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Una historia inesperada.


Hoy sábado, como de costumbre, me dispongo a ir a comprar verduras y frutas a la feria de San Juan. Este recorrido siempre me alegra el día, recorriendo los coloridos puestos y encontrando algo interesante que inevitablemente se convierta en una historia. Sin embargo, esta vez la historia comenzó antes, en el ascensor de mi edificio.

Para todos los que vivimos aquí, es habitual ver pasar a diario a las parejas de misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Todos son jóvenes de aspecto impecable, siempre alegres y dispuestos a saludar a todo el mundo. No pasan desapercibidos, destacando entre los nativos por su color de piel, cabello y estatura.

Esta mañana fue un extremo particular. Salí de mi casa con una actitud fresca y optimista, decidido a tener una gran jornada de compras. Al abrirse las puertas del ascensor, me encontré con dos de estos seres angelicales. El impacto fue tal, que casi me pareció una bofetada al orgullo. Afortunadamente, ambos eran un poquito más altos que yo, porque de lo contrario, esto podría haber terminado peor. Ambos tenían una constitución atlética y definida, luciendo sus clásicos uniformes de misioneros. Las camisas les quedaban tan ajustadas que dejaban ver sus brazos trabajados. Al fijarme en sus ojos, noté que eran de un azul profundo, enmarcados por largas pestañas. Sus cabellos, como hebras de sol, rubios absolutamente naturales, coronaban la escena sacada de un pasaje bíblico. Parecían ángeles, los desgraciados.

El viaje al primer piso se hizo eterno, y sentí que al estar cerca de ellos me volvía aún más feo de lo que ya era. El impacto fue tal, que no pude contenerme y les pregunté si realmente existía algún mormón feo. Uno de ellos lanzó una risotada muy graciosa, mientras que el otro, con una voz extranjera y un dominio algo torpe del español, dijo que para Jesucristo todos éramos bellos. A la mierda con Jesucristo, pensé, era un hecho, no una opinión, que nuestra construcción biológica era diametralmente diferente. Ningún argumento, versículo o relato bíblico podía cambiar esa ineludible verdad.

Cuando se abrieron las puertas en el hall del edificio, no había nadie. Me dejaron salir primero, y para distanciarme de ellos, inventé una charla breve con el conserje, suponiendo que tomarían la misma calle que yo para llegar a la feria. De alguna manera lo supe, no sé cómo, solo sabía que no quería caminar cerca de ellos. Los quería lejos de mí. Con mi humor y autoestima por los suelos, decidí cambiar mi ruta habitual del sábado, no fuera a ser que me los encontrase nuevamente.

Llegué a la feria de San Juan, sintiéndome algo incómodo, pero dispuesto a dejarme llevar por el bullicio de la multitud. En cuanto empecé a caminar entre los puestos, me encontré con una diversidad de personas que me recordaron por qué amo este lugar. Había una señora de aspecto maternal que vendía frutas con la habilidad de una maestra, bromeando con los clientes y regalando sonrisas a diestra y siniestra. Su piel curtida por el sol y su energía contagiosa me hicieron sentir que estaba en el lugar correcto.

Más adelante, un joven de cabello desordenado y gafas de sol ofrecía flores, explicando con pasión el significado de cada una. Su entusiasmo era tal, que no pude evitar comprar un pequeño ramo de lirios, dejándome contagiar por su amor por la naturaleza.

Un poco más allá, un hombre robusto y de risa fácil vendía panes y dulces recién horneados. Me ofreció un trozo de pan de manera tan generosa que no pude resistirme. Mientras mordía el pan crujiente, sentí que mi ánimo comenzaba a mejorar, reconociendo en estos encuentros la simple belleza de la vida cotidiana.

A medida que recorría la feria, me di cuenta de que la gente que me rodeaba, con su variedad de tamaños, colores y expresiones, eran un recordatorio de la autenticidad y riqueza de la vida. Estaba rodeado de personas comunes y corrientes, con historias propias y únicas, más sacadas de una novela decimonónica que de un pasaje bíblico.

Finalmente, al regresar a casa con mis compras, me sentí rejuvenecido y en paz. Me di cuenta de que, aunque esos misioneros de aspecto angelical eran una rareza en mi vida, era en mi entorno familiar y común donde encontraba verdadera satisfacción y consuelo. Cada encuentro, cada conversación en la feria, me había ayudado a recuperar el ánimo y autoestima. Sabía que, al fin y al cabo, todos éramos personajes de una misma gran historia, y yo estaba feliz de ser parte de ella.

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