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Quijote y el Gigante.


Sin lugar a dudas, fue la experiencia más loca que me ha tocado vivir, pero valió la pena porque terminé como un héroe, vencí a una persona nefasta y gané a un amigo. Todo comenzó en un bus interurbano que haría la ruta de Coquimbo a Copiapó. Como es habitual, pocas personas abordan en el puerto, por lo que nuestra máquina rápidamente emprendió su viaje al terminal de buses de La Serena. Yo ocupaba el asiento dieciséis, lo cual me dejaba perfectamente ubicado para observar a todas las personas que subían al nivel popular del bus.

Cuando menciono "nivel popular", me refiero a que los asientos "semi cama" no son para nada cómodos ni glamorosos, pero mucho mejores que la antigua clase "ejecutiva" que conocí en años atrás. En fin, en La Serena subieron todo tipo de personas, nada particularmente notable o digno de comentario, sobre todo porque en la actualidad en Chile somos afortunados en tener mucha presencia extranjera, lo que le imprime a los días un vigor y variedad bastante atractivos. Al menos eso creo con convicción.

De pronto, subió una dama que vestía de acuerdo a los dictámenes de la moda de las casas comerciales o la televisión. La mujer no superaba los cuarenta años y tenía esa expresión de desdén en el rostro propia de los "verdaderos chilenos". Noté algo peculiar en esta curiosa mujer cuando avanzó por el pasillo en busca de su asiento y evitaba tocar o apoyarse, seguramente porque no quería contagiarse de algún germen de pobre que dañase su ario ADN.

Finalmente, la señora ocupó el asiento catorce, el cual estaba junto al mío, pero al otro lado del pasillo. Lo último que vi de ella fue su nariz contraída como si hubiese olido algo desagradable, y, de haber podido sacar un pañito con cloro para desinfectar su entorno, estoy seguro de que lo habría hecho. Como el espectáculo era tan nefasto, regresé a mis observaciones del resto de los pasajeros que abordaban en ese momento.

La infaltable bebé llorona, el niño educado por la televisión y los videos de YouTube, que le ha permitido desarrollar un acento y timbre de voz tan gracioso como insoportable. También estaban las vetustas señoras que subían haciendo ruido, y que más que tiernas viejitas parecían adolescentes gritonas. Como pueden ver, aquel día el viaje prometía ser muy variado y tal vez algo caótico, pero nada fuera de lo normal.

De pronto, vi una gigantesca mano negra sujetarse de la barra de apoyo de la escalera y, un segundo después, emergió un hombre de piel oscura con un tamaño descomunal. Era de complexión robusta, francamente gordito, pero su gran envergadura le daba el aspecto de un gigante bien formado. Para evitar el contacto, bajé la vista y me fijé en su zapatilla blanca, que quedó junto a la mía, revelando una diferencia enorme. Un gigante descomunal, sin lugar a dudas.

Como todos los que abordaban, buscaba con la mirada su asiento y, por su tamaño, estaba todo doblado mientras avanzaba por el pasillo. Asiento trece, ventana, junto a la mujer de la realeza. Sin tener ningún filtro, tino, buen juicio o valores cristianos básicos, esta mujer entró en colapso. Estaba en primera fila, así que fui testigo de todo su arrebato. Estaba dispuesta a no dejar que semejante mole negra se sentara a su lado. La escena era horrible; la señora no tenía argumentos y lo único que hacía era demostrar una fobia enferma hacia otro ser humano.

Con el barullo que se formó, el asistente del bus subió a tratar de resolver la situación. Con cero inteligencia emocional y en su tono más parco, dijo que el joven había pagado por el asiento trece y tenía todo el derecho de ocuparlo: “Ya, señora, déjelo pasar”. A esa altura, todo el bus estaba atento a lo que pasaba. Vi cómo la señora que estaba sentada a mi lado en el asiento quince escribía a prisa en su celular, seguramente para contarle a algún familiar todos los detalles de lo que estábamos viviendo.

Con los años, los chilenos nos hemos vuelto una raza nefasta. Atrás quedaron los días de ser un pueblo con autoestima baja y carácter chato; ahora somos una nación arrogante, arribista, clasista y, lo peor, xenófoba.

