintieron, comprendiendo la sabiduría en sus palabras. Sin embargo, no todos en el pueblo compartían esta visión. El sacerdote de la Iglesia de San Andrés, el padre Miguel, había sido un opositor constante a las prácticas de Amina. Cada domingo, al verla sentada en la última banca de la iglesia, su ceño se fruncía y su descontento era evidente.
Una tarde, después de la misa, el padre Miguel se acercó a Amina. "Señora Amina," comenzó, tratando de mantener la compostura, "usted sabe que sus prácticas no son bien vistas por la Iglesia. No puede mezclar sus creencias con las nuestras."
Amina lo miró con calma, sus ojos reflejando una mezcla de tristeza y comprensión. "Padre Miguel," respondió, "yo respeto a Jesús tanto como a Elegguá. Ambos son importantes para mí y me enseñan a ser una mejor persona. No veo por qué no podemos encontrar un punto en común."
El sacerdote, sin embargo, no estaba dispuesto a ceder. "La fe no se mezcla, señora Amina. Es una cuestión de pureza y devoción."
Amina suspiró, sabiendo que no sería fácil cambiar la opinión del padre Miguel. En su casa, tenía un pequeño altar donde una figura de Jesús cargando una cruz de madera compartía espacio con Elegguá. Para ella, ambos eran símbolos de esperanza y guía, y los respetaba por igual.
A pesar de la oposición del sacerdote, Amina continuaba asistiendo a la iglesia y participando en las festividades locales. Su presencia, aunque controvertida para algunos, era un recordatorio de que la fe, en todas sus formas, tenía el poder de unir a las personas. Y así, en el pequeño pueblo de Pica, Amina seguía siendo una figura de sabiduría y paz, una mujer cuya fe trascendía fronteras y unía corazones.
Capítulo 3: El Despertar del Alma
En la segunda quincena de febrero, cuando los últimos turistas del verano deambulaban por el valle, disfrutando de la piscina de La Cocha, bebiendo jugo de mango en la plaza y comiendo alfajores de Matilla, un hombre joven llegó a la hostal donde trabajaba la Ma Amina. La mezcla de elementos religiosos y aceites de masaje le llamó la atención, y decidió pagar por el servicio de masajes, aunque con cierto escepticismo.
La anciana comenzó a untarlo con aceite, empezando desde su vientre. El hombre sintió el calor que emanaba de las manos de la mujer y se sorprendió al escucharla cantar. La anciana recitaba oraciones a Elegguá, el guardián de los caminos:
"Elegguá nagdo kere kere yeum,
kere kere yeum nagdo agolorisha."
El aroma a mango, el humo de las velas y el incienso llenaban el ambiente. Poco a poco, el hombre cayó en un trance, un estado en el que nunca antes había estado. En su mente, se encontró caminando por un valle desértico, siguiendo la figura de un profeta africano. A su lado, caminaba un hombre con túnica blanca, piel trigueña y cabello desordenado. Sabía exactamente quién era y se sorprendió al ver a los dos profetas caminando junto a él.
Confundido, trató de escapar de lo que veía, pero ambos profetas lo alcanzaron y lo miraron de una manera que lo reconfortó. Los dos le sonrieron y, sin decir una palabra, comenzaron a caminar juntos. El valle parecía no tener fin, pero el calor del desierto no estaba presente; en su lugar, una brisa cómoda y el aroma intenso de las hojas de tamarugal lo reconfortaban aún más.
De pronto, salió de la ensoñación y observó cómo la anciana seguía cantando mientras sus manos avanzaban por su pecho y acariciaban sus hombros. Reflexionó sobre mil cosas, cavilando entre lo religioso, lo místico, la fe y su escepticismo. Se sentía renovado, libre de las ataduras y malas vibras que traía desde la capital. El tiempo con la anciana se sentía eterno, aunque en realidad solo habían pasado unos minutos.
La anciana, masajeó sus piernas y terminó acariciando sus pies con sus fuertes manos. El turista sintió que su cuerpo se encendía en llamas, pero no había dolor, sino una paz interior y una fuerza como si estuviera conectado con cada átomo del desierto. Por un momento, se sintió parte de los pájaros que cantaban, del viento que corría, del sol que ardía, del olor a mango, de la gente y de las casas a su alrededor. Gracias a la anciana, se sintió parte del todo.
Cuando la sesión terminó, despertó con los ojos llenos de lágrimas y observó a la anciana con una visión muy distinta a la que tenía al principio. Su escepticismo tal vez seguía presente, pero su corazón y su alma estaban renovadas.
Más tarde, el hombre, sentado en una banca de la plaza del pueblo, se quedó un momento en silencio, tratando de entender lo que había sucedido. Qué fue lo que había vivido, acaso fue real o solo un sueño, no lo sabía, pero algo dentro de él había cambiado. Tal vez no entendiera completamente lo que pasó, pero sentía una paz que nunca antes había experimentado. La fe y el escepticismo podían coexistir, y en ese equilibrio, había encontrado una nueva fuerza. Ma Amina, una anciana africana, nacida en un pueblo costero de Senegal, con sus manos y su canto, le había mostrado que había más en este mundo de lo que podía ver o tocar.
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