Ir al contenido principal

En adopción.

Cada sábado, la feria de San Juan en Coquimbo se transforma en una sinfonía de colores y aromas, invitándome a recorrer sus pasillos repletos de vida. Es un lugar donde la realidad se disuelve en un caleidoscopio de mercancías y personajes, un terreno fértil para las historias más inverosímiles. Entre los protagonistas de este vibrante teatro se destaca el majestuoso charro con halitosis, ataviado con su impecable traje mexicano y su prominente sombrero. Enclavado en el corazón del pasillo principal, su figura resuena con una fuerza casi sobrenatural, capaz de cortar el aire con su talento, a pesar del mortífero aliento que lo acompaña. Desde la distancia, sus notas acarician el aire, evitando así el mal trago de su cercanía. No muy lejos de ahí, el pequeño Wolverine vende harina tostada. Con su metro y medio de altura y el cabello erizado imitando al superhéroe, es una versión deslucida pero entrañable del personaje de cómic. Su diminuta presencia impone un aura de resistencia y valentía.

Cada visita a la feria es una aventura única. Hoy, al regresar a casa con mi botín habitual de frutas y verduras, soy testigo de una escena que me conmueve hasta lo más profundo. Dos jóvenes de aspecto deportivo se abren paso entre la multitud. Uno lleva una cajita de cartón, mientras el otro, más alto, sostiene entre sus dedos delgados una pequeña bola de pelo marrón que mira con terror a su alrededor. En la cajita, cuidadosamente rotulada con un marcador negro, se lee "gatitos en adopción", y en su interior, tres pequeñas bolas de pelo más lloran llamando a su madre. El brillo en sus ojos hace contacto con los míos, provocando una fuerte contracción en mi rostro y pecho. Siento el impulso de actuar, pero consciente de mi incapacidad para resistir semejante escena, sigo caminando.

La escena me atormenta sin descanso. Intento resistir el impulso de lanzarme sobre ellos y tomar uno de los gatitos, pero no puedo evitar volver la cabeza para ver a los jóvenes con su tesoro. Mi rostro debe delatar mi dolor, porque ambos me miran sorprendidos. Sin darme cuenta, gruesas lágrimas comienzan a brotar de mis ojos mientras contemplo a esos indefensos animalitos. Quiero llevármelos a casa, pero sé que es imposible debido a mi trabajo fuera de la ciudad. La conciencia de esta imposibilidad en este momento lo hace todo aún más desgarrador.

Me detengo en el local de empanadas, tratando de distraer mis pensamientos. Pido una y la anciana que siempre me saluda con una sonrisa queda sorprendida al ver mis lágrimas. Al primer mordisco, el sabor salado de mis lágrimas se mezcla con la comida. Camino por inercia, comiendo para distraer mi mente. Quiero seguir llorando, pero mi resignación es más fuerte, ayudándome a calmarme. Observo a las personas que aún circulan en la feria, buscando consuelo en su alegría.

La risa contagiosa de la señora que vende lechugas, las hermosas zapatillas blancas del joven gigante manchadas de acuarela y el pequeño de no más de diez años que ofrece "consejos y chistes a $100 pesos" me devuelven un poco de paz. El dolor en el pecho persiste, pero avanzo, consciente de que en este momento no puedo hacer nada más. La feria de San Juan, con su magia inconfundible, logra restaurar mi calma. Sigo caminando, con el ánimo más repuesto, anhelando el día en que pueda volver a casa con una bolita de pelos y comenzar una nueva historia de amor gatuno.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Niño raro.

La mañana se derramaba con la rutina de siempre, esa cadencia lenta que, en el oficio de maestro, te arrastra a un modo automático, como si los gestos y las palabras surgieran de una maquinaria invisible que ya no necesita órdenes. A veces, sin embargo, un destello irrumpe —un segundo de lucidez o de extrañeza— y ese instante basta para sobrevivir a la vorágine de emociones que significa trabajar con adolescentes. Con los años, uno desarrolla un sentido que no figura en los manuales: un tercer ojo que no adivina el futuro, pero sabe leer la humedad en un párpado, la fractura invisible de un corazón, o ese chispazo del alma que ni siquiera su dueño ha notado. No es magia ni pedagogía esotérica: es una costumbre afinada, un instrumento secreto que todos los maestros llevan, aunque pocos se detengan a afinarlo. —¿Por qué me dice “niño raro”, maestro? ¿Acaso se burla de mí?— Alonso. El más raro de todos. Y no por el rostro herido de acné, ni por esos lentes enormes que parecen multiplicar ...

La última historia.

 Quedaba un último ritual, el más arduo, el más definitivo. La habitación de mi madre permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante de su partida. Cada objeto seguía en su sitio, cada prenda aguardaba en silencio, y nosotros habíamos decretado que aquel espacio sería un santuario: un refugio de paz, un lugar donde su presencia se mantuviera viva. Pero la verdad era otra. Todo aquello era apenas un simulacro, buenas intenciones sin raíz, un espejismo de consuelo. El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda. Habíamos hablado de compartir ese momento: separar su...

Dejar huella.

Lo que para muchos fue una sorpresa, para mí ya era una certeza quieta, de esas que se intuyen mucho antes de que el mundo las confirme. El correo del director llegó como llegan todos: seco, sin adornos, sin la menor intención de conmover. Anunciaba que Sahil, el joven profesor de Filosofía, partiría en unas semanas. Había sido aceptado en una beca para continuar sus estudios en Edimburgo. Cruzaría el océano para cambiar los cielos abrasados del norte por un país de lluvias interminables y calles que huelen a historia. Me alegra por él. Lo digo con sinceridad. Aunque entre nosotros hay más de una década de diferencia —yo, casi trece años encerrado entre aulas y recreos; él, recién dos años explorando este oficio—, su presencia supo renovar algo en mí. No fue solo su inteligencia, ni su manera de pensar en voz alta, sino esa forma suya de estar: lúcida, presente, sin estridencias. Me va a doler no verlo más sentado junto al equipo, compartiendo el ritual ya necesario de hablar de lo que...