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Realidades.


 Fueron varias noches las que anticiparon lo que sería el capítulo más funesto de mi historia. La ausencia de luz dinamitaba una vasta variedad de emociones que nada de lo que había vivido antes me había logrado preparar para ese segundo año de encierro. Desde la perspectiva de la cordura y la paz interior que tengo ahora, veo esos días como el producto de desentrañar todos esos oscuros pensamientos que por años he preferido guardar bajo siete llaves. Vibraba tan bajo aquellas noches, tal vez influenciado por el contexto pandémico y el confinamiento, que mi mente enferma tuvo acceso a planos de realidad en que la mente consciente no puede alcanzar con total facilidad.

Digo esto porque los sueños tienen una naturaleza propia, están hechos de esa arenita que cae en tus ojos y te lleva a experimentar historias que, por mucho que la mayoría de las veces estén fuera de nuestra comprensión, logramos dilucidar como simples creaciones del subconsciente. Pero durante aquellas noches, la experiencia había alcanzado una forma muy diferente a lo que eran comúnmente los sueños. Parecía que era un espectador testigo de lo que alguien estaba viviendo y yo no tenía la posibilidad de intervenir, solo observar.

Lo primero que me llamó la atención fue que la historia se desarrollaba y yo no tenía ningún control sobre ella. Trataba de ver a mi alrededor si había algunas figuras o elementos que pudiese reconocer como comunes y no había nada. Al cabo de un rato, me di cuenta de que era yo el que desarrollaba las acciones, pero al mismo tiempo no era yo, porque estaba como en otro cuerpo. Lo sé, no es fácil explicarlo, pero créanme si digo que se sentía real.

En la primera ocasión, me vi avanzando por el pasillo estrecho de una casa, o quizás de un departamento, no lo sé, y me acerqué a una puerta que golpeé antes de entrar. Desde adentro, se oyó la voz de un joven, no de muy buenas ganas y no de muy buen ánimo, que me dejó entrar a su habitación. Me senté a los pies de la cama, puse mi mano sobre una de sus piernas y comencé a hablar sobre lo que estaba sintiendo. Vi la escena de un padre tratando de calmar la ansiedad de su hijo y ahí fue cuando me di cuenta de que era yo el que hablaba, porque era mi voz, eran mis manos, era lo que precisamente le hubiese dicho a ese joven.

En ese momento, las sombras que dominaban la escena se disiparon y por una fracción de tiempo fui esa persona y conocí su historia entera. No era el maestro de literatura que soy en esta realidad, sino que era un contador auditor que llevaba años trabajando en ello. Había formado una familia, se había casado y tenía un hijo que al año siguiente tenía que entrar a la universidad. Esa situación lo abrumaba, tenía miedo y no sabía cómo enfrentarlo, y yo estaba ahí desempeñando mi rol de padre, dándole la confianza necesaria y vi de buen grado que tenía una conexión con él.

Aprovechando esa conexión entre realidades, hice uso de mi talento como maestro para llegar a este adolescente, hacerle ver que lo que sentía era natural y que yo estaba ahí. También pude sentir la verdadera conexión de un padre con un hijo, la cual en esta realidad siento que le falta a mi vida, la anhelo y vi con completa satisfacción que existe una realidad en la que al menos soy padre y, digamos, parece que no soy tan malo en mi trabajo.

Digo con absoluta certeza que no se trataba de un sueño porque cuando el joven se pasó sobre mí para darme un abrazo y llorar en mi hombro, la sensación fue muy real. Sentía su pecho agitado, sentía sus lágrimas mojándome la cara, sentí el calor de su cuerpo sobre el mío, la fuerza de sus brazos, sentía cómo yo también lloraba con él. De verdad, nada de eso era parte de un sueño, sino que era una realidad, una realidad de otro mundo, de otra dimensión, no lo sé, pero lo viví y fue hermoso.

La siguiente vez que accedí a ese tipo de no sueño, me encontré en una situación completamente diferente. Era una tarde lluviosa y mi hijo, ahora en su segundo año de universidad, estaba sentado en la sala de estar, con los ojos fijos en un libro de texto. La luz tenue de la lámpara creaba un ambiente cálido y acogedor, y el sonido de la lluvia golpeando las ventanas añadía una sensación de calma.

Me acerqué y me senté a su lado. Sin levantar la vista del libro, comenzó a hablarme de sus estudios, de cómo había encontrado su pasión en la biología y de los proyectos en los que estaba trabajando. Su entusiasmo era contagioso, y me sentí orgulloso de su dedicación y esfuerzo. Le pregunté sobre sus amigos, y me contó sobre un grupo de estudio que había formado, sobre las largas noches de trabajo en equipo y las risas compartidas.

En ese momento, me di cuenta de que no solo era un buen padre, sino que también había logrado crear un ambiente en el que mi hijo se sentía seguro y apoyado. La conexión entre nosotros era palpable, y cada palabra que decía reforzaba ese vínculo. Sentí una profunda satisfacción al ver cómo había crecido y madurado, y cómo nuestras conversaciones habían evolucionado de simples charlas a discusiones significativas sobre su futuro y sus sueños.

Mientras lo escuchaba, me invadió una sensación de paz y realización. Sabía que, aunque no podía estar físicamente en esa realidad, mi presencia y mi amor habían dejado una huella indeleble en su vida. Y aunque la tristeza de no poder experimentar eso en mi propia realidad persistía, me consolaba saber que en algún lugar, en algún plano de existencia, estaba cumpliendo con mi papel de padre de la mejor manera posible.

Hoy, la sensación de conexión y amor paternal permanece conmigo. He reflexionado sobre lo que había vivido y me prometí a mí mismo que, aunque no pudiera ser padre en esta realidad, seguiría buscando maneras de influir positivamente en la vida de los jóvenes a través de mi trabajo como maestro. Porque, al final del día, la esencia de ser padre no reside solo en la biología, sino en el amor, el apoyo y la guía que ofrecemos a aquellos que nos rodean.

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