Como parecía que la situación no iba a mejorar, traté de hacer contacto visual con la distinguida señora con el objetivo de conectar con ella. Fingí apoyar su causa con una expresión de falso respaldo. Le ofrecí cambiar de lugar para librarla de la terrible situación a la cual todos querían exponerla. Por suerte, la señora del asiento quince era de piel blanca y estaba bien vestida, lo que le daba más valor a mi oferta. Mi cara, expresión y voz debieron ser tan convincentes que su majestad accedió sin problemas. Se puso de pie y, con la mirada, hizo que el pobre joven retrocediera para que ella pudiera ubicarse en su nuevo asiento.

Miré al asistente con vehemencia, queriendo dejar claro que guardara distancia y me dejara resolver el problema. Inmediatamente, el gigante se ubicó en su asiento y yo me senté junto a él. El pobre estaba tan cabizbajo y sombrío que no dijo una palabra. Miré a la señora para preguntarle si estaba bien, y ella, con su nariz más contraída y muy asqueada, seguramente por todo lo que estaba pasando, apenas puso atención a mi pregunta.

En ese momento, subí mi tono de voz con la intención de que todo el bus me escuchara. Me lancé sobre el enorme brazo del joven y dije en voz alta: “Mire, señora, no pasa nada”. Como el joven vestía una polera, apoyé mi rostro en su brazo y volví a decir: “¿Ve, señora? Es igual que usted y yo. No tenía razón de tratarlo así. Con este espectáculo, la única que ha quedado mal es usted por racista, xenófoba y ciertamente una cristiana nefasta”.

Espontáneamente, el bus estalló en una ovación unánime y, de inmediato, otras personas se sumaron a los comentarios de apoyo. Por un momento, pensé que su majestad abandonaría el bus luego de la humillación recibida, pero, con su nariz en alto y su rostro rojo por la furia, solo optó por sacar sus gafas de sol de la cartera y ocultarse tras ellas.

Cuando el evento terminó, el asistente bajó al primer piso, y pasamos de los gritos a ese silencio incómodo que sigue a la tragedia. Quise hablar con el gigante. Noté que, a su lado, yo parecía un niñato de cinco años; él ocupaba todo el espacio del asiento e iba notoriamente incómodo. Le sugerí que se acomodase mejor y que, si se pasaba un poco hacia mi lado, no importaba porque el aire acondicionado estaba muy frío y, bajo su brazo, seguramente el viaje sería más calientito. Hice ese comentario también con la intención de sacarle una sonrisa, pero me di cuenta de que tenía el rostro mojado. Ser el protagonista de una historia de odio destruye el ánimo de cualquier persona. Nadie está preparado para ser humillado en público y menos por algo de lo cual no tiene culpa, como haber nacido negro.

En ese momento, los roles cambiaron. Yo me sentí enorme, un héroe salvador, un Quijote. Él, un niño gigante que necesitaba consuelo. Cuando logré calmarlo, me agradeció con sus grandes ojos negros y apretó mi brazo con su enorme mano al punto de casi perder la circulación. Conversamos todo el viaje. Aprendí lo básico sobre él, su origen y que provenía de una familia de gigantes; solo él había decidido emigrar a Chile. Me contó que antes había vivido malas experiencias, pero ninguna como la de hoy; nadie había actuado para apoyarlo, y por eso me lo agradecía. “Yo soy el que gana más”, le dije, “ahora soy amigo de un gigante y no cualquiera lo es”.

Luego de casi tres horas de viaje llegamos a Vallenar, y su majestad bajó con la misma prestancia con la que subió, seguramente dispuesta a compartir el atrevimiento vivido con sus amigas del club. Cuando el bus reanudó su viaje, el gigante estaba tan cansado por lo vivido que cayó en un profundo sueño. Era lógico, el golpe emocional lo había devastado. Yo iba bastante cómodo y abrigadito bajo su enorme brazo, y su pierna tenía igual de cómoda a la mía, así que también me quedé dormido el resto del viaje. Dos amigos ocasionales que tal vez nunca más volverían a hablar, pero eso no importaba. Había actuado bien y había luchado contra la sinrazón del mundo, defendiendo al que sufre y arreglando entuertos, como don Quijote.


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