No he vuelto a trabajar bajo alguien tan competente, organizada, carismática e involucrada con todos como lo era ella. Esa vieja de mierda nos controlaba completamente y nadie se quejaba. No era solo una jefa; era una fuerza de la naturaleza, un vendaval que arrastraba todo a su paso con precisión y propósito implacables. Tenía total dominio sobre cada uno de nosotros y sabía aprovechar cada uno de nuestros talentos y habilidades como un maestro de orquesta, sacando lo mejor de cada instrumento.
Cada reunión era una demostración de su capacidad para prever el futuro. Nos citaba siempre para preparar algo que ocurriría al menos en un trimestre más, asegurándose de que cada detalle estuviese listo con meses de antelación. La planificación era su mantra, y nosotros, sus discípulos devotos.
Pero su dominio no se limitaba a la exigencia; también se manifestaba en su generosidad. Todos los lunes llegaba con alguna delicia que ella misma había preparado el domingo anterior. Galletitas horneadas, pasteles, incluso combinaciones exóticas como queso crema con salsa de soja y pastito para untar con galletas saladas. Cerraba la puerta de la sala de profesores durante el primer recreo y se encerraba con nosotros a reír y compartir durante los quince minutos que duraba el descanso. En esos momentos, nos transformábamos de súbditos a cómplices, partícipes de un ritual semanal que reforzaba nuestros lazos.
Su preocupación por cada uno de nosotros era genuina. Si alguno de los maestros tenía un problema, ya fuera con los hijos o hasta un simple resfriado, se preocupaba como la abuela más tierna. Todos nos sumábamos a su campaña de cubrir los cursos de la colega y preguntar personalmente por su estado de salud. En ese tiempo, yo trabajaba junto a un amigo, también profesor de literatura, que odiaba sentirse tratado como un nieto más de la vieja. Decía que no soportaba que le hablasen tan condescendientemente, pero lo que realmente su terco cerebro no lograba procesar era que por primera vez estaba bajo el liderazgo de una persona con algo de humanidad.
No obstante, también tenía un carácter terrible cuando algo no resultaba o sentía que no tenía la colaboración suficiente. Recuerdo una ocasión, durante un acto de conmemoración de las glorias navales, en la que los estudiantes estaban todos reunidos en el gimnasio del colegio y, francamente, nadie los estaba vigilando. Los niños estaban sentados en las graderías y nosotros, los profesores, nos ubicamos cerca de la puerta del recinto para poder recibir algo de oxígeno, puesto que cuando el gimnasio se ocupaba a su máximo aforo, se convertía literalmente en un sauna y era casi insoportable permanecer mucho rato ahí.
Puedo asegurar que sentí cómo su fuego interior nos golpeaba a cada uno de los que estábamos en la puerta del gimnasio y nos derrumbaba como pinos de bolos. “Que los profesores se ubiquen cada uno junto a sus cursos y controlen este desorden sin respeto o simplemente terminamos con el acto y volvemos a las salas de clases”, dijo. Lo peor fue que no tuvo la necesidad de levantar la voz o utilizar un tono grave para que de inmediato, al segundo que ella había comenzado a hablar, cada uno de nosotros apareciera dispuesto firme frente a sus cursos. Nunca olvidamos ese día y tampoco tuvimos necesidad de repetir la experiencia porque desde aquella vivencia quedó tácitamente instaurado cuál sería nuestro rol en cada evento que quedaba por realizarse durante el año.
Pero no solo los recuerdos traumáticos son los que perduran en la memoria. En esos años yo era un profesor nobel, es decir, absolutamente verde en muchas cosas, pero ella, en lugar de considerarme un problema o un inútil, se anticipó a todas mis necesidades. Me ayudó a sobrevivir a mi primera entrevista con un apoderado furioso, me acompañó y respaldó completamente sin darle la más mínima oportunidad a la madre ciega de amor por su nefasto hijo de que siquiera se atreviese a hablar mal de mí.
Cuando lo compartí con mis colegas, uno de ellos me señaló que ella siempre actuaba de esa manera, sin importar que realmente fuese nuestra culpa. Ella tenía la convicción de que si cometíamos un error, lo arreglaríamos en casa, pero jamás nos dejaría mal frente a un padre o una madre iracundos.
Doce años han pasado y nunca más he vuelto a conocer o trabajar al mando de alguien como ella. Si tengo que comparar, simplemente tengo que decir que nadie ha estado a su altura y, honestamente, el día en que la fortuna me permita ocupar el gran sillón, espero tener al menos una décima parte de su grandeza para poder replicar todo lo que ella hizo por nosotros.
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