Matías Munizaga es un arrogante, y el universo tiene preparada una lección contundente para su soberbia. Quizás el hecho de ser hijo único de una pareja de padres presuntuosos contribuyó a su escasa formación en valores. Sus padres, ambos abogados, están tan absorbidos por su trabajo que nunca han tenido tiempo suficiente para él. Por esta razón, una larga lista de empleadas ha asumido el rol de madres sustitutas de Matías, todas sin éxito y todas abandonando su trabajo debido a los malos tratos de este joven déspota.
Obviamente, sus padres han hecho oídos sordos a esta situación y, en lugar de intervenir como lo haría cualquier progenitor responsable, han preferido inscribir a su hijo en cuanta academia existe para que este vástago no sea su responsabilidad, sino de otros. Matías asiste a la escuela privada más costosa de la ciudad. Después de clases, pasa dos horas en Kumón, luego entrena voleibol dos horas más y finalmente va al gimnasio, el más exclusivo y mejor equipado. Esa es su rutina diaria de lunes a viernes; llega a casa cuando todos duermen y por las mañanas todos están demasiado ocupados para notar su existencia.
Del fin de semana, mejor ni hablar, porque el niño hace lo que quiere, especialmente todo lo que puede pagar la casi ilimitada billetera de sus padres. No quiero que piensen que, por todo lo anterior, debemos sentir lástima y compadecernos de él, ni por un minuto. Estoy seguro de que existen cientos de adolescentes en condiciones similares a las de Matías, en ambos extremos de las clases sociales, guardando las proporciones, que no son necesariamente como él. Matías es un ser despreciable y nefasto, de esos que no quisieras conocer y que, de alguna manera, tienen todo a su disposición para consolidarse como tal: una persona detestable.
Pero como dije, el universo tiene maneras misteriosas de proceder. Ciertamente incluye la existencia de personas pútridas para mantener un equilibrio, me imagino. En fin, Matías formaba parte del equipo que representaba a su colegio en las olimpiadas juveniles, donde participaban estudiantes de enseñanza media de todo el país. Según Matías, desde que había entrado al equipo, la selección del colegio había ganado todos los encuentros con otros colegios de la ciudad e, incluso cuando viajaron a Arica y Antofagasta, regresaron, gracias a él, con la medalla del primer lugar.
Matías Munizaga, el capitán del equipo de su escuela, se encargaba de decírselo a todos cada vez que llegaba a los encuentros. También mantenía esa actitud dentro del colegio y no perdía la ocasión de pavonearse ante sus compañeros, diciendo que gracias a él el hall de la entrada estaba repleto de galardones. Nadie podía detener su arrogancia y, principalmente, sus profesores evitaban cualquier confrontación directa con él. Aunque lo detestaban profundamente, no podían expresar su desprecio directamente, así que simplemente lo ignoraban.
Como mencioné, este año la delegación completa del colegio viajó a la capital. El equipo de fútbol, el de baloncesto e incluso los chinos que jugaban pingpong fueron convocados. Martín sentía obviamente que él era todo el equipo de voleibol y que sus compañeros eran privilegiados por compartir la invitación que él había recibido. Todo el certamen lo organizó el International College, por lo que todo iba a ser en grande. Invitaron delegaciones de Brasil, Argentina y Uruguay en todas las disciplinas. A estas alturas, seamos honestos, se trataba de un presuntuoso torneo de colegios privados.
Cuando llegó el miércoles, día del debut del equipo de Matías, las cosas no iban a ser precisamente fáciles para él. El encuentro de apertura sería contra la selección del Saint Paul School de Sao Paulo, cuyo capitán, Joao, era un gigante de casi dos metros, con cabello crespo y un cuerpo atlético súper definido. Afortunadamente, la arrogancia y petulancia de Matías estaban contenidas en un cuerpo atlético de ciento setenta y cinco centímetros, insuficientes para vencer a Joao. Además, toda la selección brasileña parecía gigante en comparación con el equipo de Matías.
Para quienes conocíamos desde hace años a este nefasto ser, nos resultó fácil y placentero reconocer su desesperación, frustración y cualquier otro sentimiento que lo corroía por dentro y por fuera, sobre todo en el momento en que el árbitro hizo que ambos capitanes se saludaran. El encuentro fue una victoria aplastante del equipo brasileiro. Matías no fue la estrella de la jornada; Benavides, a quien Matías consideraba el tonto del equipo, fue quien logró vencer a los gigantes en más de una ocasión, consiguiendo una anotación que, aunque insuficiente para darles la victoria, al menos les permitió regresar a las duchas con algo de dignidad.
El espectáculo que dio Matías fue vergonzoso: reclamó durante todo el partido, discutió con sus compañeros y con el árbitro, lo que le valió una amonestación. Creo que el universo fue cruel ese día, pues no solo golpeó su ego, sino que cobró todas sus deudas de una vez. Cada vez que Joao volaba por los aires y disparaba el balón con sus grandes manos, una mujer de unos cuarenta años, con cabello crespo y alta, sentada en primera fila con dos pompones (uno verde y otro amarillo), gritaba con euforia. No era difícil deducir que se trataba de la madre de Joao, quien lo alentaba con su energía.
Por primera vez, Matías se dio cuenta de que estaba solo. Sus padres, dos abogados muy importantes según ellos, no tenían tiempo ni ganas de viajar a un tonto torneo. Su padre le había depositado suficiente dinero para que no causara problemas. Lo que terminó por destruirlo fue ver a los padres de Benavides, abrazando y besando a su hijo frente a todos, avergonzándolo y demostrando su apoyo y reconocimiento ante la hazaña lograda. La cabeza, los ojos y las manos de Matías no dejaban de dar vueltas. Todo el equipo, excepto él, se despidió de los gigantes con un apretón de manos y algunas fotografías. Matías, furioso, fue directo a las duchas y su rabieta se escuchaba a pesar del bullicio del recinto. Todos lo ignoramos ese día, tal vez porque, en el fondo, disfrutamos su sufrimiento. Ninguno de nosotros se atrevió a sentir lástima por él, tampoco alegría, pues estaba evidentemente afectado. Supimos por el mister Elías que esa noche enfermó; fiebre y vómitos lo llevaron a la clínica y creo que se volvió de inmediato a Iquique.
Nosotros regresamos al final con una medalla de bronce, un poco decepcionados pero motivados para seguir entrenando. No volvimos a ver a Matías en mucho tiempo; sus padres pidieron el plan no formal para el resto del año. Al parecer, el castigo del universo no fue suficiente para purgar su alma.

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